viernes, agosto 30, 2013

The Singing Nun


            Ilustración de Milo Manara

Sor Sonrisa, la Monja Cantante aprendió a tocar la guitarra con las Girl Scouts y eso marca mucho. 
Jeanine Deckers, hija de un pastelero belga, ingresó en la orden de las Dominicas en Waterloo bajo el nombre de la Hermana Luc Gabrielle, este nuevo nombre también le duró poco porque en seguida fue conocida como Sor Sonrisa.
Como sus cancioncillas tenían mucho éxito entre la parroquia, en 1961 grabó un disco con la Phillips que al año siguiente ya había vendido dos millones de copias. Y su rostro, su toca y su guitarrita contagiaban su entusiasmo en las televisiones de todo el mundo. 
Con el éxito llegaron las presiones, por parte de la discográfica que quería preservar su imagen de chica scout megasincera e hiperanimosa, siempre sonriente y de buen humor; pero también por parte de la madre superiora del convento que censuraba aquellos poemas y canciones menos alegres. Le habían prohibido mostrarse depresiva. Cuando una es conocida en el mundo entero como Sor Sonrisa no puede permitirse el lujo de la tristeza ni el desahogo de la lágrima.

Ingresó en la Universidad de Louvain donde retomó una amistad con Annie Pécher. De la naturaleza y estrechez de esta relación no podemos conjeturar nada pero no olvidemos que el padre de Sor Sonrisa era repostero y que "pécher" en francés significa lo que significa.

En 1966 abandonó el convento por diferencias con sus superiores e inició una carrera musical en solitario. La discográfica Phillips le prohibió el uso de sus nombres artísticos "Sor Sonrisa" o "The Singing Nun" por lo que tuvo que llamarse simplemente "Luc Dominique". De sus anteriores discos nuestra monjita no vio ni un penique pero su orden religiosa se embolsó más de 100.000 dólares de vellón, esto es el 5% de los royalties, la casa de discos se llevó el otro 95% de la tajada. Nuestra querida hermana se quedó, eso sí, con la exclusiva de los aplausos del público. Lo que se dice un trato justo.

A la ruina económica se sumó el fracaso musical. El fracaso la arrastró a la depresión y al colapso nervioso. Recibió psicoterapia durante más de dos años. 
Radicalizó sus posturas y su enfrentamiento con la Iglesia Católica. Siempre de la mano de su fiel amiga Annie Pécher secundó una campaña a favor de los anticonceptivos. Su canción "Gracias a Dios por la píldora dorada" (buscadla en Internet si no me creéis, gentes de poca fe) resultó un nuevo fracaso. 
Pese a todo, nuestra sonriente ya no tan sonriente hermana nunca abandonó sus creencias. En los años 70 el gobierno belga le reclamó 63.000 dólares en impuestos por los derechos de autor de "Dominique nique nique". Ella arguyó que sus beneficios se los habían quedado las hermanas de su orden, como es costumbre en esas comunidades administradas según el derecho canónico, pero en su convento se hicieron los locos. A buena parte, aun no ha nacido el inspector de Hacienda que le trinque un duro a una madre abadesa. 
Acuciada por las deudas, la monja cantante trató de sacar una versión con sintetizadores de la cancioncilla de marras pero no sacó ni para pipas. Tuvo que cerrar un centro para niños autistas que había creado por falta de fondos. Incapaces de soportar más Jeanine Decker y su amiga Annie Pécher se suicidaron juntas mezclando barbitúricos con alcohol. La wikipedia no aclara si el alcohol utilizado fue Benedictine, cerveza de abadía o Quina Santa Catalina.

Jamás renunciaron a su fe. Fueron enterradas juntas. Yacen bajo el epitafio: "He visto volar sus almas a través de las nubes" en una coqueta tumba de un cementerio belga.



jueves, agosto 29, 2013

Elogio de la cordura


La locura goza de inmerecida buena prensa en la literatura. La locura tiene poco de brillante inteligencia, de talento enrevesado, de risa contagiosa y tiene un mucho de la más amarga de las tristezas. 

