domingo, julio 19, 2015

POR LA REBAJA DE LA EDAD PENAL
FIRMA LA PETICIÓN 


Los dos niños no mostraron la menor muestra de arrepentimiento por la atrocidad del terrible crimen cometido.
Cuando los localizaron mostraban una excitación rayana con la euforia. Sus respuestas a policías y periodistas reflejaban una total insensibilidad a la hora de relatar los crueles tormentos  que hicieron padecer a la anciana.
Ni el menor gesto de piedad asomó a sus rostros infantiles. Declararon no haberse inmutado con los alaridos desesperados de la mujer y que no hicieron nada por socorrerla, es más, avivaron el fuego y no se quedaron tranquilos hasta comprobar que su cadáver había quedado totalmente  calcinado.
Hansel y Gretel pasarán esta misma tarde a disposición del Tribunal de Menores.

domingo, junio 14, 2015

EL BÁLSAMO DE TIGRE


Me curo los resfriados con un ungüento a base de semen de tigre. Me unto un poquito de ese bálsamo bajo la nariz y  mis vías respiratorias, los bronquios y hasta el último de mis alveólos se despliegan con la elegancia de las velas de una fragata con el viento en popa.

Cada primavera un monje budista se adentra en lo más hondo del bosque. Con paso decidido se abre paso entre la espesura y camina en espiral hasta ser localizado por el tigre. Sabe que cada gota de sudor atraerá como un imán a la bestia y por eso acelerará el paso con tal de sudar un poquito más. 
En cuanto siente unas sigilosas zarpas aplastar la hierba a sus espaldas se quedará quieto. Escuchará como las cuatro patas se detienen a la distancia de un salto. De un salto de tigre. 
Se girará despacito, con esa lentitud que se perfecciona en los conventos a base de mucho repetir, mucho capón de sacerdote y mucho quedarse castigado a fregar de rodillas los suelos del lamasterio. Esa lentitud engaña al certero ojo del tigre y no le permite distinguir el movimiento de la quietud. Cuando se cruzan las miradas, el pequeño aprendiz de lama tendrá que borrar todo temblor de sus pupilas y escudriñar en el fondo de dos espejos negros el tesoro de la mansedumbre. Cualquier duda, cualquier error en el aprendizaje y el monasterio no volverá a escuchar el suave rozar de sus sandalias contra el empedrado.

El niño se arrodilla con las manos juntas ante el pecho. Sus párpados acarician el cerebro del tigre. Lo adormecen y lo arrastran hasta el tiempo anterior a su primer crimen, cuando los dientes sólo servían para jugar con los otros cachorros de la camada. El novicio interrumpirá la oración y desplegará uno de sus brazos que se internará en la selva anaranjada y oscura que puebla los ijares de la bestia. Los dedos se abrirán paso entre las peligrosas franjas de la simetría del tigre. Se detendrán sus dedos  donde el pelaje clarea y el impetuoso pulso de la bestia bate con más fuerza. La mano acaricia la creciente dureza que se abre paso entre las tibias carnes. El ritmo requerido lo había aprendido por si mismo en los dormitorios, una destreza natural, adquirida sin necesidad de capones ni castigos.  Cuando toda la tensión de la fiera se concentren en un solo punto y la rigidez alcance la temperatura de un hierro candente arrimará una jícara para recibir el disparo de una lluvia intermitente.
Aprovechará la somnolencia de la fiera para erguirse, realizar una reverencia acelerada y desandar lo andado con mucho cuidado de no romper la cántara.

Ya en el convento los monjes condensarán aquella leche; le añadirán un fermento secreto a base de Vicksvaporub y luego los envasarán en unas latitas como las de NIVEA pero rojas, con un tigre y un dragón haciéndose cucamonas en la cara A. Son del tamaño de un euro. Cerrarán el botecillo con saña y una maldición (que Buda sólo hay uno pero demonios hay muchos) para que así, las torpes manos de un occidental, no puedan abrirlas nunca. Sólo los elegidos que consiguen destapar el tarro de las esencias tendrán remedio a todos sus males. 


martes, mayo 05, 2015

Un poquito de ingobernabilidad, por favor.

La incertidumbre ante el próximo resultado electoral trae sin dormir a más de uno. La aparente igualdad entre varias de las opciones podría dar lugar a un escenario inédito en nuestra historia democrática. Sin mayorías claras las distintas fuerzas parecen abocadas a un largo periodo de debates en busca de coaliciones naturales o contranatura que permitan la formación de un gobierno. Nuestros políticos no saben lo que es el diálogo y frente a esa perspectiva están más aterrados que Chewbaca ante la Epilady.

