Mostrando entradas con la etiqueta Interiores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Interiores. Mostrar todas las entradas

domingo, mayo 11, 2014

Libérame del pudor



No sé en que punto del Antiguo Testamento el pudor se cayó de la lista de los pecados capitales para colarse, como de tapadillo, en el índice de las virtudes teologales. Quizás un tropezón de Moisés cuando bajaba las Tablas de la Ley es el responsable de este tracamundio.

No recuerdo que obedecer las normas del pudor me haya llevado jamás a ningún sitio. Es una bola de hierro encadenada al tobillo que me hace dar vueltas alrededor de un punto, enrollándose en el eje y limitando mi radio de acción cada día que pasa.

Y no estoy hablando de nada zezuá, más bien al contrario. Este post no es una invitación al despelote colectivo aunque, por mí, que nadie se corte. El pudor te atenaza en una pista de baile y, en vez de soltar el Fred Astaire que llevas dentro, te limita  a dar unos pasitos sobre el sitio como quien que está pisando uvas. El pudor se te agarra a la garganta y tu voz tremola cada vez que hablas en público. El pudor te impide entablar conversación en el autobús o el ascensor por ese temor a molestar y ese empeño en resultar invisible. El pudor te impide abrazar a los amigos cuando eso es lo que a ellos y a ti os hace falta.

El pudor nos impide confesar los defectos pero también nos obliga a ocultar nuestros talentos (que alguno tendremos) bajo una nubecilla de falsa modestia.

El pudor te hace callar lo que quieres, cómo lo quieres y cuándo lo quieres.
El pudor es el más nefando de los pecados.
El pudor, si lo dejas, acabará jodiéndote la vida.


domingo, abril 20, 2014

UN CUTRE EN LA ÓPERA



El cutre sabe que no tiene ropa para ir a la Ópera. Sus vaqueros huelen a trampero del Canadá y la mochila de tres dólares, prestada hace años y nunca devuelta, que le acompaña en todos sus viajes no es el mejor pasaporte para un sitio de estos.

El Metropolitan Opera emerge en una plaza descomunal de esas que los soviéticos y los chinos gustan de llenar con soldaditos desfilando pero los americanos se conforman con plantar una fuentecilla de chorros plateados en medio. Se accede a la plaza por unas escaleras de dimensiones épicas que, de noche, reciben al visitante con un banner luminoso que desplaza por la contrahuella de los escalones un ¡Bienvenido! en muchos idiomas.
El cutre es un tipo obediente que acepta la invitación y se acerca a la ostentosa fachada de cristal del edificio que deja ver, a través de sus cinco arcadas y a la luz de unas arañas de cristal hiperbólicas, un interior sofisticado: una elegante y ondulosa escalera de alabastro está flanqueada por dos murales de Chagall cuya superficie es tan grande como varios campos de fútbol. El cutre conoce a un pintor que desprecia a Chagall aunque al cutre los cuadros del judío le parecen las ilustraciones de un libro de cuentos ruso. Colgarlos aquí es un gran acierto porque el público de la ópera siempre le han parecido un puñado de rusos blancos huidos de los bolcheviques, que se han criado de niños leyendo libros de cuentos troquelados con preciosas encuadernaciones y cuya vida sigue sumergida en esos cuentos y esos mundos alicatados de nácar y ámbar.
Osa atravesar la puerta de cristal con la mezcla de inquietud y curiosidad con que Alicia cruzaba los espejos.

La función ya ha comenzado. El cutre sabe que lo único que le separa de ver la representación es un cordón de terciopelo que cuelga de dos palos de bronce. Sabe que con un simple saltito estaría dentro, que aquellos porteros que aúnan la estatura de un watusi con la dignidad de un sikh  son demasiado educados para interceptarlo, que seguro que encuentra alguna butaca vacía pagada por alguien que desprecia la música y le sobra el dinero. Pero el cutre no da el saltito, el cutre lleva cruzándose toda su vida con ese cordón de terciopelo que le corta el paso al otro mundo y jamás se ha atrevido a dar el saltito.

Dentro del vestíbulo, junto a la tienda de regalos, hay unos bancos de piedra frente a una televisión que emite la representación en directo. Hay tres locos allí, tres fantasmas de la ópera contemplando las imágenes de cortesía. Uno que jadea insultos de tanto en tanto en un idioma desconocido. Otro desfila con pasos muy medidos, con parsimonia se acerca a centímetros de la tele, se da la vuelta y camina hasta el banco, se gira y vuelve hasta la pantalla, así todo el rato. El tercero es un viejo travestido con una peluca como la del señor Barragán que no deja de tomar notas en una libreta escolar. Hay mucha caligrafía en esas hojas, se diría que lleva en aquel vestíbulo media vida.

