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domingo, diciembre 08, 2013

El loco

Il Pazzo. Tarot de Minchiate - 1725


Cuando veíamos a aquel hombre, todos los niños echábamos a correr calle abajo gritando: ¡¡¡Que viene el loco!!!
Era un señor calvo, de mediana edad, feo sin llegar a monstruoso, con los ojos más tristes del mundo. Caminaba ensimismado hasta que nuestros insultos o nuestras pedradas lograban sacarlo de quicio. Iniciaba una carrerilla furiosa pero jamás lograba atraparnos porque, además de ser torpe de pies, tampoco le duraba mucho la ira.



Esta tarde noté como alguien clavaba sus ojos en mi espalda. Al girarme reconocí aquel rostro amargo y cansado en el que se habían estancado los años.

Me tocó en el hombro y me dijo: "Tú la llevas".
Ahora soy yo el loco que persigue y asusta a los niños.




jueves, septiembre 06, 2012

Metamorfosis Bruguera


He comprobado que, al pasar de los años, me he ido transformando poco a poco en un personaje de la editorial Bruguera. No es sólo que haya desarrollado una obsesión por el pollo asado que no igualaría ni el propio Carpanta, ni que mis ojos tengan ya más dioptrías que los de Rompetechos. No. Es que con el tiempo he acumulado más deudas con la humanidad que el moroso del ático de 13 Rue del Percebe. Vaya por donde vaya tengo que andar receloso no sea que me cruce con uno de los muchos a los que les dí un sablazo emocional como si fuera el pufista del tío Vázquez. Ni siguiera entre mi familia Trapisonda, un grupito que es la monda, puedo estar tranquilo y en confianza porque en seguida me montan un Zipi y Zape por alguna trastada que les armé, un favor no devuelto, una atención no correspondida...
Yo, que de chaval estaba hecho un Jabato y era más galante y caballeroso que el Capitán Trueno con Sigrid, con el paso de los años me he vuelto más chapucero en mis relaciones personales que Pepe Gotera y Otilio, las paredes maestras que sujetan mi armazón se desconchan, mis cimientos se resquebrajan, las soledades brotan como hongos y a mi autoestima le van saliendo goteras por todas partes.  Me estoy asilvestrando, me estoy desdejando, me va saliendo pelo por las orejas, las espaldas y los entrecejos, estoy descuidando hasta mi higiene personal porque me estoy volviendo más rústico que Agamenón, soy igualico igualico que el difunto de su agüelico. Y la línea la tengo también muy descuidada aunque, como Obélix, jamás estaré dispuesto a admitir que  estoy gordo.
Y si por un lado me sale pelo por otro se me cae; la melena de Filemón, que tiene dos pelos, es más espesa que la mía. Tendré que recurrir a las pócimas del profesor Bacterio si quiero recuperar mi cabellera.
A la decadencia física se suma el declive moral. Me he vuelto más tacaño que el Tío Gilito, más ruin que el tendero de 13 Rue y más chismoso que su portera. Me fallan los reflejos, con la edad estoy más atolondrado que el botones Sacarino, más loco que Carioco y se me ha avinagrado un carácter más cascarrabias que el de doña Urraca.

Porque con los años a mí me hubiera gustado convertirme en un ingenuo idealista como Pumby, o ser tan ingenioso como un invento del profesor Franz de Copenhague, o ser un héroe de la Marvel siempre dispuesto a salvar el mundo, o a vagar de puerto en puerto como Corto Maltés. Pero en mis venas corre la tinta de los tebeos de Bruguera y no puedo aspirar  al futuro de los que se destetaron con otras editoriales más glamourosas. No me amamantaron con lujosas ediciones de tapas duras sino con portadas del DDT pringadas de grasa y manos sucias ¡Qué le vamos a hacer!

Y lo dejo porque como me siga enrollando así, vais a decir todos que soy más pesado que Don Pelmazo.


domingo, abril 29, 2012

El barberillo de Benarés


Por esta vez, y sin que sirva de precedente, la foto la hizo Pazzos


Tengo una superstición. Creo que cortarme el pelo me trae mala suerte. Como a Sansón. Por eso cada vez me cuesta más ir al peluquero y retraso mis citas con las tijeras a la menor excusa. Al final, cuando parezco uno de los hermanos Macana me resigno y voy cabizbajo a la barbería con la aprensión de que algo terrible me va a suceder nada más salir del establecimiento.
También es cierto que allí echo poco tiempo porque el peluquero cada vez tiene menos trabajo conmigo y ya ni usa las tijeras; con una mano coge mis dos pelillos de Filemón y con la otra la navaja y de un solo tajazo (como Alejandro Magno resolviendo enredos o el rey Salomón dirimiendo juicios) me iguala toda la cabellera.
Mi peluquero y yo nos hemos ido quedando calvos juntos y eso une mucho. Por eso uno es fiel a la peluquería de siempre y no se deja tentar ni por las peluquerías modernas de esas en las que entra un Cromagnon y lo dejan como Cristiano Ronaldo ni por las peluquerías chinas que son mucho más baratas y terminan con un final feliz. No y no. A mi me cortaban aquí el pelo cuando me montaban en una sillita con la cabeza de Bambi para que me estuviese quieto y me afeitarán la cabeza para meterme en el ataúd (que como la Disneylandización de este país siga a este ritmo también tendrá una cabeza de Bambi de adorno)

Una peluquería de caballeros (salón de imagen capilar, me corrige ofendido el gremio de rapanucas) es uno de los pocos sitios de este país donde uno todavía puede encontrar un Interviú. Es más, hasta es fácil que ese Interviú sea aquel mítico en el que Marisol enseñó a los españoles lo que son dos tetas. Porque no nos engañemos el negocio es lo que es y da para lo que da y no está la cosa para andar despilfarrando en revistitas de diseño. E incluso si miras bien en los estantes seguro que te topas con un frasco de Varón Dandy con su inconfundible tapón de sombrero de copa. Y también está allí desde que el mundo es mundo una banda de ¿caucho? con la que se afilaban las navajas. Mi peluquero utiliza cuchillas desechables pero se empeña en que los de la Gillette no tienen ni puta idea de lo que es un buen afilado y siempre le da una pasada a la navaja por la tira de caucho, con lo que los hombres de mi barrio compartimos todos nuestros virus y nuestras miserias. Pero en mi barrio somos todos como una gran familia y nunca vamos a discutir por un poquito de hepatitis de más o de menos.
No existe un peluquero mudo. Cuando se sacan la licencia les hacen un examen médico y si estás un poco ronco no lo pasas y te  dicen que es mejor que te dediques a otra cosa. Además saben de todo; yo, antes de que existiese la Wikipedia cuando no recordaba un dato me daba una vuelta por la barbería y me resolvían la duda en microsegundos. Las respuestas tenían la misma fiabilidad que las de la Wikipedia pero expresadas con mucha mayor rotundidad y convencimiento. A ver quien es el valiente que le lleva la contraria a un hombre que te apoya una navaja en la yugular.