De un tiempo a esta parte oigo voces (en mi cabeza no, en mi cabeza las oigo siempre). Se oyen voces, decía, reclamando una reforma electoral a doble vuelta que favorezca, aún más, a los partidos mayoritarios. Una especie de cara y cruz electoral que facilite la tarea al memo del votante no se vaya a liar con tanta papeleta y tanto colorín. Y todo porque parten del dogma inamovible de que la ingobernabilidad es lo peor que le puede pasar a un país.

¡FALSO! No recuerdo un mes en que funcione mejor este país que en Agosto, coincidiendo con el periodo en que el Gobierno está de vacaciones: El paro baja, las urgencias de los hospitales se descongestionan, mejora nuestra balanza de pagos, la siniestralidad y conflictividad laboral disminuyen y todo el personal anda más relajadito y hasta con mejor color. 

Recuerdo los momentos de transición entre el gobierno de un color y el que lo sucede como un remanso de paz y prosperidad inigualable. Añoro esos periodos en que los políticos no se dedican a legislar medidas tan trascendentes como el tamaño de la palabra Villaviciosa en una botella de sidra. Durante esos breves ratitos la maquinaria de la Administración funciona más engrasada que nunca porque los funcionarios, a poco que dejen de interferir en su trabajo, cumplen con su tarea a las mil maravillas. Estoy acordándome de una empleada de Educación, Inés, que sobrevivió en su puesto a todo tipo de gobiernos. Tú podías cambiar al Ministro del ramo, al Consejero de turno, al mismísimo Rey, que la cosa de los profesores seguía funcionando; pillaba Inés dos días de baja por un catarro y el informe Pisa nos mandaba a tomar por saco.

Incluso los políticos funcionan mejor sin los políticos, sin sus disciplinas de voto, sin sus comités sancionadores persiguiendo cualquier heterodoxia. Tú a un político lo dejas ir por libre y estoy convencido de que hasta es capaz de hacer algo. Y algunos, hasta algo bueno.

Bienvenidos sean estos tiempos de ingobernabilidad. Y a ser posible que duren.

miércoles, abril 22, 2015

MIEDO ESCÉNICO

Solo. En mitad de la escena.

Sintió el insoportable peso de todas aquellas pupilas al clavarse en su piel como dardos envenenados. Había demasiados focos encendidos, apuntándole, con esa luz cruda que te abrasa tanto que hace imposible el menor pensamiento.
Entornó los ojos. A través de aquella rendija enrejada de pestañas pudo vislumbrar a unos pocos parientes sentados en las primeras filas. Se diría que estaban arrepentidos de haber aceptado sus invitaciones. Se encogían en sus asientos de privilegio y parecían  avergonzarse de su actuación, silenciosos, taciturnos, con unas ganas terribles de que acabara todo, cumplir con el compromiso y largarse a casa. Sentado junto a sus padres, el reverendo lo miraba fijamente con rostro severo. Recordaba como de pequeño lo sermoneaba cuando ensayaban las funciones de la parroquia: "Tienes que aprender a transformar cada uno de tus fracasos en un éxito".

Había demasiada luz. Los medios de comunicación habían desplazado varias cámaras y, entre las butacas pudo reconocer a varios de los periodistas que le habían entrevistado durante la semana. Sabía que la simpatía que le habían demostrado era fingida y que se disponían a afilar sus plumas carroñeras para destriparle..
En un lugar de honor se sentaban algunas autoridades a las que no reconoció pues jamás habia tenido el menor interés por la política. Curiosos, apasionados de la tragedia, algún admirador alucinado, despistados, ociosos, gente del gremio, unos pocos artistas y famosillos que se habían hecho selfies con él para autopromocionarse, completaban el aforo.
Sintió todo el odio de aquel público hostil. Buscó en vano un rostro amigo entre la multitud. Se dio cuenta de que habían venido a verlo derrumbarse, a contemplar su último fracaso.  La responsabilidad lo abrumaba. Tembló. Sus piernas flojearon.
Había repetido aquel discurso una y mil veces. No sólo había memorizado cada una de aquellas palabras sino que había aprendido a modular cada sílaba, a arrancar de cada sonido todos los matices capaces de emocionar a aquella audiencia hasta grabar en sus espíritus una huella imborrable que inmortalizase el recuerdo de aquella noche única. Pero las palabras son traidoras y  la garganta se secó como si su boca en lugar de producir saliva sólo segregara arena seca. Los músculos se encogieron acalambrados. Incapaz de moverse cerró los ojos. El calor era sofocante. El sudor corría, tibio y pastoso por las sienes, helado por la espalda. Se desplomó.