La chica que acompaña al cutre se sienta en aquel banco. La Bohème es su ópera favorita. El cutre observa como ella inclina su cuerpo hacia adelante en aquel asiento sin respaldo, proyecta sus oídos, sus ojos y todos sus sentidos. Ve como estira su columna de bailarina al máximo en ese estado de concentración absoluta que le ha visto cada vez que se asoma a un escenario, como un perro perdiguero que señala a una presa sin nada que le distraiga, como una flor que se despereza para absorber el rocío de la mañana. Disfruta con avidez cada nota musical, cada nota de color del vestuario, muy seria, como si no hubiera otra cosa en el Universo en ese momento.
El cutre se queda ensimismado admirando la curva de esa espalda. Se percata de su propia miseria y un puñetazo de consciencia le revuelve el estómago. Por un momento teme que su cuerpo y el del travestido se fundan en un solo ser, teme quedarse atrapado para siempre en ese ser alucinado, en ese rostro mal afeitado, en esos ojos de loca, en esa ropa de esperpento. Maldito, seguirá tomando notas enfebrecidas en un cuaderno hasta que otro más cutre que él se siente en ese banco.


Al atravesar la cristalera para salir de ese País de las Maravillas el cutre intenta asimilar si las cosas que ha visto eran realmente tan grandes o es que él se va sintiendo cada día un poco más pequeño.

jueves, diciembre 05, 2013

ATASCOS Y DESATASCOS.


Nada. Que no traga.

Esta frase sólo puede ser pronunciada en dos contextos muy diferentes.
Descartemos en esta ocasión las felaciones en sus diversas modalidades. Mi fregadero se ha atascado. 
No es la primera vez. Al muy agonías de tanto en tanto le dan estos arrebatos y se hace la estrecha. 

He probado de todo. Salfumant del Mercadona. Un desatascador líquido del Mercadona. Un desatascador en polvo de Mercadona. Una botella de sosa cáustica Hacendado que en la etiqueta prometía de todo: aquello lo mismo servía para limpiar las tuberías del bidé, que para elaborar jabones, que para aliñar aceitunas. Cuando me vio echarle la mano al bote, el repositor del Mercadona me sopló por lo bajinis con un guiño de complicidad que también era ideal para deshacerse del cadáver de la suegra. Ningún resultado. Lo único que conseguí después de verter aquel cocktail por el sumidero fue un humillo multicolor muy gracioso y un volcán de espuma que habría tenido mucho éxito como experimento en el Hormiguero de Pablo Motos. 
Probé con una salsa de jalapeños que encontré en la nevera, recordé el efecto que había tenido sobre mi intestino y concluí que el aparato excretor de un humano y las instalaciones sanitarias de una vivienda no dejan de ser en el fondo una misma cosa. Otro fracasito.

Un amigo me dijo que eso se arreglaba a base de mucha agua caliente. Puse el calentador a tope; si antes del agua caliente el fregadero tardaba horas en aliviarse, con la temperatura la mezcla de grasas, detergentes, pelos, migas y menudillos fraguó, la pileta se transformó definitivamente en estanque y la cocina en baño turco con tanto vapor. Me puse tan furioso que, desesperado, empecé a rugir y a golpearme con rabia el pecho con los puños. Parecía salido del rodaje de Gorilas en la niebla.

Me armé con un desatascador manual, de esos de goma negra y un mango de madera. Recordé haber leído de adolescente una novela de chicas en un reformatorio que llamaban Johnny a uno de estos desatascadores. Creo que el uso que aquellas mancebas daban al tal Johnny fue lo que convirtió a "Inocencia Perdida" en uno de los bestsellers de finales de los 70.
Empecé a bombear (con perdón) con aquel artilugio del diablo. Su funcionamiento es similar al de una zambomba y ya sabéis que tengo una predisposición natural para el manejo de ese instrumento. Empecé a menear aquel émbolo con energía. Me dejé llevar por el entusiasmo.  Como hace tiempo que no tengo lavavajillas y el desinstalador olvidó cegar su cañería, el agua estancada y corrosiva salió a chorro por aquel boquete empapando mis pantalones, mi lencería favorita de Victoria's Secret y esas partes de mi cuerpo que un caballero no osa mentar. Al instante sentí una comezón horrorosa, una picazón insufrible y me vino a la mente el terrible final de don Rodrigo el godo: "ya lo comen, ya lo comen, por do más pecado había". Corrí a la ducha a enjuagarme para evitar quedarme en carne viva. Pero, como el calentador estaba a la máxima potencia, me escaldé como un cerdo en San Martín.
Me cambié de ropa (me mudé en la doble acepción del término porque con cada jirón de ropa se iba un jirón de piel chamuscada) y proseguí con la tarea; para evitar nuevos accidentes decidí tapar el agujero del lavavajillas, primero con un corcho que no encajaba bien y luego tuve la brillante idea de usar un condón muy caducado que encontré por la mesilla de noche. Seguí dale que te pego al desatascador, pero ahora salió un chorro disparado por el rebosadero que me salpicó a los ojos. A palpo, con una mano cogí una Vileda para tapar el orificio, mientras que con la otra seguía meneando el palito que bien sabía yo que para esas lides de sobra podría arreglármelas con una sola mano. 
La cosa parecía dar resultado, el nivel del agua iba bajando con cada bombeo. Esperanzado, empecé a bombear con más frenesí (estos cambios de ritmo también me resultaban naturales) Cuando pensé que ya iba a salir hasta la última gota noté que algo me golpeaba en la entrepierna. Aquel condón se había hinchado alcanzando proporciones monstruosas. ¡¡¡Podéis creerme, por mucho que os guste el cine negro jamás habréis visto nada similar!!!
Debo confesar que, una vez superada la sorpresa inicial, aquel roce no me resultó del todo desagradable, aquel toquecito era como una invitación a conocer mundos inexplorados; ya sabéis la fascinación que de siempre me producen las cosas hinchables, los castillos, las piscinas de bolas y las chicas neumáticas. Curiosón, no pude resistir la tentación de inflar un poquito más aquella cosa...