A lo que iba que me disperso, en cuanto sacan el espejo para enseñarme el resultado y compruebo que me han dejado la coronilla como a San Juan de la Cruz, a partir de ese momento siento como un repeluzno que me  recorre la espalda. No, no son los pelillos que se me han colado y que me pican, no. Es como el presagio de que algo terrible va a sucederme. Cuando salgo de la barbería y siento el viento gélido azotarme el cogote pelado me estremezco. Voy por la calle mirando con recelo los andamios y esquivando los letreros luminosos, me demoro al cruzar ante los semáforos para cerciorarme de que aquel monigote parpadeante es efectivamente verde y no es que me haya quedado daltónico de repente.
Cuando llego a mi portal, evito usar el ascensor y me aventuro por los peldaños, afianzando cada paso y  no sin antes haberme aferrado con un arnés de seguridad al pasamanos de la escalera.
Cierro la puerta de mi hogar, con suavidad y prudencia no vaya a pillarme los dedos. Olfateo el aire una y mil veces para descartar una fuga de gas antes de atreverme a encender la luz y procuro apretar el interruptor en el mismo centro para evitar electrocutarme con las manos tan resudadas por el pánico como las llevo.
Me pongo un salvavidas que mangué en Iberia para meterme en la ducha y poder deshacerme de los pelillos que me están matando por la espalda. Me ducho sentado en el fondo de la bañera que un resbalón a estas edades es una rotura de cadera fijo y si no que se lo pregunten al camarada monarca.

Cuando por fin me meto en la cama (sin cenar, que de grandes cenas están las sepulturas llenas) tiro la almohada, la manta y las sábanas no vaya a ser que me ahogue con ellas en sueños. Al  fin caigo rendido y me duermo. Pero ahí no se acaba todo pues es entonces cuando se cumplen todos mis temores. Siempre tengo la peor de las pesadillas. Sueño que me ha crecido otra vez el pelo y tengo que volver a ir al barbero.


sábado, marzo 10, 2012

LA NORIA



Noria de Chernobyl


La entrada en la feria era algo fundamental. Había que marcar territorio y dejar claro desde el primer momento quién era quién.  Nosotros entrábamos en la feria batiendo palmas como los Chunguitos y cantando a grito pelao:

"CUANDO SUBE LA MAREA
Sandokán se la menea
CUANDO LA MAREA BAJA
Sandokán se hace una paja".

Si un crítico musical hubiera tenido que juzgar nuestra interpretación se habría sorprendido del brío y vaivén de habanera con el que cantábamos los versos impares en forte-fortissimo y la pacata  y pianissima ejecución de los versos pares que cuasitarareábamos por lo bajinis con una sonrisilla entre pícara y gilipollas. Este virtuosismo vocal, este derroche coral apenas era apreciado porque, por más que nos desgañitáramos,  la música de los coches de choque lo ahogaba todo. Estridencia, ¡que bonito nombre tienes!
Desde la plataforma eramos observados por encima de sus gafas de espejo por los macarras que siempre nos pedían las pelas pero que ahora estában muy ocupados morreando a sus hipertetudas novias.
Subíamos por una rampa de aluminio para canjear monedas por fichas, igualito que si estuviéramos en el casino de Montecarlo aunque el croupier en nuestro caso no tenía las uñas tan limpias. En cuanto sonaba la bocinilla que anunciaba que a aquel vals hombre-máquina le había tocado el cambio de pareja nos abalanzábamos a la pista en busca de un auto rojo. Si no quedaban rojos, ni alguno en medio de la pista nos teníamos que resignar a coger uno de los que estaban aparcados en el borde.
La dirección asistida de los autosdechoque es bizarra, y a veces no lográbamos sacar el coche de su aparcamiento. En esos momentos nuestros rostros se teñian  con el color del auto: "rojo humillación". Un legionario de biceps adornados con tatuajes indescriptibles por lo borrosos daba un empujón a la barra del coche y nos dejaba a la intemperie en medio del campo de batalla.
La duración de la atracción dependía de factores tales como la altura del sol, la gente que esperaba en las plataformas, si había que reparar algo con cinta aislante y tresenuno o las ganas de mear que tuviera el taquilleropinchadiscosmaestrodeceremoniasmecánicoconductorjefedemarketingempresario. Cuando le salía de los cojones se tocaba la bocinilla y había que evacuar la pista atodahostia  no fueras a perder un tobillo y convertirte en un cojo amargado para el resto de tus días. Las sirenas que anuncian los bombardeos aéreos en las guerras no son obedecidas con tanta celeridad.
Cuando se nos agotaban las fichas nos dirigíamos a la noria. Por taquilla pasaban los vivitorros que era como se llamaba entonces a los hijosdepapá. También pasaban los macarras que invitaban a sus hipertetudas con nuestros duros porque nuestra técnica de intimidación coral no había tenido demasiado éxito. Nosotros no pasábamos por taquilla, esperábamos a un lado mientras los otros ocupaban las góndolas.
La tracción en aquellas norias la proporcionaban dos neumáticos que comprimían un aro metálico circunscrito a la redonda estructura metálica de la atracción. Como en la Fórmula 1, los neumáticos eran lo más importante; si la presión no era la adecuada o las gomas estaban desgastadas teníamos una oportunidad. Si el operario de la noria comprobaba que no había suficiente gente en la noria para equilibrar las cestas nos dejaba subir gratis como contrapeso. Nos intercalaba enttre las barquillas de vivitorros y macarras para conseguir la estabilidad de la rueda,  minimizar el desgaste de los neumáticos y conservar su agarre; ya lo dije, lo mismito que en la Formula Uno. La Formula V era lo que sonaba por los altavoces.

En la rueda de la vida muchas veces me he sentido igual. Me quedo a un lado viendo como los demás se montan entre risas; los pijos y los macarrras pasan por delante mientras espero mi turno resignado. Más por servir de contrapeso que por caridad alguien me cede un asiento y doy unas cuantas vueltas que apenas  disfruto porque me siento como un lastre. Y todo acaba como aquellos viajes en noria:
Vomitando cuando para.


viernes, febrero 24, 2012

EL SUSTANCIERO


Entre los personajes mitológicos de eso que en los libros de Historia se llama “posguerra” pero en nuestras casas siempre se llamó “los años del hambre” destaca la figura del  sustanciero.