Hubo que suspender la ejecución. El reo acababa de sufrir un ataque de miedo escénico.

domingo, abril 12, 2015

Mis cuatro sentidos


De pequeño me metí un garbanzo por el oído izquierdo.
El otorrino se empecinó hasta extraerlo desde el oído derecho.
Eso explica muchas cosas.

miércoles, abril 08, 2015

LOS ANDRÓFAGOS


--"... más allá están los Andrófagos, un pueblo aparte, y después viene el desierto total..." Heródoto, IV,18

--¿Has visto alguna vez a los andrófagos, Herodoto?

--Nadie ha vuelto vivo jamás de la tierra de los andrófagos. No conocen la piedad. Ese pueblo devora a todo aquel que osa poner un pie en su tierra. Cualquier hombre que se atreva a cruzar su país para intentar alcanzar el desierto será despedazado y comerán su cuerpo mientras su sangre aún está  fresca y sus miembros todavía se mueven. Son tan voraces que sus víctimas pueden oír como roen sus huesos, tronzan sus costillas y sorben sus médulas porque las mantienen vivas hasta el último estertor.

--¿Y cómo es ese desierto que se extiende más allá de su territorio?

--Un arenal yermo donde nada vive. Es tan enorme que cualquier hombre que se acercase a su borde enloquecería atraído por su  vacía inmensidad. Se adentraría en el laberinto de dunas sin poder retener sus pies, perdido para siempre. En medio de esa soledad infinita, el sol, el viento y la sal se conjurarían para torturar y calcinar su alma con tanta crueldad que se arrepentiría de no haber sido devorado.

--¿Son los andrófagos, pues, los guardianes del desierto?

--Sí, ellos nos protegen de la eternidad de su horror. Marcan la frontera que el hombre jamás debe atravesar. Su ferocidad nos salvaguarda y la fama de su violencia nos mantiene alejados del Mal Supremo.

--¿Están muy lejos esas tierras?

--No, cada día están más cerca.

--¿Por qué?

--Porque cuanto más crezca el miedo, más grande se hará el desierto.


domingo, marzo 01, 2015

LOS HERMANOS MALASOMBRA


La maldad de los yihadistas es una maldad falsa, impostada (lo que no quita para que sean unos auténticos hijos  de puta).
Su barbarie es teatral, siempre con un ojo puesto a la galería, al contador de visitas del youtube. Son los jackass del terrorismo, la estupidez, la gomadós, el sadismo de cimitarra y burka, la soberbia de la sinrazón  hecha espectáculo de masas.
La indiferencia de los medios de comunicación, la censura absoluta de cada uno de sus actos de propaganda, denunciar y bloquear a sus fuentes de financiación  es la única respuesta sensata que puede dar el mundo civilizado.
Eso, e irlos matando uno a uno y en silencio.

sábado, febrero 28, 2015

LA VECINA

LA VECINA


En cuanto escuchó el ruido del ascensor se abalanzó hacia la puerta. Los últimos pasos los dio de puntillas, eso sí. Contuvo el aliento. Giró la tapita con la delicadeza de quien pone en hora a un reloj imaginario. Aplastó su mejilla contra la madera, movió ligeramente la cabeza en su afán por alcanzar el mayor ángulo de visión posible a través de la mirilla.
Ellos salieron del ascensor abrazados, haciéndose cosquillas. La chica se retorcía y logró a duras penas meter la llave en la cerradura. Él la metió en casa con un simpático golpe de pelvis y cerraron la casa de un portazo que ahogó sus carcajadas.

Tras el golpe, el silencio. Aguzó el oído. Nada. Ni un murmullo. 
Se descalzó para sentir en el suelo la mínima vibración de los zapatos al caerse, de la ropa abandonada con prisa sobre el suelo. Tocó el marco de la puerta para notar las embestidas de los amantes cruzando torpes el pasillo, ebrios de pasión. Sólo percibió el propio pulso de sus dedos.
Se acercó al tabique que la separaba del tórrido dormitorio. Intuyó los golpes rítmicos del cabecero. Intuyó, sólo intuyó. Pegó la oreja y estuvo a poco de arañarse de tanto arrastrarla de un lado a otro del gotelé, a la caza de un jadeo descontrolado, de un gemido, de un estertor de placer, de un miserable eco de amor que llevarse a su vientre yermo. 
Buscó un vaso en la cocina, aquel ardid sólo le devolvió un decepcionante rumor de caracola. 

