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domingo, marzo 01, 2015

LOS HERMANOS MALASOMBRA


La maldad de los yihadistas es una maldad falsa, impostada (lo que no quita para que sean unos auténticos hijos  de puta).
Su barbarie es teatral, siempre con un ojo puesto a la galería, al contador de visitas del youtube. Son los jackass del terrorismo, la estupidez, la gomadós, el sadismo de cimitarra y burka, la soberbia de la sinrazón  hecha espectáculo de masas.
La indiferencia de los medios de comunicación, la censura absoluta de cada uno de sus actos de propaganda, denunciar y bloquear a sus fuentes de financiación  es la única respuesta sensata que puede dar el mundo civilizado.
Eso, e irlos matando uno a uno y en silencio.

domingo, agosto 10, 2014

El deshollinador


El deshollinador resbaló,
cayó desde el tejado
y nadie pudo ver
la pequeña nube
de tizne, sangre, escarcha
que brotó con su último lamento.

Sólo los cuervos.

Siguió nevando
hasta cubrir con el mimo
de una madre llorosa
su traje de enterrador
y la chistera aplastada.
Los trapos de nieve
se posaban con dulzura
temerosos de causar
el más ínfimo daño,
tejieron un sudario de armiño
trenzado con caricias delicadas.

A la luz de la Luna
las estrellas de los copos
se fundían con la carbonilla
y el hollín de su ropa oscura;
negro sobre negro
y blanco sobre blanco
dibujaron el contorno
del niño muerto
sobre la fría tierra.

Es hermoso ver
a las siluetas siniestras
del fúnebre cortejo
con sus mejores galas
de un luto riguroso
volar, danzar y picotear
sobre su tumba blanca.

(Homenaje a William Blake. O plagio descarado, lo que ustedes prefieran)


jueves, agosto 29, 2013

Elogio de la cordura


La locura goza de inmerecida buena prensa en la literatura. La locura tiene poco de brillante inteligencia, de talento enrevesado, de risa contagiosa y tiene un mucho de la más amarga de las tristezas. 

A finales del Siglo XX los médicos se tornaron cómodos, más preocupados por el tamaño de su yate y de las tetas de sus novias que de la salud de su parroquia. Así, muchos ginecólogos optaron por practicar cesáreas prescindibles con tal de no agacharse ante las parturientas. Así, los cirujanos supieron transformar la vanidad y los complejos de sus pacientes en una rentable carnicería sin escrúpulos.
Y los médicos del espíritu en aras de lo que llamaron "nueva psiquiatría" decidieron vaciar los manicomios. Hay que tener mucho aguante para soportar a un loco todo el santo día y, cuando les prohibieron jugar al doctor Frankenstein practicando aquella panacea que se llamaba lobotomía, se encararon con la sociedad y le dijeron: ¡Os vais a enterar! Y mandaron a los locos a eso que se llama tratamiento ambulatorio. Nada de internarlos que es muy caro alimentarlos y además se baban y lo dejan todo perdido. A partir de ahora cada uno a su casita y que los aguante su padre. Que sea una anciana octogenaria y medio gagá la que decida cual es la dosis exacta de psicotrópicos que ha de suministrar a su hijo esquizofrénico para evitar que la asfixie con la almohada en cuanto se quede dormida. Que sean los vecinos los que soporten los aullidos del licántropo vocacional. Que sean los bebés desde la cuna los que impidan que su padre viole sistemáticamente a sus hermanitos.

Y los manicomios se quedaron desiertos, vacíos. Como los locales malditos, como ese lugar del crimen que nunca nadie volverá a atreverse a habitar; esos solares moribundos no volvieron a ser ocupados.
El dolor lo impregna todo. En la cal de las paredes podemos ver las huellas clavadas de uñas grabando su mensaje desesperado. Todo es carcoma, todo es ruina y moho. Grifería atascada, tuberías angustiosas que reverberan miedos, bañeras a medio llenar de bilis. Todo cruje, la tarima al pisarla se queja amargamente, el eco repite el sinsentido de unos pasos erráticos una y mil veces. Sobrecoge el graznido de las sillas de ruedas que gimen herrumbrosas. Las voces inconexas que ulula el viento en los vidrios rotos; el alarido, aún puedes escuchar cada alarido rebotando eterno en galerías sin fin y el retumbar de los cabezazos contra los muros ensangrentados.