Nunca os fiéis de un condón caducado. Al rozar con la cremallera de la bragueta aquel zeppelín impúdico  reventó y se transformó en un tsunami de aguas fecales, mondas de naranja y bolsitas de té. ¿Habéis visto la película "Lo imposible"? Pues aquello fue lo mismo, pero sin final feliz.

jueves, octubre 24, 2013

LA DUDA DE BUDA



El enorme Buda contemplaba
desde su majestad imperturbable
la anciana peregrina, de rodillas,
que sujeta entre las palmas de las manos
tan cerca de la boca que las besa
tres barritas de sándalo humeante
que enrojecen al son de sus plegarias.


Nadie como Él
se sabía
tan gordo
tan fofo
tan de piedra.



¿Habrá algún dios,
para Sí decía,
que, ante tanto rezo,
tanta súplica,
tanta avemaría
venida esperanzada
de tan lejos,
pueda hacer algo más,
ir más allá
de volverse más sombrío
cada día
tiznado por el humo del incienso?




lunes, octubre 07, 2013

domingo, julio 28, 2013

MAREAS MUERTAS

La foto es de Pablo Leis que en verano cambia su azotea por una playa en Sada y una lareira.


¿Y si un día, cansado, el mar nunca volviese
fatigado de remontar la orilla eternamente,
ese repecho de arena
repetido mil y un veces?

¿Y si el agua se escurriese
por entre el horizonte y los ocasos,
un mar en fuga persiguiendo
a la luna huidiza y casquivana

Y nos dejara varados, secos y salados
recubiertos de algas y desechos
como restos de un extraño
naufragio en retroceso,
un encallar inverso
en un arrecife con ansias homicidas
que nos acecha
oculto tras las dunas
de una playa de arenas movedizas,
emerge por sorpresa,
se abalanza sobre nosotros
y nos abre una vía
donde más daño hace?


domingo, junio 16, 2013

martes, abril 16, 2013

Limitaciones


Soy muy obediente.

A mí me trazas una línea continua en el suelo y no me atrevo a cruzarla así me maten. Me da igual que esté pintada en el carril de la carretera que ante la ventanilla del banco. Jamás me la salto sin permiso y no es la primera vez que en el banco me tiene que empujar el que está tras de mí en la cola para que me atiendan. Cuando voy al Prado, lo único que impide que haya pegado un moco en Las Meninas es ese cordón de tela que ponen ante los cuadros, porque lo que tengo de obediente lo tengo también de iconoclasta y mira que ese cordón invita a saltar la comba y a hacer el gamberrete. 

¿Pasarme de la raya? Jamás. Y no es que ande por la calle saltando las baldosas como hacía Jack Nicholson en una película. Es una cuestión de educación. Me ponen una barrera y la respeto, estoy dispuesto a pagar cualquier peaje con tal de que me levanten la valla. Llevo encima siempre el DNI, el pasaporte, la fe de bautismo, un certificado de penales y la prueba de la tuberculina por si me detienen en la aduana. Respeto religiosamente las fronteras. Soy incapaz de pasar nada de contrabando, orino antes de pasar el control de policía con tal de no infringir las normas y subir al avión portando líquidos. Declaro hasta la última piastra que llevo en la cartera en las hojitas que te da la azafata durante el vuelo y siempre que salgo del país me lubrico a conciencia previamente por si he de someterme a una inspección en profundidad en busca de explosivos, drogas o paletas ibéricas de estraperlo.

Y esto es aplicable también a los seres humanos. Cada cual tiene su espacio personal, íntimo, que jamás invado. Algunos marcan este territorio orinando por las esquinas, otros marcan límites dándote el alto con una mirada. Nunca osaría pisar esa área privada (los muy ricos tienen una hectárea privada) sin los papeles en regla. Sin el imprescindible salvoconducto. 
Y cuando me cruzo con alguien que es tan escrupuloso como yo a la hora de invadir la esfera del otro, la cosa resulta tan divertida como si te subes a los coches de choque y todo el mundo circula evitando las colisiones.


domingo, enero 13, 2013

Tsunamis de esperma


Seco. Estoy seco
Como quedan las playas
segundos antes de un tsunami.
El mar se retira
dejando al descubierto
todas las miserias del fondo
toda la basura que entre lodos
se acumulan en la orilla
sin que nadie lo sepa
sin que nadie las vea,

Y contemplas ese reflujo
y sientes que esa corriente
en retroceso
succiona de tu interior
todos los fluidos de tu cuerpo
el sudor, la sangre, el semen, las lágrimas
arrastrando en su resaca
todo lo que fuiste.