Las paredes oyen, sí, pero la suya estaba sorda como una tapia.

miércoles, febrero 18, 2015

EL CHISPAZO

Espero que sabréis dispensar el tono meláncolico y teñido de nostalgia de estas semanas del mismo modo que nos mostramos indulgentes con la euforia desbocada y un tanto chusca de la gente cuando celebra que les ha tocado el gordo de la Lotería.



El pluriempleo era algo tan habitual en los años 60 que, por aquel entonces, lo que ahora llamamos conciliación familiar consistía en tratar de convencer al jefe para poder salir un poquito antes y así poder llegar a tiempo a la segunda o tercera ocupación habitual con las que completar el exiguo jornal.
Como ya os conté en alguna ocasión, mi padre simultaneaba su oficio de militar con otras muchas tareas; durante muchos años se sacaba un sobresueldo con el arreglo de televisores.
Siempre estaba rodeado de trastes: resistencias como hormigas de lomos cebrados, condensadores y transformadores pesadísimos, lámparas preciosas de multiples patitas y rematadas con un final picudo y plateado, cubetas de líquidos corrosivos y malolientes que deshacían como por arte de magia los circuitos integrados. La luz mortecina de un flexo y el humo acre del soldador envolvían todo aquello con una penumbra mística mientras las gotitas de estaño que iban cayendo formaban a sus pies un firmamento de espejitos estrellados. Un caos de herramientas y cables enredados, de máquinas de precisión de funcionamiento hermético y divertido; el polímetro con su aguja ultrafina midiendo la tensión de aquellos Frankenstein de hojalata que se resistían a recobrar la vida, el osciloscopio con sus coordenadas de luz tan misteriosas y sus bip bip tan irritantes.

Por aquel tiempo los fabricantes no habían oído hablar todavía de la obsolescencia programada pero aquellos viejos televisores tenían un defecto; con el tiempo el fósforo de la pantalla sufría un desgaste progresivo que hacía que las imágenes iban poco a poco perdiendo nitidez. Cuando apagabas el aparato la imagen se desvanecía desde los márgenes hasta el centro formando un punto de luz que tardaba en desaparecer. La avería era grave, obligaba a cambiar el tubo de rayos catódicos que era el elemento más caro del aparato y, como en aquella época nadie tiraba nada, la reparación era costosa.

Mi padre y su socio descubrieron que, si aplicabas una descarga de miles de voltios en el tubo, se producía una especie de milagro que sus escasos conocimientos de física no alcanzaban a explicar; el fósforo de la pantalla parecía rejuvenecer con la descarga y las imágenes parecían recobrar la luminosidad del primer día. La solución, como muchas de las cosas de mi padre, era un poco chapucera y un tanto temporal; al cabo de unas meses el efecto se iba perdiendo y las imágenes volvían a ser tan difusas como antes, pero al menos sus clientes habían disfrutado de telediarios y estudios uno durante varios meses más.

El año pasado mi padre ingresó en urgencias y entró en parada. Cuando nos dejaron pasar a la UCI un amasijo de cables y tubos salían de su cuerpo. Tumbado en la camilla estaba conectado a un montón de máquinas que me recordaron aquellos osciloscopios. El tiempo se me hacía eterno mientras miraba para ellos y tampoco esta vez comprendía nada de lo que sus números me querían decir. Me alarmaba cuando las cifras de aquellos monitores parecían dispararse tratando de, con el poder de mi mente, forzarles a recuperar lo que mi ignorancia pretendía que era un rango normal. Me devanaba los sesos tratando de interpretar cual de aquellos marcadores se correspondía con su ritmo cardíaco y cual con la oxigenación de la sangre sin saber si era mejor que subieran o que bajaran. Cuando aquel bip bip se disparaba se me encogía el corazón, en aquellos momentos solo la aparente indiferencia de los enfermeros ante la estridente alarma lograba tranquilizarme un poco, no del todo. Temía que en cualquier momento todas aquellas pantallas se fundirían en un punto final fosforescente acompañadas por un pitido continuo y letal.