Es el paisaje sin figuras de la derrota y la desolación humanas.




Si queréis profundizar en estos Universos del Horror podéis visitar esta dirección pero, no os lo recomiendo.

miércoles, agosto 07, 2013

Un sueño. Casi una pesadilla.


Anoche soñé con el minotauro. 

Yo formaba parte de una subespecie del género humano cuya debilidad mental, cuya vulnerabilidad, mitigaba la cólera del monstruo; nos toleraba al no sentirse amenazado, no como al resto de los hombres cuya violencia, cuya soberbia, sacaban a la bestia de sus casillas. Nuestra fragilidad era nuestro escudo. La mansedumbre nuestra salvación.

Los otros hombres nos arrojaban a las galerías oscuras. Puede que el minotauro estuviera a gusto con nosotros, los infrahumanos, pero nosotros sentíamos temor no ya de su presencia, sino que tan sólo la mera posibilidad de su existencia nos aterrorizaba. 
Era sentir unos pasos lejanos, o lo que interpretábamos como el sonido acre de unos cuernos rozando contra las paredes, y se apoderaba de nosotros un frenesí desesperado; excavábamos con nuestras manos, con nuestras uñas, aquella tierra oscura que tenía una consistencia blanda y quebradiza como de carbón de Reyes, tratábamos de huir como los topos huyen del agua que inunda su madriguera. 
Las galerías de aquella mina formaban un gruyére negro y caótico donde los agujeros se entrelazaban unos con otros, se retorcían en un laberinto intrincado y sin salida diseñado por el pánico.
Los humanos, desde una empalizada que cercaba el laberinto, succionaban aquel mineral desmenuzado con una tubería tan flexible y glotona como una voraz anaconda negra.
Amasando ese polvo con nuestro miedo el rey Midas era capaz de transformar en oro todo cuanto tocaba.

martes, noviembre 27, 2012

Porca Miseria VIII - Estación Termini


Creo que soy el primer hombre que ha cruzado Castilla a lomos de un Porsche Cayenne a 160 quilómetros por hora sin infringir ninguna ley. Bueno, sin quebrantar las leyes de tráfico quería decir pues no sé qué opinarían los jueces sobre si se podría considerar allanamiento de morada okupar aquel coche que era el doble de grande que mi piso. O si será delito viajar en un coche de lujo sobre un tren con un billete de segunda clase. O con un billete de metro gastado que era lo que llevaba en mi bolsillo por si el revisor se ponía quisquilloso con los polizones.

¿Cómo describir la sensación de libertad al sentir el viento que corría entre los dedos de mis pinreles asomados por la ventanilla? Los que hicieron aquel anuncio de BMW tan cursi con la manita al aire no saben lo que es disfrutar de verdad al volante. Circular a toda hostia en un coche, con la capota bajada, sin preocuparse de conducir, ni de los peajes, ni de la guardia civil es lo más cercano que existe a la felicidad absoluta. Los trigales se desplegaban como abanicos amarillos a ambos lados de mi ruta. Las pacas de paja se desperdigaban perezosas por la planicie como bloques de Tetris en la primera pantalla. Los girasoles me saludaban mientras los aspersores que los duchaban desplegaban un arco iris de bienvenida al tiempo que un aeroplano fumigador empolvaba la cara de una luna diurna y enorme como un duro de plata. Puse esta canción en el casette y me puse a canturrearla. Antes de seguir leyendo, escúchala, y canta conmigo el estribillo a grito pelao, no seas soso que si no no tiene gracia; sin vergüenza, que desde las excursiones del colegio ya sabemos todos cuanto desafinas.


En cuanto acabó la canción comprobé que el Porsche Cayenne tiene un imperdonable defecto en su diseño: No tiene limpiaparabrisas interior.