El sustanciero era un hombre que, provisto de un hueso de jamón atado con un cordel  y un reloj de cadena en el casposo chaleco, voceaba por las calles ofreciendo sus servicios: ¡SUSTANCIA! ¡SUSTANCIA! --pregonaba como si fuera un filósofo metafísico alemán. Cuando un ama de casa lo requería con una voz armoniosa y llena de encanto desde la ventana, aquel hombre subía con parsimonia las escaleras de un edificio sin ascensor, cruzaba un pasillo con olor a berza y era acompañado hasta la cocina donde hervía un pote con agua. El sustanciero, a cambio de unas monedas, sumergía el hueso del jamón con tal de engordar el caldo. El coste del servicio  era de unas perragordas el  cuarto de hora que era cronometrado con aquel reloj con mayor rigor que el de un árbitro de atletismo. El ama de casa entonces trataba de distraer al sustanciero por ver de despistarlo y que el cuarto de hora se prolongase más de lo acordado. Pero el sustanciero solía ser un personaje tan miserable como inflexible y no hacía oídos a los chismes, cotorreos y provocaciones del ama de casa, al cuarto de hora exacto repescaba el hueso, lo escurría para que no le montasen alboroto por pingar el terrazo de la cocina y se iba en busca de otro perol que enriquecer. En justa correspondencia aquel  emprendedor (precursor del jamón en Renting) procuraba distraer a la señora y aprovechar cualquier descuido para robarle una patata hervida que devoraba apuradamente con grave peligro de achicharrarse los labios, la lengua y el esófago.

En aquella era preStarlux hubo hogares en que la miseria abrió la puerta a la desvergüenza y que las perragordas eran trocadas por otro tipo de intercambios  y en aquellas casas el sustanciero remojaba algo más que el hueso. Las malas lenguas del barrio se encargaban de multiplicar estos casos y el mezquino sustanciero  arrastraba una fama de donjuán aprovechado y ventajista; si un marido se cruzaba con el del hueso en el portal lo atravesaba con la mirada tratando de descubrir que clase de  caldo se habría cocido en su hogar esa mañana.

Los que comentáis en el blog sois, un poco, como el sustanciero: vais de blog en blog sumergiendo vuestro talento en un caldo a menudo insípido, lo enriquecéis, lo engordáis con vuestras frases, lo aderezáis con vuestros chistes; como el sustanciero a veces esperáis en pago un intercambio, una visita a vuestros blogs que es un precio bien pequeño.

He de confesar que en esas visitas yo también ejerzo a veces la faceta más pícara de  este oficio ancestral, me cuelo en vuestras casas hasta la cocina sin pedir permiso y, a poco que os descuidéis, os como las patatas y os birlo hasta el chorizo que teníais reservado para Navidad; si me gusta mucho lo que veo os meto mano hasta el alma porque con pocas cosas disfruto más que cuando me nutro de vuestro ingenio  y de vuestro arte ¡Y además gratis!


P.S. La primera vez que hoy hablar del sustanciero fue hace unos meses en la radio. Algo me rechinaba de este personaje, me lo hacía increíble, demasiado literario. Buscando en Internet comprobé que casi todas las citas (la mía también) repetían una serie de detalles en la historia: el precio expresado en perragordas, el tiempo en cuartos de hora y el instrumento de medida, un cronómetro inconcebible en un oficio de tan baja ralea. Todos estos detalles, todas las fuentes remiten a un relato de Julio Camba, el humorista gallego tan genial como olvidado. Quizás todo este cuento haya salido de su mente calenturienta y el sustanciero no sea más que una invención.
  Hoy, casualmente, se cumplen 50 años de su muerte. La primera vez que leí a Camba fue en una enciclopedía Álvarez con la que estudiaban mis hermanas, pero  parece poco probable que sus relatos estén incluidos en ningún manual de literatura de nuestros días, ni que ningún profesor incluya "La ciudad automática" entre las lecturas obligatorias de los alumnos de la ESO. No vaya a ser que  a alguno le dé por leerla y se divierta... 

lunes, enero 30, 2012

Menos mal que hay Portugal


Lo primero que te cuentan cuando dices que vas a viajar a Portugal es que el marisco es muy barato. Así que lo primero que haces es meterte en un restaurante.
El camarero se acerca con la carta. Tú no le conoces. Él no te conoce y, sin embargo, ya te odia. Se supone que tú vas a pagar, pero da igual, él te tratará como un sargento en la mili, como un profesor en un examen.
Toma notas en su libretita como un polícía en un interrogatorio. Él pregunta: ¿Qué va a ser de primero?* Pero el tono es como si inquiriera: ¿Dónde estaba Usted la noche del crimen? Vuelve a la carga: ¿Y para beber?  Ahí es donde el camarero demuestra sus dotes adivinatorias y que no en vano estudió en la Escuela de Hostelería que regenta el licenciado Torqueimada  Sade do Maquiavelho
  •  Si tú estás eufórico, dispuesto a tirar la casa por la ventana y deslumbrar a la familia, a tu pareja, a tus invitados, con tu buen gusto y tu generosidad y querías pedir un buen reserva:
-Un Vega Sici...
-Tenemos un cosechero excelente -te interrumpe. Y ese días comes con vino peleón. Por sus cojones.
  • Si por el contrario, vas un poco raspado y quieres pedir el vino de la casa, antes de que puedas decir nada el camarero se pone estupendo:
-Tenemos un Chateau Lafitte que es una auténtica delicia. Y el camarero interpreta tu boca abierta y tu gesto desorientado como una confirmación y se presenta en un pestañeo descorchando la botella ante tus ojos desorbitados.

