( La pasión de Alejandra Azcárate por Maurico Velez)
El cine Goya era una sala X que interrumpía su programación habitual durante la Semana Santa. Como Dios manda. Títulos como "El fontanero, su mujer y otras cosas de meter", "Sueca bisexual busca semental" o "Estudiantes en celo dan clases de griego a pelo " cedían el paso a "La túnica sagrada" o "Los Diez Mandamientos", si bien pocos notaban que el rostro imperturbable de Rocco Sifredi había sido sustituido en los cartelones de la entrada por el gesto inexpresivo de Victor Mature.
Animal de costumbres, el acomodador clavaba los fotogramas de "Rey de Reyes" en la desvencijada cartelera. Fiel a sus rutinas no olvidaba censurar con tiras de cinta adhesiva negra los pezones de Jesucristo. A continuación fumigaba la sala con un spray entero de ambientador con aroma a incienso con el fin de enmascarar el pestazo a tigre que impregnaba la tapiceria de los pringosos asientos.
La clientela habitual un poco desconcertada, al principio de la película se revolvía incómoda en sus butacas. Pero en seguida recordaban que allí se iba a lo que se iba y conseguían alcanzar el éxtasis con sólo verle los pies a María Magdalena.
Pecadores, os dejo aquí la enésima reposición de Rey de Reyes para que meditéis y reflexionéis hasta mi vuelta de vacaciones.
Siempre se enamoraba de las chicas tras los cristales. Esa maniquí del escaparate que lo miraba con intención, o la taquillera del cine que le pasaba la entrada con un temblor imperceptible de los dedos, la muchacha que le lanzaba besos de despedida desde la ventana del autobús, también aquella locutora del Telediario que recitaba las noticias devorándolo con los ojos, incluso la cajera del banco que le denegaba el descubierto con una sonrisa cómplice. Y aquella chica del peep-show que seguía soñando con él cuando se bajaba la puñetera persiana…
Woman in Glass es fruto del talento de J.H.C. clica sobre la foto si quieres admirar otras obras suyas.
Goyito el Tiesa se enredó en los pesados cortinones de skay pringoso que cerraban el acceso a la sala del cine Goya. Sus narices fueron agredidas por el perfume acre del Zotal o de cualquier otro desinfectante aún más barato, más pestilente, más tóxico. Descendió por la rampa del patio de butacas tropezando con la ajadísima alfombra que hospedaba tal diversidad biológica que habría hecho las delicias de cualquier entomólogo. En el bolsillo de su cazadora guardaba uno de esas bolsas que en un tamaño algo mayor sirven en Estados Unidos para portar las compras del supermercado pero que en España sólo se utilizaban para vender huevos o encartuchar churros. Dentro de la bolsa guardaba una petaca de genuino güisqui segoviano. Bueno, más que una petaca se trataba más bien de un frasco de Cristasol convenientemente rellenado. Aunque no se había esmerado mucho con el enjuague del envase el regusto como a acetona combinaba perfectamente con la bebida espirituosa.
Escogió en la tiniebla una fila vacía, lo bastante alejada del escaso público que ocupaba el recinto. Se sentó en una butaca esquinada, buscando el amparo de una columna encubridora. Desechó este primer asiento por desvencijado, el eje vencido de la banqueta desfondada escoraba al sedente entorpeciendo la horizontal contemplación de la pantalla. Se desplazó una fila más adelante saltando el respaldo para evitar un rodeo y los consiguientes silbidos y abucheos de un público exigente. Sacó el frasco de licor y le dio un largo chupetón. Lo posó en el asiento contiguo. Se bajó la bragueta del vaquero y se cubrió con el cartucho de papel.
La película ya estaba empezada. Aunque el cine porno no se caracteriza precisamente por su hilazón argumental, tampoco puede decirse que aquello fuera en realidad una película, tan sólo una serie de cortometrajes inconexos de producción casera, precedidos por una explicación pseudocientífica que aportaba la necesaria coartada pedagógica imprescindible para la licencia de exhibición de la cinta en muchos países. No pudo trempar con la primera peliculilla en la que dos negrazos inmensos y horrorosos empalaban a una nórdica esquelética con pinta de colgada. Le molestaba sobremanera tanto despliegue pirulero y consideraba que sólo un marica muy marica podría empalmarse con aquello. En aquel sándwich él sólo veía agitarse grotescamente los culos y pollas de aquellos gorilas, de la tía ni rastro. Le pegó un buen lingotazo a la botella. Para hacer tiempo.
El director del siguiente filme, mucho más pretencioso demostró poseer más veleidades artísticas. Fuertemente influido por Bilitis y otros peñazos ñoño-lésbicos tan de moda en aquellos años, empezó a desplegar una serie de imágenes difuminadas y vaporosas de una mujer enmascarada que se contorsionaba entre nieblas y gasas. A medida que, lentamente, las nieblas y las gasas se fueron disipando Goyito notó que algo cobraba vida en el interior del cartucho. Sus manos siguieron el ritmo de una música repetitiva y machacona. El preciosismo esteticista del cineasta se recreaba mostrando retazos de un cuerpo tan fragmentado que costaba adivinar cuando era axila y cuando pubis, si algo era hombro o era culo, distinguir lengua, oreja, coño, labios. Lo más excitante era sin duda el plano intercalado y repetido obsesivamente de aquella boca salvaje y explosivamente roja, cuya lengua pronunciaba sin cesar tan sólo un monosílabo:
-"Ven".
Se sintió hipnotizado por aquella voz, grave y pastosa, cargada de noche y nicotina. El timbre familiar de aquella simple orden subliminal e imperiosa sometía y abocaba a la obediencia, al acatamiento ciego.
En el preciso instante en que su excitación alcanzó ese punto de no retorno en que la eyaculación se hace imposponible e inevitable, la dama misteriosa se quitó el antifaz. Reconoció, al tiempo que su semen crepitaba en el papel del cartucho, en el rostro de aquella mujer, hasta entonces velada, los inconfundibles rasgos de su propia y putísima madre. Aquel miserable cartucho acogió también su vómito. De una sola arcada se deshizo de toda la cena. La siguiente arcada desfondó el cartucho reblandecido formando sobre el suelo un amasijo de cáscaras de pipas, palomitas y los restos del desayuno. Siguió doblándose arrojando verde bilis en un inútil esfuerzo por deshacerse incluso del primer calostro, deseando escupir hasta esa primera leche que había mamado un día de aquellos gigantescos pechos que, poco a poco, se fundían en negro.
-Camarero, por favor, quisiera liquidar mi cuenta – me dijiste, mientras te limpiabas la comisura de la boca con el dorso de la mano. Me quedé perplejo ante la caja registradora tratando de recordar qué me habías comido. Y es que hay momentos en que, siempre siempre, me quedo en blanco.
La imagen de la caja registradora es obra de Ernesto Pumariega, la foto un montaje de comicproducciones.com