No hace falta mirar
la línea del horizonte
para saber que
la gran ola que llega
barrerá para siempre
de un solo golpe
todo tu mundo.

 

lunes, enero 07, 2013

La vida me pesa.


La foto es mía, el arte de otro


Al salir del peluquero sentí un pinchazo en la garganta. Me acerqué hasta el cirujano para que me quitara las amígdalas. No sirven para nada, un mero obstáculo al paso del aire, que de tanto en tanto, se inflama, se infecta y duele. Son un peso inútil, no cumplen función vital alguna, ni siquiera estética y, con razón o sin ella, siempre las he responsabilizado de mi mal aliento.
Puestos a pasar por el quirófano, le pedí al doctor que me recortase las orejas de soplillo que tanto me acomplejaron cuando era niño.
Si he de serme sincero... A ciertas edades, el pene y los testículos tampoco es que sirvan para mucho. ¡¡¡Fuera lastres!!!
Y últimamente camino tan poco que ¡¿para qué las piernas?!
La mano sin el pene tampoco es que tuviera mucho sentido: ¡Que me amputen la derecha! Y como el resultado quedaba un poco desequilibrado y disparejo mandé suprimir también  la izquierda para igualar.
Ahora el conjunto resultaba de mi agrado pero el peso de la desproporcionada cabeza me hacía caer una y otra vez. ¡Eliminada!
Estaba muy a gusto con mi nueva condición. pero como sentía que el simple roce del aire provocaba que  la piel se me irritara ordené que la arrancaran  a tiras

Habría conseguido alcanzar por fin la paz si no fuese por ese corazón  tan molesto haciendo ese ruido todo el rato y sin parar de moverse.



jueves, agosto 16, 2012

Cambalaches internos.


Soy ecléctico.

¡Ay, pobre!   dirá alguna.
¡A ti lo que te pasa es que no tienes criterio!   Dirán otros seguramente mejor informados.

El caso es que a mí me da lo mismo escuchar la 5ª de Beethoven y a continuación oír una canción de Miguel Bosé.
¡A ti lo que te pasa es que estás sordo!   dirán los melómanos más recalcitrantes.
En serio, disfruto con casi todo. Me gusta tanto la alta cocina como un bocata de calamares. No le hago ascos a leer un Mortadelo después de empacharme de Borges y lo mismo me pilláis disfrutando con "Las invasiones bárbaras" o Ciudadano Kane que con Jim Carrey haciendo muecas.
Y es que como de todo (aunque tengo cierta debilidad por el pollo asado), mi dieta es omnívora y procuro gozar cuanto puedo de todos los placeres que la vida pone a mi alcance (siempre que no se trate de comer o escuchar bacalao ni de sexo homosexual).

Lo malo es que cuando paso del plano de los gustos al de las ideas me hago un lío. No tengo claro del todo si soy un anarquista o un reaccionario. Un anticapitalista o un monetarista converso. Un nacionalista escéptico o un cínico centralista. Si soy un agnóstico furibundo, un ateo reciclado o un místico en horas bajas. Porque todo lo encuentro razonable y a todo encuentro pegas.  Se me equilibran y enredan las tesis con las antítesis sin alcanzar nunca una síntesis razonable por lo que nunca sé de que lado de la barricada ponerme.
Toda está zozobra me sume en un estado de perplejidad permanente (llamarlo estupidez sería mucho más preciso desde el punto de vista científico). Un asunto tan simple como decidir mi voto en una junta de vecinos me deja sumido en un debate interno agotador entre los pros y las contras de aprobar una derrama para arreglar la antena colectiva. Y tanta indecisión me tiene desgastao porque al final me abstengo, se aprueba la puta derrama y además de la congoja emocional que me generan mis indecisiones e incertidumbres, no hay manera de llegar a fin de mes


viernes, junio 29, 2012

BESTIARIO I - El hombre carcoma


Le gustaba ser carcoma en el corazón de las mujeres.
Roer y corroer con palabras de amor su carne palpitante.
Disfrutaba al resecar la víscera sangrante
al taladrar arterias y válvulas
para succionar los fluidos vitales
con sed de mil desiertos
hasta transformar lo vivo en fósil
 y dejar un resto de serrín por huella
 en el lugar del crimen.

lunes, mayo 14, 2012

Las risas muertas

En la peli "The man of the moon" Jim Carrey encarnaba a Andy Kaufman, un cómico excéntrico que ha inspirado, y mucho, a nuestro Joaquín Reyes. Cuando a Kaufman le proponen hacer "Taxi", una comedia de televisión, se muestra reticente porque los chistes de estos programas se acompañan con risas de lata y el muy paranoico afirmaba que en esas grabaciones apolilladas se escuchaba risa de gente que ya estaba muerta. Y eso le horrorizaba.