El doctor, con gesto serio y un inquietante y negativo vaivén de la cabeza nos explicaba de un modo rudo y más bien poco técnico: "¡Cómo quieres que esté, tuvimos que darle chispazo, joder!" Contra todo pronóstico, después de aquella descarga de cientos de voltios, mi padre se recuperó ante la incredulidad de médicos y enfermeros, y nos regaló unos cuantos meses de una existencia eso sí, cada vez más difusa y desvaída. Una prórroga que disfrutamos como se disfrutan las prórrogas: con mucha emoción y el corazón encogido.

¡Lástima que los arreglos de mi padre hayan sido siempre temporales y un tanto chapuceros!


lunes, febrero 02, 2015

EL TUERTO ES EL REY



¿Por qué es tan sensual la mirada de un tuerto? ¿Por qué la venda que cruza su rostro se convierte en la lencería más erótica que existe? ¿Por qué nos perturban tanto la asimetría de esos rostros cuyo ojo único nos clava el dardo de su pupila en lo más hondo y sensible de nuestra alma.

Vamos a obviar la respuesta chusca (¿un agujero más?), por una vez no vamos a caer en la broma gruesa y facilona.

La energía de los mutilados es poderosa. Una Victoria de Samotracia con cabeza perdería ese empuje hacia adelante, ese despliegue de potencia arrolladora. Una Venus de Milo con brazos malograría parte de su manca belleza inmaculada. Nos fascina el dolor fantasma, el aura que desprenden los miembros perdidos, la morbosa carne tajada, la vida sesgada se precipita por el abismo de los muñones.

Atraía como un imán la singular belleza de la princesa de Éboli en el pasado, tanto, como el bello rostro de la infortunada María de Villota en nuestro más reciente presente. La vida les ha trazado la rúbrica del drama en mitad de la cara pero con tan admirable caligrafía que nos deslumbra su misterio y su fortaleza interior. El parche  es una medalla negra que cuelga de las frentes aventureras de los piratas y condecora la bravura de los toreros.  Nos seduce el drama cuando roza la leyenda.

La belleza quizás radica en encontrar la asimetría en lo que debería ser parejo. Nos fascinan los bicolores ojos de la diosa Nefertiti o del dios Bowie, los bizcos dan mejor en pantalla porque son más fotogénicos. 
La asimetría puede ser más letal que la peligrosa simetría del tigre de la que tanto hablaron Borges y el divino Willian Blake.


sábado, enero 24, 2015

Pacto con la Muerte


Cuando era pequeño la Muerte era una cosa lejana, ajena.

Los muertos eran gentes de otras casas, las personas se morían a distancia; la mayor parte de las veces la noticia me llegaba a través del filtro de la televisión o de la prensa. O era un pariente remoto y desconocido cuyo rostro se desdibujaba en nuestra memoria. No había dolor, todo lo más una tristeza pasajera.

La Muerte me respetó durante tantos años que desarrollé un extraño pensamiento supersticioso: todo aquel que conocía no se moriría nunca y si pasaba era porque me había olvidado de ellos.
Por eso, sobre todo antes de dormir, repasaba interminables listas de seres queridos para librarles de un olvido que podría llevar aparejada una sentencia capital. Con este conjuro infantil mantenía a raya a la huesuda y no le permitía acercarse a mi casa.

El sortilegio funcionó durante muchos años. Para mi sorpresa, de tanto en tanto, la Muerte rompía con las reglas del juego que yo (pequeño e ingenuo aprendiz de brujo y de tirano) le había dictado, y me arrebataba alguien cada vez más cercano. Al dolor creciente se unía la estupefacción y la ira ante  el pacto roto. Y me atormentaba un sentimiento de culpa porque no había pensado lo suficiente en ese ser (ese ser que ya no era); no me había concentrado en él lo bastante para salvarlo de las insaciables garras de la Parca.


Los buitres vuelan cada vez en círculos más cerrados. Y tengo mucho miedo.