  • ¿Y si no pedís vino? ¿Qué queréis agua? ¡Huy, lo que me ha dicho! El camarero arrancará las copas de la mesa, cogidas por el tallo y, herido en su orgullo abandonará la mesa a toda velocidad, con gesto ofendido se atrincherará en el office poniendo cara de que ni el maître, ni el dueño del restaurante podrán convencerle de que vuelva a servirte.
Esa es otra manía que no acabo de entender. Cuando te sientas la mesa está puesta; sus platos, sus vasos, sus cubiertos. Pues bien, llegará el momento de pagar la cuenta y de todos esos que te pusieron al principio no utilizarás ninguno. Primero te retiran las copas, después el plato. Como tienes miedo de que el muy borde te deje sin comer, haces un amago de retener el plato. Te pongas como te pongas se lo lleva y además con gesto desafiante te retira los cubiertos. Y digo yo ¿para qué los ponen si luego los quitan? De verdad, no lo entiendo.
Y llega el arroz de marisco. Y el camarero empieza a desplegar ante tí todo el instrumental: un mazo, un tenedor de dos púas, un cuchillito, una tenaza, una tenacilla, un garfio, una rasqueta, un...
Tú, ahí, ya no puedes más y le gritas: ¡Quiero comer marisco, no operar a la cigala!
Porque la etiqueta y tú siempre habéis estado reñidos. El caso es que llevas media vida aprendiendo a pelar los langostinos con cuchillo y tenedor. Media vida embadurnando manteles con mayonesa, encestando cabezas de gamba en los escotes, salpicándote la camisa de las bodas con los percebes y por fin cuantdo te manejas con soltura y precisión quirúrgica, llega Isabel Preysler y sentencia que el protocolo obliga a comer el marisco con los dedos. Y lo dice sólo por joderte. Por que el protocolo existe sólo por joderte. (¿Por qué es tan pequeña la cucharilla del postre? ¿Acaso te ha encogido la mano entre los entremeses y el último plato?) Pues bien, cuando por fin aprendes como se chupa en España una gamba diseccionándola con los dedos como mandan los cánones cruzas la frontera y vuelves a estar jodido porque tienes en la mesa delante de tí una cubertería completa de la Cruz de Malta. Entonces te das cuenta de que la que te regalaron en la boda en realidad la robaron tus primos en un mesón de Oporto.

¿Qué decir del marisco? ¿Qué  clase de crustáceos son los que te sirven? Sin duda algunas especies son desconocidas hasta para la familia Cousteau. Mirando aquellos extraños seres acorazados y amenazantes  te acuerdas de Alien y te percatas de que aquellos cubiertos tan sofisticados en realidad están ahí para defenderte.
Como en Portugal es una hora menos, y además comen muy pronto, el camarero  está impaciente porque ya son casi las dos de la tarde y te retira la comida antes de que hayas terminado. Te trae la cuenta. La revisas.
No es que te cobren el pan y la mantequilla, no señor. Es que las aceitunas, el melón con jamón y los patés que habían hecho exclamar a tu señora: ¡Qué majos!¡Estos detalles no los tienen en España! te los han cobrado y a precio de caviar ruso. Los chupitos de aguardiente exótico marca O Corrosivo te los han cobrado más caros que las dos botellas de vino francés (por cierto, la segunda te la trajeron ya abierta cuando te disponías a atacar el postre).

Eso sí, el marisco, lo que es el marisco, es muy barato en Portugal.





*Los diálogos del camarero han sido traducidos, el vídeo no.

lunes, noviembre 28, 2011

PAELLA PARA UNO

A mi hermano Carlos, que dice que a veces lee el blog. Él dice que sabe leer, que nadie le abra los ojos a la evidencia, por favor.










Ayer cociné. Paella de alcachofas para uno. ¡Qué triste!
Podéis creerme o no pero es lo mejor que he comido nunca. Corrían las lágrimas por mis mejillas de lo buena que estaba. Me la comí yo solo y no os dejé ni un grano, no compartí mi creación con nadie. Fue como si Leonardo hubiera quemado la Gioconda nada más terminarla sin que otros ojos pudieran gozar de esa perfección que acababa de crear. Tanto arte en el plato, todo mio y todo para mí.

Con el sopor de la digestión me puse nostálgico. Echo de menos la promiscuidad. --¡Vaya cosa, como todos! --replicaréis. No hablo de esa promiscuidad. Me explicaré mejor:
Los que procedemos de familia numerosa añoramos aquellas  peleas a codazos en la mesa, reclamando un espacio como los lechones reclaman el pezón de su madre, o los nacionalistas las competencias territoriales; a veces a gruñidos, a veces a mordiscos. Las puntas del tenedor amenazaban al que había osado atrapar la última croqueta y la cosa  habría terminado en esgrima sin floretes trucados si mi madre no hubiera parado el lance a golpe de colleja. A veces pienso que el hule era muy práctico por si había derramamientos de sangre.
Echo de menos aquellas vajillas de Duralex blindadas, nada que ver con los platos del Ikea de ahora que andan desportillados de sólo mirarlos. La translúcida Duralex blanca, con los años, se iba volviendo opaca de tantos fregaos bajo el chorro del fregadero como si fuera un cristalino enfermo de cataratas. Desde la alacena la miraba ufana y desdeñosa la Duralex ámbar, la de los domingos, la que transformaba la simple Casera en una bebida exótica, tan  sofisticada como nosotros. La Duralex verde... ¡ésa era la que tenía la tu madre que fue una ordinaria toda su vida!

Los domingos tocaba  paella, claro, y mi padre siempre repetía que estaba mala porque se le llenaba la boca de granos. Domingo tras domingo. Año tras año. Como si cada vez fuera la primera que contaba el chiste malo."The sense of humor" de los Pazzos: original, fresco, superingenioso y ocurrente. ¿entendéis mejor ahora de que lodos vienen estos barros?
Eramos ocho, pero teníamos más hambre que los doce apóstoles después de la Cuaresma cuando vieron que Jesús se presentaba sólo con un pan para la cena. --Esta va a ser la última --amenazó Judas. 
Y después del arroz, los ocho, que pesábamos ya como doce, nos tumbábamos todos en el tresillo para ver en la tele a Maguila Gorila. ¿La palabra tresillo tiene algo que ver con tres? En mi casa el tresillo era un mueble que se cambiaba muy a menudo, vete tú a saber porqué.
A veces el marisco de la paella nos jugaba una mala pasada. Mi madre había examinado con mucha atención la gamba (femenina  y singular, femenina mi madre y singular el crustáceo). Aquellas patitas negras y aquellos ojos saltones de puro irritados por el ácido bórico que suplicaban clemencia la hicieron dudar un poco pero al final la sacrificó sin piedad en la paellera donde enrojeció como un guiri en Benidorm (como comprobáis, el sofisticado humor de los Pazzos ataca de nuevo). Total que aquella gamba, saboreada en régimen de multipropiedad, nos causaba estragos intestinales la muy puta y rencorosa. Ante el único baño se formaba una cola que luego inspiró a un publicista de la Once que vino un día de visita por casa. A diferencia de la hora del desayuno en que mientras uno se duchaba, otro se lavaba los dientes, aquel meaba, mi madre ponía la lavadora, mi padre se afeitaba, otro se peinaba, mi hermana nos despeinaba a todos con el secador, en esos momentos de desahogo intestinal respetábamos escrupulosamente la intimidad de cada cual. La respetábamos aporreando la puerta con la desesperación de un Pedro Picapiedra con retortijones. Al grito de "espabila Favila, que viene el oso" (Pazzos's humor again) tratábamos de conminar al asediado extreñido a descorrer el cerrojo y abandonar el castillo.  En la puerta del baño quedó un agujero para siempre que hizo mi desesperado hermano sirviéndose de sus botas Gorila como ariete. En la era pre-Airwick tomar la plaza así como así, con el asiento aún caliente, la cisterna zumbando y goteando sobre tu cabeza, y el papel higiénico todavía dando vueltas en el portarrollos  era toda una temeridad; los héroes de la central de Fukujima unos cagaos al lado nuestro. Pero la necesidad aprieta. Yel papel del Elefante rasca. Son dos de esas verdades que te va enseñando la vida. Tus primeras dudas existenciales las tenías cuando tratabas de escoger entre la cara satinada que resbalaba y la otra que te desollaba vivo. Mirabas con desolación aquellas 400 hojas envueltas en papel de celofán, cogías aquel rollo como Hamlet la calavera y declamabas: "No pienso, y también existo, ergo a la porra Descartes " (The philosophy of the Pazzos is not bad either).