Siendo como soy comedido y flemático en la expresión de mis sentimientos, de una frialdad británica en el trato corto, impasible cual  japonés ante la contrariedad, siempre reflexivo y perplejo ante lo inesperado, no acabo de entender la manifestación desaforada de la hilaridad, la suelta desatada de los sentimientos, la pérdida incontrolada de la contención que lleva a algunos individuos (ante un suceso quizás cómico, como mucho gracioso) a inundarte la cara con perdigones de su saliva jocunda, a darte palmadas de colegueo en la espalda, a perder el control sobre la micción y los esfínteres. Ante un suceso así creo que un caballero debería de limitarse a alzar una ceja y una copa de Martini, como hacía James Bond.*
Por eso cuando leo jjjjjjjjjjjjh! que es risa pulgosa y contenida; o los jajajajaja que son risa franca y abierta, carcajada a mandibula batiente; los ¡je! que es risa descreída y excéptica, los jejeje que son risas sardónicas, taimadas y ladinas; los jijiji esa risilla hipocritilla, tan falsamente pudorosa; los jojojo** esa risotada oronda y apopléjica, o los jujuju que es risa glotona y descontrolada como asfixiada por unos labios gordos y grasientos y una servilleta de tela; o los irritantes LOL que tienen más de pedantez importada que de sofisticación cosmopolita...  no dejo de preguntarme cuanto tienen de falso, de complacencia aduladora o de exagerada exaltación  esas risas. No acabo de creerme esas risas, me suenan a risas de lata, a risas de gente muerta ¡Cuan muertas están las risas, como después de proferidas dan dolor! Y me pregunto cuanto de burla de mis debilidades y complejos hay en esas risas, y que poco de compasión solidaria con el dolor ajeno... Porque en este blog se sangra mucho, y cuanto más se sangra, más coña marinera.
Pero no os preocupéis que por mucho que pase por una clínica de cirugía estética, el payaso siempre se muere con la nariz bien gorda y bien roja.

Que otra cosa si no es el humor, transformar el dolor en bálsamo para el espíritu. De los otros.




* Es todo mentira. Se me saltan los mocos de la risa en los lugares más inapropiados como las bibliotecas públicas y los tanatorios.
** A diferencia de un sólo ¡jo! que no es risa sino melindre de niña caprichosa y consentida.

viernes, abril 13, 2012

Nadando en la ambulancia.


No quedan vasos limpios.
Sobre la encimera se apilan las copas llenas de líquidos de extraños colores: verde bilis, maracuyá maduro, violeta listerine, gristurbio y las gamas más sospechosas del marrón.
Hacen falta muchas colillas para llenar un vaso de sidra y sin embargo hay varios llenos.
No quedan vasos limpios. Ni uno.
Hoy he tenido que beber en un trofeo que gané: Subcampeón de brulé por equipos de la Universidad de Sausalito. La copa no era de plata, ni de alpaca. El tiempo reveló que era de algún plasticoide purpurinado. Su placa no es de plata ni de alpaca. Y hay tantas erratas en mi nombre que apenas me reconozco. Hice tan feliz a mi madre aquel día...
A veces creo que tengo demasiados vasos en mi casa. Que todo sería más sencillo si sólo tuviera uno. Al saber que era el único, al saber que era el último, lo lavaría siempre después de cada uso. Lo secaría con mimo y lo expondría refulgente en la vitrina.

Tengo demasiados libros.
Se apilan en las estanterías.
Cada vez me da más pereza abrirlos. Iniciar una expedición alpina desde el sofá hasta el anaquel
Ese ejercicio gimnástico, halterofílico, ese esfuerzo olímpico del pasar las páginas.
Mi biblioteca permanece intonsa, abarrotada de libros virginales. Once mil vírgenes por lo menos, ejemplares.
Tantas letras.
Echo de menos la biblioteca de mis padres. Una colección de literatura rusa a juego con el tresillo y dos novelas de Marcial Lafuente Estefanía que se cambiaban en el kiosko cada semana. Que riqueza en su escasez. Con una biblioteca así cualquiera lee.

Tengo demasiadas neuronas en la cabeza.
 Miles de millones.
¿Para qué tantas?
 Trato de acabar con ellas. Con alcohol, con drogas, con cirugías catódicas, acostándome a las tantas, las someto a un régimen intenso de hipoxia y apatía. Espero que algún día se suiciden en masa y abandonen mi cerebro despeñándose desde mi oreja como una manada de lemmings desesperados. Que quede sólo una.
Y un pensamiento único.
Para no dispersarse.