Ahora os dejo, que tengo bastante que pelear con esta traidora hijadeputa que se empeña en robarme lo que aún no es suyo.


viernes, enero 02, 2015

miércoles, diciembre 10, 2014

Crimen pasional


Tengo un carácter difícil, impetuoso. 
Reconozco que mi temperamento irracional me pierde, me ciego y pierdo los nervios con facilidad, pero es que él me puteó desde el primer momento. 
Cuando lo conocí yo no sabía dónde me había metido aunque supe de inmediato que, tarde o temprano, íbamos a chocar. Pese a que cualquiera con dos ojos en la cara se daría cuenta al instante de que aquel tipo feo y flaco era un individuo ridículo no pude evitar fijarme en él, y ésa iba a ser mi perdición. Lo seguí a todas partes. Siempre se burlaba de mí en público y con el mayor de los desprecios se chuleaba ante los demás cada vez que me humillaba. Yo me daba de cabezazos porque no lograba comprender que pretendía hacer conmigo tratándome de aquella manera. Sus continuos engaños, además, me enloquecían.
Debería aprender a controlarme, lo sé. Nunca aprendí a contar hasta diez antes de explotar y la sangre me hierve con facilidad y me nubla la vista, pero es que parecía que se esforzaba en causarme el mayor dolor posible en todo momento. Y por su sonrisa cualquiera diría que disfrutaba con aquello. Me hacía daño. Un daño atroz.
Habíamos bailado hasta el agotamiento. Me acarició. Yo me froté contra sus muslos. Dimos vueltas y vueltas hasta jadear sin aliento. La pelea de aquella tarde iba a ser de las que hacen historia. Nos miramos a los ojos con una mezcla de odio, recelo, y miedo, mucho miedo. La gota que colmó el vaso de mi paciencia fue cuando me apuntó con su arma el muy cobarde, él, que presumía de tener los cojones más grandes. Pensaba que  iba a desplomarme de rodillas ante él, que iba a tumbarme a sus pies con la mansedumbre de los derrotados, de los vencidos. 


Pero a los de mi casta nadie nos enseñó a poner la otra mejilla. Cuando se nos ofende embestimos a todo lo que se nos pone por delante.
Soy culpable. Sé que ahora me encerrarán y me harán pagar por lo que he hecho. Probablemente con mi vida.

Me llamo Islero y yo maté a Manolete.

jueves, diciembre 04, 2014

Ante todo, mucha Karma.



Eso del Karma es un camelo.
En mi vida he conocido gente mala, pero gente mala de verdad. Al lado de ellos, los malos que ustedes conocen por el cine, las novelas o los noticiarios son unos angelitos mofletudos. Gentes capaces de destrozar, devastar a todos los miembros de su propia familia y cometer la crueldad de dejarlos con vida. Y créanme, la mayoría de estos criminales gozaron de una larga existencia, el remordimiento jamás les hizo perder un solo minuto de sueño y sus vidas fueron, por lo general, bastante menos grises y tristes que las de todos ustedes.
Lo de que el mal que engendres dará la vuelta al mundo hasta encontrarte no es más que un mito. Y aquello de que en otra vida un Dios castigará a los malos y premiará a los buenos... Por favor, no me hagan reír.
Yo antes pensaba como ustedes, es por eso que el primer crimen es siempre el más difícil. Pero eso fue hace ya mucho tiempo.
Los únicos que lo pasan mal en esta vida son los estúpidos, los que no hacen bien su trabajo. Así que, si tu vida es un infierno, ya sabes quién es el culpable. Si yo les contara lo satisfactoria que puede ser a veces mi profesión...

Cuando recibo un encargo, concreto los detalles, analizo el objetivo, escojo el arma adecuada, elaboro concienzudamente el plan y la ruta de fuga; el día acordado realizo mi tarea con precisión y limpieza, mutilo el cadáver según lo convenido, borro mis huellas y/o dejo otras que incriminen al pringao que me designen, y abandono el lugar con tranquilidad; mi corazón late al ritmo del tuyo cuando te das un baño de espuma. Luego paso a cobrar, ni un centavo más, ni un centavo menos. Y siempre en efectivo. La profesionalidad se paga.

Si está interesado en contratar alguno de nuestros servicios, llame al 616905212. Ya no admitimos los vales de descuento.

sábado, noviembre 22, 2014

Cayetana

No sé a que viene tanto desgarrarse las vestiduras entre la progresía e intelectualidad ante el homenaje popular y mediático con que se ha despedido a la Duquesa de Alba: que si era una terrateniente sin entrañas, que si su fortuna tenía una exención fiscal del 90 por ciento, que si no estaba un pijo buena... ¡Paparruchas! Maledicencias de gentes de baja ralea y dudosa condición.