A finales del Siglo XX los médicos se tornaron cómodos, más preocupados por el tamaño de su yate y de las tetas de sus novias que de la salud de su parroquia. Así, muchos ginecólogos optaron por practicar cesáreas prescindibles con tal de no agacharse ante las parturientas. Así, los cirujanos supieron transformar la vanidad y los complejos de sus pacientes en una rentable carnicería sin escrúpulos.
Y los médicos del espíritu en aras de lo que llamaron "nueva psiquiatría" decidieron vaciar los manicomios. Hay que tener mucho aguante para soportar a un loco todo el santo día y, cuando les prohibieron jugar al doctor Frankenstein practicando aquella panacea que se llamaba lobotomía, se encararon con la sociedad y le dijeron: ¡Os vais a enterar! Y mandaron a los locos a eso que se llama tratamiento ambulatorio. Nada de internarlos que es muy caro alimentarlos y además se baban y lo dejan todo perdido. A partir de ahora cada uno a su casita y que los aguante su padre. Que sea una anciana octogenaria y medio gagá la que decida cual es la dosis exacta de psicotrópicos que ha de suministrar a su hijo esquizofrénico para evitar que la asfixie con la almohada en cuanto se quede dormida. Que sean los vecinos los que soporten los aullidos del licántropo vocacional. Que sean los bebés desde la cuna los que impidan que su padre viole sistemáticamente a sus hermanitos.

Y los manicomios se quedaron desiertos, vacíos. Como los locales malditos, como ese lugar del crimen que nunca nadie volverá a atreverse a habitar; esos solares moribundos no volvieron a ser ocupados.
El dolor lo impregna todo. En la cal de las paredes podemos ver las huellas clavadas de uñas grabando su mensaje desesperado. Todo es carcoma, todo es ruina y moho. Grifería atascada, tuberías angustiosas que reverberan miedos, bañeras a medio llenar de bilis. Todo cruje, la tarima al pisarla se queja amargamente, el eco repite el sinsentido de unos pasos erráticos una y mil veces. Sobrecoge el graznido de las sillas de ruedas que gimen herrumbrosas. Las voces inconexas que ulula el viento en los vidrios rotos; el alarido, aún puedes escuchar cada alarido rebotando eterno en galerías sin fin y el retumbar de los cabezazos contra los muros ensangrentados.

Es el paisaje sin figuras de la derrota y la desolación humanas.




Si queréis profundizar en estos Universos del Horror podéis visitar esta dirección pero, no os lo recomiendo.

viernes, agosto 23, 2013

Posteridades



"Pues llevas muy buen camino para escritor póstumo..."

 Esto no me lo dijo ningún editor, esto me lo dijo mi médico.

domingo, agosto 18, 2013

DORIS DAY



Como decía Groucho " soy tan viejo que recuerdo a Doris Day cuando era virgen"

Doris Day odiaba todo lo que, luego, la haría famosa y rica. Odiaba su nombre artístico que creía más adecuado para una stripper de medio pelo que para la perfecta ama de casa que se empeñó en consagrar. Odió, con todas sus fuerzas su canción "Que será, será". Cuando la grabó para la película "El hombre que sabía demasiado" afirmó que nunca más nadie volvería a escucharla con lo que demostró que, además de poca imaginación a la hora de escoger el tinte para el pelo, tampoco estaba muy dotada como pitonisa. Odiaba, no podía ser de otra manera, a sus maridos, a los que vampirizaba hasta llevarlos a la tumba, de eso estoy casi seguro.

Doris Day tenía la candidez de un oso de peluche de esos que. si sucumbes a la tentación de abrazarlos, te destrozan con su relleno de hojas de afeitar.
Empezó con su meteórica carrera de arpía a muy temprana edad. Estrenó su famosa sonrisa beatífica el día que le contó a su madre los juegos que practicaba cada tarde su padre con la vecina.
Su carrera de bailarina se truncó cuando, a los 15 años un coche descontrolado le destrozó las piernas. Aunque ella siempre juró que había sido un accidente, hubo cientos de testigos que no dejaron de aplaudir durante el suceso y que no dudaron al identificar a su profesor de ballet como autor del atropello. Un juzgado desestimó sus testimonios porque todos, incluido el juez, habían agotado las existencias de un bar para celebrarlo. 
Perdió la virginidad, por primera vez, a los 16 años; no está claro si le robó el novio a su madre o a la mamá de unos quintillizos, en cualquier caso, estuvo feo. Tuvo cuatro maridos, uno que tocaba el trombón se suicidó;  a otro que tocaba el saxofón lo convirtió a la Iglesia de la Ciencia Cristiana; el tercero,un judío ortodoxo al que también trató de convertir a esa fe, la arruinó en venganza. Del último sabemos que fue un restaurador tan malo que le rechazaban tanta comida que sedujo a Doris regalándole las sobras del  menú para sus perritos.