Pero bueno, con tanta metafísica me he perdido, ¿de qué iba este post? ¿qué era lo que echaba de menos?

lunes, marzo 19, 2007

LA PRUEBA DE LA TUBERCULINA




La fuente del colegio era un trapezoidal mamotreto de hormigón, sin gracia arquitectónica alguna, rematado por un crucifijo de hierro. Por un lateral emergía una canilla de latón deslustrado que se abría con una palometa de mariposa.

Aquellas aguas medicinales dejaban el punzante amargor del cardenillo del bronce agujeteando la pica de la lengua. El higiénico cloro resecaba el cielo del paladar. Aunque no había ni asomo del flúor que dicen que en la civilizada Suecia añadían a sus aguas municipales, para compensar, el plomo en suspensión se asentaba, sorbo a sorbo, en cada célula. Se detectaba también un sutil y salobre regusto a mocos, eso sí, hemos de reconocer que a moco fresco, una nota casi graciosa de puro juvenil. Los catadores más sibaritas podrían incluso percibir por vía retronasal delicados efluvios de orín de gato sobre mata de perejil por encima de un pertinaz fondo de aroma a gallinaza.

Había muchos estilos de amorrarse a aquel pilón, situado tan a ras de suelo que obligaba a los sedientos a agacharse: Los más osados bebían inclinándose como para jugar a ojo de buey, poniendo en grave riesgo, ora sus incisivos víctimas de un pescozón mal intencionado, ora sus posaderas por la amenaza de un empellón aún más perverso. Los más prudentes bebían vergonzantemente acuclillados. Los más discretos utilizaban como cuenco la tierna palma de la mano, convirtiendo en ablución mística el salvaje abrevar de los más bestias.

Pasaban por aquel caño cada día 500 niños y 500 niñas. Aprovechándose de la escasa altura de la fuente, no era raro contemplar a algún chucho rechupeteando aquel grifo y, sospecho que en la intimidad de la noche, también las ratas saciarían su sed. Si descartamos el reino animal no racional (¿no racional? esteeee, no mejor, si descartamos a los bichos) y teniendo en cuenta que cada escolar era acuciado por la falta de líquidos que propiciaba la actividad incesante un promedio de 3 veces por recreo, esto arroja un cálculo de al menos 6000 labios intercambiando sus babas cada día. (Nunca don Arturo nos planteó un problema así)
Don Arturo, no sé muy bien porqué, se dejaba un bigotito, tan ralo, que tenía que afeitarse igual cada mañana.
Don Arturo, no sé muy bien porqué, usaba manga corta hasta por invierno.
Don Arturo, no sé muy bien porqué, lucía orgulloso el verdiazul tatuaje de una gallina desdibujada. Algunos sospechábamos, por esto, que nuestro maestro era en realidad el verdadero propietario del gallinero vecino.
A don Arturo le gustaba mucho el orden. Con voz imperial nos mandó:
-- ¡A formar! Por orden decreciente de estaturas.
Ante el general desconcierto tuvo que traducir:
--¡Los más altos delante!¡Coño!
Formamos una marcial cola, para recibir, como si de la primera comunión se tratase, la vacuna de la tuberculina.
Apenas dos pasadas rápidas por el calor tenue de la fascinante llama mágica de un mechero Bunsen bastaban para esterilizar aquella aguja cuya longitud y grosor magnificaba nuestro pánico. Afortunados, los primeros de la fila disfrutaban del picotazo de una aguja todavía recta. Menos dichosos los siguientes que padecieron un banderillazo doloroso. Los últimos fueron castigados, en la suerte de varas, con un cruel puyazo a manos de torpe picador. El practicante descargaba todo el peso de su cuerpo sobre el émbolo de la jeringa tratando de desatorar la obstrucción de aquella cánula embotada. Nadie lloró, pese al tormento, para ahorrarse los lagrimones que una reputación blandengue podría acarrear en los recreos. Como premio a tanta sufriente abnegación y heroísmo recibieron una condecoración cárdena que lucirían orgullosos en sus hombros para el resto de sus días.
Una semana después regresaban los sanitarios para observar la evolución de aquellas ronchas. Formamos de nuevo una larga cola en el patio, pero esta vez, piadosamente, don Arturo quiso ahorrar la tensión de la espera a los más pequeños y, por tanto, potencialmente más frágiles y nos ordenó inversamente, de menor a mayor. Al final de la cola quedó Menéndez el Tiesa, indignado por verse relegado a una posición no acorde con su altura.
Para alinear la hilera, estirábamos el brazo derecho y rozábamos con la punta de los dedos el hombro del alumno precedero. Menéndez el Tiesa, (de cuyo sadismo daremos cuenta más adelante) desplomó su manaza sobre el hombro del maizón Quevedo, reventándole la erupción de la vacuna. Quevedo, al sentir la quemazón, devolvió la jugada a Palacios, y este al siguiente, en un cruel dominó de “tulallevas” . Cuando la broma alcanzó a Puga, el Pulga no encontró un hombro sobre el que desahogarse.
Los enfermeros se mostraron perplejos al inspeccionar nuestros omoplatos y comprobar que todas las ampollas, menos una, estaban reventadas. Nunca antes habían observado una reacción alérgica tan extraña y generalizada.
Fruto de aquellas observaciones y diagnósticos se repartían con generosidad unos pequeños diplomas (los únicos que muchos habrían de recibir en toda su vida académica). Aquellas boletas, que parecían etiquetas de rioja Paternina, lucían una banda diagonal que era azul si se poseían anticuerpos contra la tuberculosis. Si en aquella ceremonia de graduación eras agraciado con una boleta con banda roja, o peor, marrón, eso significaba que habías rechazado la pócima y que, por consiguiente, tendrías que someterte a una reválida de nuevos análisis e incómodos tratamientos.
Aquel año, los enfermeros observaron, atónitos de nuevo, que, sin excepción, todas las boletas que se repartían en el Manuel Rubio eran azules. Sospechando un error devolvieron las muestras al laboratorio.
Aunque ningún analista consiguió descubrir el origen de aquella inmunidad colectiva, durante varios meses el nombre de Ceares resonó en las revistas de medicina de medio mundo (de ese medio mundo que en realidad cuenta, naturalmente)
Los sorprendidos especialistas no acababan de explicarse la infinita variedad de la inquietante fauna microbiana que habitaba aquellas muestras…