miércoles, marzo 28, 2012

ESTADOS ANÉ(Í)MICOS


Uno de los efectos perversos de la vida en el espacio es que se pierde hierro. No se sabe muy bien por qué ni por dónde; yo tengo una teoría y es que, cuando duermes, unos rumanos de Transilvania te roban la chatarra que llevas en la sangre para fundirla en un descampao.
Hice tiempo en la cafetería del hospital tomando una taza de tila. Comprobé con asco que el borde de mi taza estaba manchado con restos de carmín. Llegó mi turno. Cuando entré en  su gabinete la doctora Caligari  estaba enfrascada con una hoja de Excel tratando de completar un formulario para pedir unas cajas de vino. La bodega Masaveu, propietaria de la clínica, hacía una oferta especial a sus empleados. Se disculpó por el retraso de mi cita, se sentó en el despacho y sacó de mi expediente los resultados de mis análisis. Se calzó las gafas y escrutó concienzudamente el de orina.
--Según lo que aquí pone mea usted colonia. --Contempló al trasluz el frasquito con la muestra, lo olfateó--  ¡Enhorabuena! Chanel 5 para ser más exactos.
--Veamos que dice el análisis de sangre  --dijo, mientras se untaba con dos gotitas del frasco los lóbulos de las orejas.
--¡Hmm! Parece que tiene usted una anemia ferropénica.
Mis encerados oídos entendieron "putapénica".
--Tendremos que hacer una exploración.
Mi encendida imaginación se disparó y transformó aquella bata blanca en un uniforme caqui de marca (de los que lo marcan todo vamos), la doctora y yo tocados con salakofs atravesábamos la selva a golpe de machete en busca de las minas del Rey Masaveu.
--Le voy a dar un volante para una endoscopia y una colonoscopia...
Mi escenario mental cambió la selva por un parque temático ubicado en las Ramblas de Barcelona, la doctora era ahora una guía cachonda que me mostraba la estatua del descubridor que señala con un brazo erecto la ruta de las Américas.
En cuanto la doctora me explicó que Colonoscopia no es una ruta panorámica para conocer la estatua de Colón, el brazo del Almirante de la Mar Océana adquirió una repentina flacidez. A medida que me sacaba de mi error mis ojos se iban abriendo como platos mientras que mi ojete se iba cerrando cada vez más con cada detalle de la intervención.
Me acompañó hasta la puerta del despacho.
--Mire, esa es la sonda que vamos a utilizar.
Por el pasillo salían unos enfermeros con las gomas que utilizaban, puedo decir que los cables submarinos que usa la Telefónica me parecieron más finitos y cortos. Aquellos hombres me recordaron a dos naturalistas del Orinoco portando sobre los hombros una gigantesca anaconda negra. Le pregunté angustiado si las gomas eran de un solo uso. La doctora trató de tranquilizarme contándome que esas mangueras se esterilizan entre paciente y paciente. O sea,  en el siglo XXI aún no hemos encontrado algo capaz de limpiar en condiciones las manchas de pintalabios de la porcelana de una taza de café  y ella intentaba camelarme con que unos funcionarios iban a conseguir limpiar aquellas siniestras gomas de toda la bazofia  que se les iba a adherir en veinte mil leguas de viaje subintestino. Y digo yo, ya puestos, no sería menos humillante utilizar un par de metros más de sonda oral y cuando la cámara atisbase la luz al final del túnel emprendiese una marcha atrás menos humillante. Toda retirada a tiempo es una victoria.
Me despidió. Al final del pasillo entregué un volante tembloroso con aquellas dos palabras funestas a la auxiliar que coordinaba la agenda  de  citas. Me dio unas hojas de instrucciones para el preoperatorio.
--El día antes tiene que ayunar.
--Y ¿ no tengo que tomar un par de medicamentos tambiénnnnnnn?
--Noooó, eso sería si tuviera que hacer una colonoscopia.
--Pero ¡si es lo que pone en el volante!
--¡Ay! Es verdad, ¡Que tonta! Menos mal que me lo ha dicho. No olvide tomar los laxantes el día antes-- Y me cambió la hoja de instrucciones sin inmutarse.
Comprobé con esto que, en un gesto democrático, la oferta de las cajas de vino Masaveu la habían extendido a todo el personal de la clínica. Fijó la hora de las pruebas para el mediodía del 29 de Marzo.
29 de Marzo, 29 de Marzo, ¿de qué me sonaba ese día? --Creo que no tengo nada que hacer. OK, el 29 de Marzo.
                                                  *                    *                  *
                           