Méritos no le faltaban a la buena señora para que le estemos eternamente agradecidos. Si no fuera por ella y la familia que engendró las peluquerías de este país serían lugares más silenciosos que la biblioteca del Hogar del Sordomudo. Esta mujer ha encarnado durante décadas el esperpento nacional con tal maestría que se merece una estatua en mitad de la Plaza Mayor. Yo sería el primero en ponerme a la cola para hacerme una foto de su bracete.
Muerto Giacometti, no sé que otro escultor podría reflejar con realismo el surrealismo de su figura estrambótica: ese cuerpecillo de Marilyn de todo a cien adornado con galas de Alta Costura recién salidas de las màs selectas traperías del Rastro y coronado con la peluca encanecida de Harpo Marx. Quizás los moldeadores del Museo de Cera que son capaces de monstruificar cualquier efigie serían capaces de afrontar el desafio de emular su rostro simiesco, pero tengo yo mis dudas.
A esa estatua siempre le faltaría algo; esa voz lastimera de anciana mimada. Esa dicción caprichosa que nadie supo corregir en su infancia de una buena hostia, ni en los mejores colegios británicos enderezaron el defecto porque la disciplina inglesa ya no es lo que era. Esa voz es la de alguien que lo tuvo todo, que vivió en Xanadú y nadie le negó nada, pero que todo el afecto que recibió de niña se lo dieron las criadas.
¡Pobre niña rica!

miércoles, noviembre 19, 2014

TIEMPO DE GALERNA


Imagen: Laurie Lipton


Las últimas luces de la tarde se colaban por los inmensos ventanales del Ateneo. La silueta del palacio de los Revillagigedo, restos de una muralla romana recrecida en ladrillo visto, la Colegiata y algunos edificios actuales sin sustancia se apelotonaban en aquel encuadre acristalado; dos mil años de historia se daban codazos por aparecer en la foto. Más abajo, los barcos cabeceaban en la dársena tratando de proteger sus replegadas velas blancas de la grisura del invierno. Los cabos golpeaban en los mástiles desnudos con el esquileo de un rebaño marino; aquel sonido recordaba el tintineo de un comensal cuando golpea con una cucharilla la copa antes de iniciar un discurso.
 El edificio era un pastiche entre lo rancio y lo postmoderno, la recia mampostería se combinaba con las líneas rectas de un mobiliario anodino. La última planta estaba aún a medio restaurar, un montón de viejos libros y la  enmohecida pinacoteca permanecían arrumbados contra el muro cubiertos con la enorme loneta que alguien había reciclado cosiendo unas velas viejas.

Ese caos mal camuflado y poco estético, y una fatigosa escalera, ahuyentaban a la mayoría de esa sala pero a Silvia le gustaba disfrutar de ese aislamiento para corregir exámenes mientras sus hijos jugueteaban a su lado. La curiosidad infantil se sentía irresistiblemente atraída por los tesoros ocultos bajo ese inmenso bulto misterioso que disparaba su imaginación.
¡Es el fantasma más grande del mundoooo!   bravuconeó el chaval tratando de amedrentar a una hermana que siempre lo superaba en audacia. La niña alzó el pico del toldo y echó un vistazo.
El viento roló en el puerto. El cielo se tiñó de una negrura violenta. El tintineo de los balandros aceleró su ritmo. El martilleo tenía ahora la insistencia desesperada de una moribunda que golpease con una cucharilla el vaso de la mesilla de noche tratando de atraer inútilmente la atención de una familia inexistente en una mansión vacía.
¡Fuera de ahí! ¡Vais a romper algo! --les gritó al verles desaparecer bajo la tela. 

Un golpe de agua en los cristales hizo temblar los cimientos del edificio. Un relámpago extinguió de un soplido todas las luces de la ciudad.
Buscó a tientas en el bolso su móvil. La torpeza del nerviosismo hizo que tardará segundos largos como horas en encender la linterna. Con la fuerza y el instinto de una loba que siente amenazada a su camada descorrió de un sólo tirón aquel pesado  lienzo como si estuviera hecho de gasa. Revolvió retratos y libros a manotazos  para despejar el escondite de sus hijos.
La luz cruda del móvil devolvía a la vida por un instante a aquella galería de seres olvidados. Todos aquellos retratos, aunque eran de diferentes épocas y estilos, compartían el mismo aire de desolación en la mirada. El más grande representaba a una anciana rodeada por toda su familia. Su rostro era una mezcla de abandono, amargura y rencor a partes iguales. 