martes, enero 30, 2007

Mi primer veneno...

Mi mamá me mima. Amo a mi mamá. Las oraciones más viejas y bellas del mundo. Y cuando digo oración también quiero decir plegaria. La más hermosa aliteración que se ha creado en castellano. Muchos somos los que aún leemos silabeando y cuando pronunciamos ti- lo asociamos instantáneamente a unas tijeras y al decir nu- se inunda de nubes nuestra mirada ensoñadora.
Por aquel tiempo, vestíamos un uniforme compuesto de baby de rayas azules y los reglamentarios mocos en la nariz. La seño extrajo de un bolso de skay la plastificada portada de un manual. Cuando la señorita Paula me entregó la cartilla Paláu (por seguir con las aliteraciones) creó un monstruo. Al cabo de unos días terminé de devorar la tercera cartilla y sin tener más letras con las que saciar aquella adicción que se me había despertado me aproximé a la tarima, tembloroso como un yonqui parvulito, demandando, mendigando más dosis de aquella droga nueva tan destructiva y adictiva, amenazando a la maestra con un lápiz recién afilado. Como los recursos didácticos de aquella escuela se limitaban a las tres cartillas y un puzzle gigante, la señorita Paula se mostró muy contrariada y contestó rápida y airada con un: "Empieza desde el principio, ponte a repasar desde la primera cartilla".
Siempre fui un niño muy obediente. Me leí el prólogo. Tantas veces que desde entonces me sé de memoria aquello de "La cartilla Palau es un novedoso método fotosilábico de aprendizaje de la lectura y escritura..." .
Supongo que el profesor Paláu, a estas alturas, ya habrá muerto. Si alguien conoce a algún descendiente suyo, hágale llegar mi admiración por la cartilla de su abuelo y denle las gracias en mi nombre porque me proporcionó el mejor regalo de mi infancia. Díganle sin embargo que aquel método fracasó parcialmente porque, aunque me enseñó a leer en cuatro días, después de tantos años aún sigo sin saber escribir como Dios manda.


...Y el último
Este es mi último veneno. Lo he logrado apurar hasta el final lo que para mí es todo un logro, tan aficionado como soy a dejar siempre una gotita en el vaso.
Algunos conoceréis a Pepe Colubi porque últimamente soporta con estoicismo los gritos que en Cuatro le suelta a orejajarro y sin piedad Boris Izaguirre. Eso es, el zangolotino que se sienta en el plató a mano derecha, ya habéis caído.
El Diario Disperso es una colección de los artículos que publicó hace dos años en la Nueva España. Aunque el apéndice final con la cobertura de la boda de Letizia Ortiz está desfasado y carece de interés, cuando aborda temas cotidianos desde su original perspectiva podemos disfrutar a carcajadas. Tiene un sentido del humor que ha mamado de Groucho y de Mafalda (aunque dudo que los pezones de ninguno de estos dos den ni gota de leche). Goza de una capacidad de observación que parecía perdida entre los articulistas españoles desde que Julio Camba dejo de escribir.
Si estás en torno a los cuarenta te sentirás identificado con sus experiencias vitales porque su mundo es tu mundo, lo que a él le pasa, a tí te ha pasado.

jueves, enero 25, 2007

EL PADRE CLEMENTE

El padre Clemente era uno de esos curas obreros, cosecha del 68. Un generoso feligrés donó un garaje en el barrio para que fundase la parroquia. Quiso el azar que aquel garaje colindase, muro con muro, con un decadente prostíbulo y que la finísima pared compartida fuera justamente la del sagrario.
Aquella Misa del Gallo resultó homérica. Nadie podrá olvidar como Clemente interrumpió la misa, y rojo de cólera y vergüenza, se quitó precipitadamente la casulla para ir a poner orden en aquel putiferio.

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Como premio a su vehemencia en la defensa de la fe y a la repercusión que su enérgica y encendida reacción había tenido en los hospitales, juzgados y medios de comunicación de la ciudad, el arzobispado decidió trasladar al padre Clemente de provincia y asignarle una nueva parroquia.

Aquella iglesia había sido diseñada, años ha, por el arquitecto Serafín del Mundo. El arquitecto fascinado por la estatua del Corcovado en Brasil quiso realizar una réplica en esta iglesia de provincias. Concentrado en la realización de la monumental estatua delegó el cálculo de estructuras en el aparejador, que estaba tan pluriempleado que encargó el trabajo a su cuñado. A este siempre le hacia la faena el hijo pequeño que tenía mucha mano para estas cosas y aunque aquella semana al crío le habían escayolado el brazo diestro, con la mano zurda también dibujaba con mucha maña.
Pese a que, por aquel tiempo las diputaciones destinaban a la construcción de templos lo que hoy derrochan en museos de pintorescos contenidos, el presupuesto se agotó mediada la obra, fruto de las sisas y mermas que el contratista realizaba en la piedra de cantería. Como consecuencia las dimensiones previstas de la iglesia quedaron reducidas a la cuarta parte. Sin embargo, la estatua del Sagrado Corazón ya estaba acabada y se plantó, tal cual, coronando la cúpula de la iglesia.
Como consecuencia de tanta subcontratación, tantos robos e improvisaciones, con el paso del tiempo, la bóveda de la iglesia empezó a ceder bajo el peso de aquel Cristo sobredimensionado.


En su empeño por reformar la iglesia, Clemente decidió empezar la obra por el tejado. Con el fin de ahorrarse cuatro duros y la instalación de horrendos andamios encargó el trabajo a dos muchachos del grupo de montaña de la parroquia: El Lagartijo y Correcaminos.