Tuvo amantes por centenas, entre otros Ronald Reagan. El resentimiento de este último lo ha pagado muy caro la humanidad entera. 
Fumaba 3 cajetillas de cigarrillos cada día, pero esta mujer nos enterrará a todos.

miércoles, agosto 14, 2013

Palabras de paja


En la calle San Bernardo, allá por los años setenta, abrió sus puertas una cestería. El dueño, hombre mañosísimo, elaboraba con sus propias manos los canastos, bolsas, coberturas de damajuanas, espuertas, bandejas y sombreros que luego vendía.
Era tan hábil trenzando mimbres que en pocas horas terminaba aquellos trastos; nunca repetía un diseño, cada objeto era distinto aunque fuera por un mínimo detalle, una greca de un color distinto, un remate más tosco o más fino, unos nudos más ceñidos para un cesto tupido o más laxos que dejaban más aire en la trama cuando buscaba ligereza.

El negocio tuvo un temprano éxito. Sus clientes, la mayoría mujeres, compraban esteras para casa y esterillas para la playa, cestones para las merendolas de los domingos, fruteros, sillas de enea de bellísima factura, maceteros, felpudos de cañamazo y hasta serones para bebés. El artesano no cobraba mucho y tampoco hablaba demasiado, se entretenía lo justo para cobrar y retomaba la faena sentado en su sillita baja.

Cada vez que terminaba una pieza la colocaba al fondo de la tienda. Las ventas no iban mal, sobre todo al principio, ya se sabe... la novedad. Pero por bien que vendiera era más rápido anudando por lo que, por cada pieza que salía de la tienda a  él le daba tiempo a construir tres. Al cabo de unos años el local, que no era demasiado grande, se fue abarrotando de chismes sin vender, apilados unos encima de otros, montañas de bambú y caña intrincadas como una selva en equilibrio inestable. El hombre ensimismado en su trabajo te dejaba revolver a tu aire y no levantaba los ojos salvo cuando un crujido delataba a algún torpe que había pisado sin querer algo que tendría que pagar a tocateja al furibundo cestero.

En los ochenta la tienda estaba tan llena de cachivaches que el hombre tenía que tejer desde la misma calle, a las puertas de su negocio y cuando terminaba lanzaba la pieza a lo alto de aquel montón compacto. Era del todo punto imposible entrar en la cestería, ni encontrar nada. Sólo podía vender lo que se alcanzaba a ver desde el escaparate, con una caña larga este Diógenes comercial se hacía con el objeto que tú señalabas con el dedo en el cristal y lo pescaba con pericia. Todo aquello que no se veía era imposible de rescatar y se perdía para siempre, enterrado e irrecuperable, como esa carta que te pisan con otro naipe y que necesitabas para hacer chinchón, o esa historia sobre un excéntrico canastero que un día leíste en el Facebook y que quedó sepultada bajo otras muchas nimiedades.

domingo, agosto 11, 2013

sábado, agosto 10, 2013

LOS BÉCQUER NO ERAN TAN BLANDITOS



El Pitufo, un profesor de Literatura del Instituto, nos contaba que los hermanos Bécquer además de hacer "rimas" con liras y golondrinas, de vez en cuando se dedicaban a ensalzar las virtudes de los Borbones. No aportó pruebas documentales de sus afirmaciones y no le creímos. He tardado años en descubrir que no era una "leyenda" y que mi maestro no se había inventado nada.
Compruébalo tú mismo aquí y no te olvides de hacer el pertinente comentario de texto.

miércoles, agosto 07, 2013

Un sueño. Casi una pesadilla.


Anoche soñé con el minotauro. 