Laxante en ayunas no es mi coctail favorito. La víspera de la intervención tuve una pesadilla. Soñé que el anestesista me inyectaba un líquido en las venas. Me invadía una sensación tan placentera que le dije al anestesista que si sobraba algo me lo metiera en un tupper. El doctor Siesta me dijo que se lo reservaba para él que esa noche tenía cena con cuñados.
Cuando el sedante me hizo efecto me quedé dormido, pero, como en un viaje astral, me fugué  de mi cuerpo y pude darme cuenta de todo lo que pasaba. Pero todo lo que ví en aquella experiencia extracorporal me pareció tan surrealista como si aún estuviera dormido; como en un sueño, dentro de un sueño, dentro de un sueño, en una especie de "matrioska" onírica.
La doctora Caligari embozada, enfundada en una bata verde y un par de guantes criminales, ordenó con voz tamizada:
--¡Arriba el periscopio! ¡Torpedos Uno y Dos preparados! ¡Fuego al Uno! ¡Introduzcan la endoscopia!
Me habían colocado un mordedor plástico como de bebé, con un agujero en medio, pero lo que hicieron conmigo no era  un espectáculo para todos los públicos, lo de "Garganta Profunda" no pasó de un besito superficial comparado con lo que yo tuve que tragar.
La doctora, con satisfacción sádica ordenó:
--¡Separador!
Un negrazo de manos enormes abrió las alas de mi bata de pedolibre y me separó las nalgas.
--Ahora viene lo bueno --exclamó la galena- Cruzó los guantes, hizo restallar los dedos y empuñó el extremo de aquella pitón negra. El enfermero negro se relamía luchando contra mis cachetes que se empeñaban en contraerse en un esfuerzo inútil de resistencia. Algo se revolvió en el interior de sus pantalones como si su propia mamba negra esperase a que le tocara su turno.
La Caligari me clavó aquel estoque inhumano. Fue una estocada certera, profunda y con mucha muerte.
Desde el techo del quirófano mi yo extracorporal contempló la escena de la pérdida de mi virginidad con lágrimas en los ojos ¡Qué ultraje! Sin un besito siquiera con el que aliviar el trance.
La doctora, de repente, se percató de algo. Se dió una palmada que reventó la bombilla que tenía en la frente:
-¡Hemos olvidado la vaselina!
-Doctora, el ministerio nos recortó la vaselina como un gasto superfluo. El que quiera vaselina que venga engrasao de casa.
Mientras repasaba mentalmente todo el árbol genealógico de la ministra ciscándome en sus muertos concluí que Mato no es buen apellido para una Ministra de Sanidad. En esas estaba, espetado por los dos extremos, convertido en un kebab humano, cuando unos obreros con mono azul, casco y un megáfono irrumpieron en el quirófano.
--¡LA HUELGA GENERAL, ES FENOMENAL! (la lírica de los slogans sindicaleros  va más en la línea de Meccano que en la de Leonard Cohen)
El piquete rodeó al equipo médico.
--Tienen que desalojar el hospital. No ven que estamos en huelga.
--Y ahora que hacemos --les preguntó la cirujana.
--Si quieren vengan con nosotros a comer,  -invitó el jefe del piquete-- tenemos reservado una fabada en un restaurante que queda aquí al lado. Anímense que paga el sindicato.
--Pero los del restaurante no estarán de huelga...
--Doctora, ¡¡¡¿¿¿ Está usted tonta o qué???!!!
Les vi alejarse cruzando la batiente puerta del quirófano. Antes de salir el sindicalista cogió una botella de cava Masaveu que estaba enfriando en una cubeta de hielo quirúrgico, la tenían alli para celebrar el éxito de las operaciones y como motivación para cirujanos pusilánimes. Con la mano libre agarró por la cintura a la doctora y le susurró al oído: "Presiento  que este será el comienzo de una gran amistad."
Allí me quedé, sólo, empalado y abandonado sobre la mesa de operaciones. Bueno, solo no. Un piquetero rezagado y curioso se puso a juguetear con el instrumental. Cogió las palas de desfibrilar y me las aplicó en el pecho. Subió el potenciómetro al máximo y apretó el gatillo.
Me desperté de un brinco, doblado por el dolor y con el pijama empapado de tres fluidos distintos.Todos mis yos se volvieron a fundir en uno solo y recuperé la consciencia.
                                                *                          *                          *
No sé si serán el Gobierno, la patronal, los piquetes sindicales o un grupo de terroristas enmascarados con un gorrito verde, pero lo que está claro es que  el día 29  no me libra nadie de que me den por el culo.

miércoles, enero 18, 2012

domingo, octubre 09, 2011

amor,amor,amor,amor,amor...


<< ...yo soy de esa generación en la que si tus padres te decían "te quiero" es porque o se iban a morir ellos o te ibas a morir tú.>>
Esto escribía la semana pasada Elvira Lindo y me identifiqué por completo. Fuimos educados en el pudor del sentimiento, en la expresión contenida de los afectos. No vamos aquí a presumir de una infancia desgraciada tipo Oliver Twist, todo lo contrario, pero es verdad que aprendimos a controlar la expresión de las emociones con la contención de un japonés reprimido. El amor, en casa, se manifestaba en silencio, con gestos imperceptibles; con acciones puede, con palabras jamás.
Aprendimos que el único dolor manifestable es el físico, que los otros dolores son fruto del capricho y la fantasía de seres blandengues. Que el corazón sólo interesa como víscera. Que las cosas que uno siente en su interior deben permanecer ocultas, calladas y que si las dejamos escapar deberíamos avergonzarnos como cuando nos suenan las tripas.

Con una educación sentimental semejante ¿cómo nos ha ido en la vida? En la adolescencia, fascinado por Albert Camus, en cuanto tuve novia no pude evitar soltarle aquella frase de "El extranjero": Je t'aime, ça ne veut rien dire. Mi novia como es natural gritó: --¡¿Loqué?! --y, como es lógico, aquella noche no dormí caliente.
Pessoa nos reafirmaba en nuestras convicciones cuando lo leíamos literalmente:
Todas as cartas de amor são
Ridículas.
Não seriam cartas de amor se não fossem
Ridículas.

Também escrevi em meu tempo cartas de amor,
Como as outras,
Ridículas.
As cartas de amor, se há amor,
Têm de ser
Ridículas.