Surcando el ancho Mar de Castilla me sentí como Moisés atravesando el desierto: Hambriento. Miré a aquel cielo azul tan bonito, con sus nubecillas jugando al escondite con el sol y claro, los espacios infinitos tienen esa cosa de que uno se pone místico y acaba implorando a la Divina Providencia que se apiade de ti y que haga descender el maná sobre tu boca abierta al cielo. Yo la abrí tanto que Dios debió de pensar que en vez de una boquita abierta al cielo era el boquete de una mina a cielo abierto. Ya sé que vosotros sois una panda de descreídos y esperaréis que os cuente que una bandada de estorninos incontinentes iba a relajar sus esfínteres en mi bocaza y llenarla de cagarrutas como hicieron las golondrinas con los ojos de Santo Tobias, (que mientras se iba quedando ciego no paraba de cagarse en Bécquer y en su puta madre). Pues no, gentes de poca fe, listos que sois unos listos, al cabo de menos de media hora tenía la boca llena de mosquitos e insectos de todo tipo, al menos una pareja de cada especie. Que Dios aprieta pero no ahoga. Y si no que se lo pregunten a Noé.

Cuando llegamos a la provincia de Zamora el tren entró en una vía muerta. Hace mucho tiempo que la línea Astorga-Zamora se cerró al tráfico ferroviario y el paisaje que se veía ahora era tan irreal como uno de esos pueblos fantasmas del Far West. A la altura de Benavente todavía conservaba la esperanza de que al pasar junto al Huracán sus alegres chicas me saludaran agitando el sostén desde la azotea. En lugar de esto me encontré con un interminable cementerio de dinosaurios amarillos puestos en fila, millares de camiones, hormigoneras, grúas, y maquinaria pesada que parecía salida de una película de Mad Max. Aquellas retroexcavadoras, aquellas palas, aquellos  gigantes del pavimento que ahora acumulaban óxido y olvido a la vera de la vía, en otro tiempo glorioso se habían devorado este país a grandes cucharadas, habían apisonado sus colinas, empantanado sus ríos, talado sus árboles centenarios, lo habían taladrado, perforado, aplastado, violado con sadismo la virginidad de sus montañas,  habían vomitado de asfalto negro el antiguo sendero saltarín de las ardillas romanas. Y ahora todo ese hermoso país que tanto nos empeñamos en reducir a escombros es un monstruoso desguace antediluviano, artrítico y anquilosado que sólo  espera a que la herrumbre lo reduzca poco a poco a polvo.


                                                                                                  (¿continuará...?)

miércoles, junio 27, 2012

MANQUIÑO Y DIANA

Manquiño tiene un truco para atraer al público e incrementar las limosnas. Le excita la idea de revolver los estómagos y las conciencias de los que pasean por las aceras sin apenas vislumbrar su cuerpo mutilado.
Cuando nadie lo ve, cuando nadie parece verlo, pone un poquillo de carne picada en el muñón y deja que las gaviotas del muelle se abalancen sobre él para picotearlo mientras celebran el festín con su graznido pterodáctilo. Los ojos que hace unos segundos se desviaban para no mirarlo, ahora se abren horrorizados ante el espectáculo cruel, espantan a las glotonas aves, socorren al presunto herido y aflojan las carteras.

No es que a Manquiño le guste jugar a Prometeo pero siempre tuvo mucho olfato y talento para eso del show business, de la teatralidad, de la puesta en escena. Cuando, hace ya mucho, vivía de lanzar cuchillos en un circo aprendió muy pronto que el público se aburriría si los lanzaba por debajo de las piernas, o con los ojos cerrados; que bostezarían cuando los lanzase de espaldas; que por más que ajustase el filo del cuchillo a  los labios rojos de la hermosa Diana jamás se darían por satisfechos y se sentirían estafados porque la emoción proporcionada no compensaba el precio de la entrada. Aquel ticket de cartón marrón les daba derecho a canjearlo por escalofríos. Nada de redes. Nada de arneses de seguridad. No estaban dispuestos a admitir la impostura en el riesgo, que nadie recortara las garras al tigre, que nadie drogase a los fieros leones. 

Por eso aquella noche funesta erró a propósito el tiro. El maestro de ceremonias con los ojos clavados en el corazón roto de Diana gritó desconcertado y por inercia: "El espectáculo debe continuar". Entonces, él se cortó las dos piernas y un brazo para que su sangre  se fundiera en la arena con la de su amada. Cuando, blandiendo un puñal con su único brazo, pidió la colaboración de un voluntario del público para terminar el número, ya no quedaba nadie en las gradas...