Desde la azotea del edificio el Lagartijo se asomó al vacío. El Correcaminos se aferraba a una gárgola, con las piernas temblorosas por el vértigo. Habían terminado de colocar unos vientos de cable para afianzar al Cristo. Le habían colocado un arnés cruzado que daba a Jesús un aire revolucionario. Parecía Emiliano Zapata con dos cananas de balas cruzadas sobre el pecho. Lagartijo se puso un arnés de seguridad y se enganchó con un cabo al arnés del Cristo.
--Voy a rapelar por la fachada que parece que hay una piedra suelta. Tú sujeta bien la cuerda que, como te has olvidado el Grigri, voy a tener que usar un ocho para asegurar.
Aunque el Correcaminos no entendió nada agarró aquella cuerda con las dos manos.
Lagartijo descendió ágilmente. Como se temía, la piedra clave del arco principal amenazaba con ser escupida como el hueso de una aceituna debido a la presión de las dovelas laterales.
En el tejado una gaviota disputaba con Correcaminos por considerar que éste usurpaba el nido que ocultaba en la gárgola. El chico, para espantarla, soltó el extremo de la cuerda.
En el otro extremo Lagartijo dio un latigazo, y descendió varios metros de golpe. La soga se atoró con el roce del Cristo Salvador. Lagartijo penduló como un pelele al final del cabo. Atravesó como una bala el rosetón.
Las beatonas que se creían a cubierto en el interior de la nave del santuario recibieron una inesperada lluvia de esmeraldas, zafiros y rubíes.
En el siguiente vaivén Lagartijo fue expulsado del templo. Correcaminos recuperó la cuerda y al hacerlo desatascó el enredo que la había parado. Pese al roce con las despellejadas manos del Correcaminos y con la roldana de la polea, Lagartijo se estrelló contra el suelo a una velocidad considerable.
Pero, como en las historias del Coyote, la mayor hostia siempre se recibe al final. Desde el suelo, Lagartijo contempló como se abalanzaba sobre él la mole gigantesca… de Clemente, que había visto desde el atrio como se divertían haciendo puenting y furioso se remangaba el brazo izquierdo dispuesto a repartir la cólera divina.
La foto es una muestra del talento de mi compañero de árabe BAR.

lunes, enero 22, 2007

1984

Nacha Pop - Una décima de segundo




Un momento en una agenda
una décima de segundo más.
Vuela, va saltando de hoja en hoja
mil millones de instantes de que hablar.

Una ráfaga de aire frío,
un molino de viento hace girar.
Sigue, va rodando sobre su eje
describiendo una trayectoria más.

Y es que no hay nada mejor que imaginar,
la física es un placer.
Es que no hay nada mejor que formular,
escuchar y oír a la vez.
Mide el ángulo formado por ti y por mí,
es la solución a algo muy común aquí.

Ahora tú no dejes de hablar.
Somos coordenadas de un par.
Incógnita que aún falta por despejar.

Busca un libro que diga "como",
luego otro que se titula "si",
un tercero llamado "nada",
es la forma del círculo sin fin.

Y es que no hay nada mejor que revolver
el tiempo con el café.
Es que no hay nada mejor que componer
sin guitarra ni papel.
Paralelas, vienen siguiéndome.
Espacio y tiempo juegan al ajedrez.

Ahora tú, no dejes de hablar.




Para muchos 1984 fue el año de Orwell, para otros fue el de Golpes Bajos y Antonio Vega. También fue el año en el que, desgraciadamente, empezamos a hacernos mayores.

lunes, enero 15, 2007

BUNNY


Juan Torga tenía un labio leporino. Parece mentira que un adjetivo tan hermoso, con esa sonoridad tan italiana que nos haría pensar en una boca hermosa y sonriente, haga referencia en realidad a una tara congénita, a una horrible malformación que confiere a quien la padece un cierto aspecto de liebre como consecuencia de un labio deforme y partido que deja permanentemente al descubierto dos alargados incisivos.
No lo tuvo fácil en el colegio Juan Torga. El primer día de colegio alguien lo bautizó como Bugs Bunny y todavía hoy, cuando nos juntamos y hablamos de él siempre lo llamamos Bunny.
Como consecuencia de su defecto y de las continuas bromas y afrentas recibidas, Bunny desarrolló un carácter introvertido y tímido. De naturaleza esquiva y huidiza siempre estaba corriendo, escapando de constantes temores y amenazas, reales o imaginadas.
Si los hombres son crueles, los niños pueden ser sofisticadamente crueles, en otros casos burdamente crueles y en ocasiones unos auténticos hijos de puta.
Por aquel entonces se puso de moda jugar durante el recreo al tapagüevos. El juego era tan elemental como que al grito de tapagüevos, si pillabas a alguien desprevenido y sin cubrirse, le apretabas los cojones. Sólo se soltaba la presa cuando ésta silbaba. Así de simple y atávico.
Un mal día, Charly el Jicho consiguió acorralar a Bunny bajo la escalera del kiosco. Como uno de sus compinches gritó: “tapagüevos” Charly lanzó su zarpa a las bolas del pobre Bunny. El chico cayó al suelo doblado por el dolor. El Jicho sin soltar su tenaza le gritaba al oído: “Silba, silba”. Bunny soplaba y resoplaba pero el aire se escapaba por el hueco de su labio sin poder dar una sola nota. Su sádico oponente se reía, con esa risa erótica del despiadado y apretaba y gritaba: “Silba, silba”, cada vez más fuerte. Lo vio ponerse azul y, aún así, no dejó de estrujarle los testículos; tan sólo abrió la mano cuando Bunny se desmayó.
Lo llevaron entre varios a la silla de la reina hasta el botiquín. Allí el conserje, un hombre carcomido por el mal humor y el cáncer, malinterpretó los síntomas, confundió el diagnóstico y erró con el tratamiento. Se empecinó en curarle aquel labio, frotándolo con un algodón y alcohol de 96º, único contenido de aquel armarito blanco con una cruz roja pintada en la puerta. De nada sirvieron las protestas ahogadas de Bunny que se empapizaba con el líquido que, por el hueco de su boca se colaba en su garganta.
Bunny bajó las escaleras de conserjería con la mirada vidriosa, el gaznate irritado y el firme propósito de vengarse del Jicho antes de morir. A través de la niebla de su borrachera vio el patio del colegio como a través de unos prismáticos puestos del revés; todo parecía más distante de lo que en realidad estaba, las porterías, la fuente, la verja. Las cosas parecían combarse, especialmente el campanario de la iglesia que se inclinaba peligrosamente. Cada escalón que descendía provocaba un terremoto en el paisaje que se diluía por instantes, para volverse a recomponer, no del todo encuadrado, en su retina. Igual que en un sueño. Borroso como un recuerdo.