Yo formaba parte de una subespecie del género humano cuya debilidad mental, cuya vulnerabilidad, mitigaba la cólera del monstruo; nos toleraba al no sentirse amenazado, no como al resto de los hombres cuya violencia, cuya soberbia, sacaban a la bestia de sus casillas. Nuestra fragilidad era nuestro escudo. La mansedumbre nuestra salvación.

Los otros hombres nos arrojaban a las galerías oscuras. Puede que el minotauro estuviera a gusto con nosotros, los infrahumanos, pero nosotros sentíamos temor no ya de su presencia, sino que tan sólo la mera posibilidad de su existencia nos aterrorizaba. 
Era sentir unos pasos lejanos, o lo que interpretábamos como el sonido acre de unos cuernos rozando contra las paredes, y se apoderaba de nosotros un frenesí desesperado; excavábamos con nuestras manos, con nuestras uñas, aquella tierra oscura que tenía una consistencia blanda y quebradiza como de carbón de Reyes, tratábamos de huir como los topos huyen del agua que inunda su madriguera. 
Las galerías de aquella mina formaban un gruyére negro y caótico donde los agujeros se entrelazaban unos con otros, se retorcían en un laberinto intrincado y sin salida diseñado por el pánico.
Los humanos, desde una empalizada que cercaba el laberinto, succionaban aquel mineral desmenuzado con una tubería tan flexible y glotona como una voraz anaconda negra.
Amasando ese polvo con nuestro miedo el rey Midas era capaz de transformar en oro todo cuanto tocaba.

domingo, agosto 04, 2013

COSAS BUENAS PARA LEER III - El idioma de los gatos y otros cuentos de Spencer Holst

¿Harto de leer bestsellers vacíos al lado de la piscina? Por menos de 7 Euros podéis conseguir este delicioso librillo de cuentos sobre gatos. No me seáis ratas y compradlo. No os arrepentiréis. Es una joya que guardaréis entre terciopelo en vuestra biblioteca. No se lee, se cata. 



La cebra cuentista
Hubo una vez un gato de Siam que pretendía ser un león y que chapurreaba el cebraico.
Este idioma es relinchado por la raza de caballos africanos a rayas. 
He aquí lo que sucede: una cebra inocente está caminando por la jungla y por el otro lado se aproxima el gatito; ambos se encuentran.
“¡Hola! —dice el gato siamés en cebraico pronunciado a la perfección—. Realmente es un lindo día, ¿no? ¡El sol brilla, los pájaros cantan, el mundo es hoy un hermoso lugar para vivir!”
La cebra se asombra tanto de escuchar a un gato siamés que habla como una cebra, que queda en condiciones de ser maniatada.
De modo que el gatito rápidamente la ata, la asesina y arrastra los despojos mejores a su guarida.
El gato cazó cebras con éxito durante muchos meses de esta manera, saboreando filet mignon de cebra cada noche, y con los mejores cueros se hizo corbatas de moño y cinturones anchos, a la moda de los decadentes príncipes de la Antigua Corte de Siam.
Empezó a vanagloriarse ante sus amigos de ser un león y como prueba les ofrecía el hecho de que cazaba cebras.
Los delicados hocicos de las cebras les advirtieron que en realidad no había león alguno en las cercanías. Las muertes de cebras provocaron que muchas de éstas soslayaran la región. Supersticiosas, resolvieron que la selva estaba hechizada por el espíritu de un león.
Un día, la cebra cuentista deambulaba por ahí, y en su mente se cruzaban argumentos de historias para divertir a las otras cebras, cuando repentinamente sus ojos se iluminaron y exclamó: “¡Eso es! ¡Contaré la historia de un gato siamés que aprende a hablar en nuestro idioma! ¡Qué historia! ¡Esto las hará reír!”.
En este preciso momento apareció ante ella el gato siamés y le dijo: “¡Hola! ¡Qué lindo día es hoy!; ¿no es cierto?”.
La cebra cuentista no quedó en condiciones de ser atrapada al escuchar un gato que hablaba su idioma, porque había estado pensando justamente en eso.
Miró fijamente al gato y, sin saber por qué, hubo algo en su aspecto que no le gustó, de modo que le dio una coz y lo mató. 

Tal es la función del cuentista.