Debíamos de estar en lo cierto porque hasta en Francia y en Portugal nos daban la razón.
La banda sonora de aquellos años la ponían canciones más cínicas todavía: je t'aime, moi non plus. Y nosotros que habíamos mamado lo de no soltar un tequiero, abrazamos las nuevas consignas de amor descreído como conversos fanáticos de una nueva religión. Resulta una paradoja que abandonamos el catolicismo por represor y castrante pero nuestra nueva ideología nos condenaba a la castidad de forma indirecta; las chicas siempre castigaron como es debido tanta falta de romanticismo.
A mi generación ( y a mi clase social) siempre nos resultaba un tanto chocante la excesiva afectuosidad de la alta sociedad, con tanto besuqueo en las presentaciones,  tanto abrazote cordial entre hombres, tanto darling, tanto cielomío y tanto fingimiento.
Al final claudicamos y descubrimos que, si querías mojar, tenías que enterrar todo lo que te habían enseñado. Cuando Renato Carosone empezó a cantar: Me cago en el amor, ya no le hicimos ni puto caso entretenidos como estábamos en desabrochar un sujetador mientras susurrábamos al oido todas las mentiras de amor que eramos capaces de pergeñar. Decidimos abandonar nuestra frialdad nipona y lanzarnos en tromba a disfrutar del amor y dejarnos de zarandajas, comprobamos la rentabilidad afectiva de los tequieros fueran más o menos ciertos, y nuestra vanidad también gozó lo suyo al escucharlos de labios del otro.
El problema es que, ahora, con tanto lío, además de mostrarnos tímidos, temerosos y timoratos a la hora de decirle a una persona  que la queremos, somos aún más cobardes, cobardones y cobardicas a la hora de decirle que hemos dejado de quererla.

Pero hoy me he levantado más japonés y pudoroso que nunca, por eso no os contaré nada de la desesperante soledad que me gangrena el alma. Eso lo escribirá ese otro que, de vez en cuando, coge la pluma y me suplanta.

jueves, marzo 08, 2007

ESTRAPERLO

Aproveché que te levantaste
hoy, tú primero
para saltar las aduanas de este lecho
e invadir tu vedado territorio
y allí apurar, furtivo,
los rescoldos del calor
que en el colchón dejó tu cuerpo,
el rastro de tu olor entre las sábanas
y el hueco de tu sueño en nuestra almohada.




La foto es de la lúcida Jayjuice

domingo, febrero 18, 2007

POTINGUES



Con todos los productos químicos que se apilan en mi cuarto de baño se podría fabricar una bomba atómica.
O combinarlos y engendrar nuevas formas de vida animal.
El futuro de la Humanidad depende del humor con que me despierte mañana por la mañana.



Sozzap os invita a compartir una de sus flemas…, perdón, quise decir unas soflamas revolucionarias ( desde Navidad mi oído ya no es el que era) Paciencia, tarda un poco en cargar pero merece la pena.




jueves, septiembre 28, 2006

COMPLEJO DE CASTRACIÓN


Algunos varones en su desarrollo atraviesan diversas etapas de inseguridad cuestionando permanentemente su propia virilidad.
Teme este tipo de hombre en su infancia que nunca llegará el día en que el vello le salga. Cuando alcanza la ansiada pubertad, no lo tranquiliza el estar cubierto de rizos estropajosos; cubierto de granos se siente incapaz de seducir a nadie y piensa que jamás logrará conquistar una chica que consienta besarlo.
Logrado este objetivo considerará tarea imposible la pérdida de la virginidad y concebirá durante un tiempo la copulación como un ejercicio técnicamente complejo para el que no se siente dotado.
Tras la comprobación empírica de que la mecánica del sexo es simplemente una cuestión de ángulos, momentos y fuerzas y tras pasar por los titubeos, torpezas y traumas de las primeras experiencias, pasará una fase, eso sí breve, dominado por el pánico, creyendo que dejará embarazada con sólo estornudar a cualquier mujer que resida en su misma ciudad; por aquel tiempo consumirá por pares los preservativos.
Traspasará el motivo de su desasosiego y cuestionará su hombría por el hecho de que su precoz eyaculación impida alcanzar el orgasmo a sus parejas. Cuando consigue moderar el ímpetu juvenil, no le tranquiliza ya que sus parejas gocen, considera que, a estas alturas, su infertilidad manifiesta, demuestra claramente su esterilidad.
Cuando acuna entre sus brazos a su primer hijo, duda; dudará también con el segundo, y con el enésimo, de su paternidad; y recelará de cualquier rasgo, gesto, o acción del bebé que le resulte extraño a él, pero familiar en el rostro de un conocido. Ya puede nacer la criatura con sus mismos lunares, remolinos, hoyuelos y taras genéticas que su corazón albergará por siempre la sospecha de incubar un cuco.
Fruto de tanto recelo será abandonado y se sentirá incapaz de rehacer su vida. No tardará en casarse… varias veces más.
Pasa así el tiempo del hombre de eyaculación en angustia, cuando el cuerpo le da las primeras señales de declive. Temerá entonces que el último polvo será en verdad el último. Atenaza su vida el fantasma de la impotencia y buscará en carne fresca reavivar su carne muerta.
Hasta que un día le sorprende la muerte y le confirma de una vez todas sus aprensiones.