sábado, diciembre 30, 2006

La Ley de la Calella

Los martes tocaba gimnasia. Los chicos nos cambiábamos en la misma aula sin utilizar los vestuarios. Algunos llevaban el chándal oficial del colegio, un engendro de tejido elástico rojo con una banda blanca de elegancia pijamoide bajo la ropa de calle. Otros sacaban de una bolsa de deportes Adidas Munich 72, (la misma en la que sus padres guardarían la fiambrera en el turno de noche de ENSIDESA) un pantalón corto azul y una camiseta naranja. Muchos, como el Puga, ni siquiera tenían ropa de deporte.
La mayoría calzábamos unas playeras Keds de loneta azul marino, y aunque algún vivitorro tenía unos tenis de John Smith, lo compensaban otros que hacían deporte con zapatos negros que combinaban maravillosamente con el chándal rojo. Tampoco era inusual que alguno apareciese con botas camperas, que el modernillo del Zotes se presentara en clase con zuecos e incluso, en una ocasión, Tuero el Huevo nos dejó admirados a todos con unas flamantes botas de fútbol cuyos tacos de aluminio se deslizaron grácilmente patinando por la cancha de asfalto.
Bajamos a la cocina. El comedor del colegio nunca llegó a ser inaugurado por falta de presupuesto y el material deportivo que había enviado el Ministerio de Educación y Ciencia se conservaba dentro de una nevera industrial.
Al baloncesto se jugaba con unos balones medicinales rellenos con ocho kilos de arena. Al voleibol se jugaba con un balón de balonmano, para el frontón se utilizaba una pelota de tenis. Pero el fútbol, bueno, al fútbol, se jugaba con casi cualquier cosa. Para aquel día escogimos una bola roja.

Las reglas del partido eran sencillas y, como los mandamientos, se resumían en dos: No existe el Orsay, y gol es gol. Y la táctica era igual de simple: Dónde va el balón, allí vamos todos.
En una de estas refriegas Puga el Pulga sufrió una caída espectacular. Muy preocupado, el canijo jugador observó el pantalón porque el abrasivo asfalto del patio tenía la fea costumbre de quemar la ropa. Aliviado al verlo intacto se remangó la pernera, la sangre manaba a chorro del boquete que se había abierto en la rodilla.
-- Si los mancho, ¡mátame mi madre!
A nadie se le ocurrió tirar el balón a banda para atender al herido, ni esas mariconadas del fútbol moderno de parar el partido. Escupió en la llaga y se reincorporó al juego con las canillas al aire.
--¿Qué pasa Puga? ¿Vas pescaaaar?—nos burlamos.

En la primera ocasión que tuvo, casi delante de la portería contraria, dio un punterazo que salió completamente desviado hacia arriba.


--¡Curcio!—le gritamos.
El balón rebotó en el larguero y salió despedido por encima de la valla del colegio.
--¡Meca! Puga la encoló.
--¡La ley de la calella, el que la tira va a por ella!
El Puga se encaramó penosamente a la tapia. Palacios también trepó para ayudarlo a pasar bajo los alambres que la remataban. Para putearlo primero separaba el cable y cuando el Pulga estaba justo debajo, lo soltaba para que el espino se le clavase en el culo.
-- ¡Carapijo! Como se me raje el pantalón va a matame mi madre.
El colegio lindaba con un gallinero. Para recoger las pelotas perdidas había que trepar a un tejado, pillar despistado al paisano furibundo y harto de que le pisáramos el sembrado, burlar las dentelladas de un perro-lobo enloquecido, recuperar el balón y lograr retrepar vivo al colegio.
Quiso la fortuna que la pelota roja fuese a aterrizar en la cima de un montón de cucho. Parecía la guinda de un pastel. Puguina tanteó con un pie la consistencia de aquella montaña de estiércol. Pudo dar dos pasos, y con el tercero consiguió alcanzar el esférico; pero, el suelo de la cumbre, mucho más blando, se hundió bajo sus pies. La mierda le cubrió hasta el cuello, pero aun así no soltó su presa.
Logró arrastrarse fuera de aquella trampa de arenas movedizas, apresuradamente esquivar los colmillos del asesino chucho, lanzar la pelota y saltar la tapia.

Aquel fue un día glorioso. Logró meter tres goles porque nadie se atrevía a marcarlo demasiado cerca. Al terminar la clase, feliz y sonriente como nunca marchó corriendo a casa, preso de impaciencia. ¡Tenía tantas ganas de ver a su madre para contárselo…!

miércoles, septiembre 13, 2006

Tardes de pan con algo


Gracias a un giro de la fortuna y a la tan de moda entre las empresas "conciliación de la vida familiar" (como si a estas alturas de la película uno pudiera reconciliarse con la familia) he conseguido un traslado que me ha permitido recuperar uno de esos placeres de la vida que creía perdido para siempre: la merienda.
Tras años de comer a las milquinientas he podido disfrutar del gustazo de devorar un bocadillo a media tarde y con ello revivir aquellos momentos de la infancia. Aquellos enormes bocadillos de chorizo Revilla, de chocolate Nestlé (nada de lujos, sin almendras que éramos familia numerosa), aquellas rebanadas de foagrás Apis, de Tulipán con azúcar, de Nocilla (del nacimiento de mi hermano sólo recuerdo que fue la primera vez que probé la Nocilla). O los más extravagantes, el riquísimo bocata de plátanos o el más empalagoso de leche condensada.
Desgraciadamente uno ya no es el que era y acojonado con las campañas de los medios que dicen que el colesterol puede convertir tu sangre en pomada he desterrado del menú la Nocilla y el Tulipán. No así el de leche condensada (la Lechera, por supuesto, aunque un tubo de dentífrico sustituye a la lata blanca), mejorado y ampliado porque he añadido unas onzas de chocolate puro en un desesperado intento de suicidio hipercalórico.
También se han sofisticado los gustos y el bocadillo de jamón serrano y queso ha derivado en dos recetas, una fría y otra caliente:
Filadelfia, magro de cerdo Apis (sigo fiel, sí), y pimiento morrón de lata
vs
Pimiento natural frito y lascas de parmesano fundidas bajo crujiente de cecina al microondas.
Bueno, os dejo que empiezan en la tele "Las aventuras de Fofó y el señor Chinarro"
Y tú ¿Qué merendabas?