Silvia dejó de respirar. Una uña de hielo amarillo  le desgarró de un zarpazo todas las venas de su pecho al reconocer el brillo húmedo de la súplica en aquellos cuatro ojos que la miraban aterrados desde el regazo de la anciana. 

miércoles, noviembre 05, 2014

SHIBARI




Le he visto hacerme lo mismo una y mil veces. Me alza sin apenas esfuerzo. Me sujeta entre sus manos con suavidad y firmeza al mismo tiempo. Le encanta sentir mi sedosidad deslizarse rodeando su cuello; ese abrazo tierno en el que deposito mi amor cada mañana.
Tira de mí. Me desequilibra de una forma calculada, exacta, milimétrica y rutinaria. Luego me hace dar vueltas, me ciñe atrayéndome con fuerza hacia sí. Me da otra vuelta, como en un parque de atracciones, me pone boca abajo, boca arriba, hasta que casi pierdo el sentido. Me hace pasar por el aro, sin miramientos, con un gesto decidido del que sabe lo que quiere, como conseguirlo y que no admitirá la menor resistencia. Me retuerce, me ata, y todo sin apenas mirarme, sólo tiene ojos para admirarse ante el espejo, maquinalmente, con esa mímica estudiada y repetida de memoria. 
El último gesto es siempre el mismo. Aprieta el nudo con las dos manos, casi hasta el límite de nuestras respiraciones. Afloja un poco, me acaricia y luego recorre todo mi cuerpo con la mano, aplastándome contra su pecho tibio.

Y no volverá a acordarse de mí hasta que regrese a la noche del enésimo Consejo de Administración. Se deshará de mis lazos con alivio  de un desdeñoso tirón y me dejará tirada en una percha hasta el día siguiente.
Y mañana volverá a tratarme como si fuera un trapo.

miércoles, octubre 29, 2014

Odisea: Primer borrador.



Háblame, Musa, de aquel varón que contempló desde la orilla de Ítaca alejarse a la cóncava nave sobre el violáceo ponto y vio encogerse la silueta de su amada hasta fundir en un punto su  hermosura con la  brillante Aurora de rosáceos dedos que sirve de telón al horizonte.

¡Oh, diosa, hija de Zeus! Cuéntanos cómo se atormentó cada noche imaginándola manoseada por una tripulación transformada en una piara de cerdos libidinosos. Cómo sufrió creyéndola en brazos de un gigante de un solo ojo o restañando las heridas de un hermoso Aquiles rubio y moribundo; temeroso y siempre angustiado de que ella probara el fruto del loto, ese que hace germinar el olvido en el corazón y aniquila por siempre todo deseo de regreso.  

¡Insensato varón! ¡Él, que tanto presumía de astucia y era el más necio de los hombres! Pobre náufrago en tierra que a la luz de la luna habría de tejer una urdimbre de celos, una celada de araña, para al día siguiente destejerla y, con aquel hilo de sospecha y mala baba, volver a tramar la trama de una nueva historia que poner por escrito.
Así mil y una noches torturado por el desvelo de los célibes, por el tormento de los ignorados.
Así mil y un días, dejándose la vista y la vida en cada línea hasta quedarse ciego.

miércoles, octubre 22, 2014

Herpes Zóster


El malvado granjero Herpes Zóster peleaba como cada tarde con su hijo Incesto y su hija Prolapsos por la posesión de la garrafa de aguardiente. Los tres se revolcaban haciendo montonera entre las pajas del establo. La chica hacía tenaza en los testículos de su hermano con una mano llena de verrugas, el resoplante muchacho se defendía y le hidrataba el pecoso rostro con una mascarilla de boñiga de vaca. Los animales huían despavoridos porque no era la primera vez que habían sufrido en sus propias carnes la rudeza y la lujuria de la familia Zóster; el asno rebuznaba su angustia desesperada, los perros defendían su castidad escondiendo el rabo entre las piernas, los cerdos enloquecidos daban vueltas al trote cochinero. Las gallinas, en cambio, se mantenían expectantes porque, como todo el mundo sabe, son aves de naturaleza casquivana y moral disoluta.
El alboroto era tal que la esposa del granjero interrumpió el amasado de un pastel de ruibarbo y menudillos de coyote para ir a poner orden en aquel guirigay. La señora Purgaciones se remangó el delantal y alzó la sartén que usaban  indistintamente tanto para calentar las gachas como para recoger las inmundicias de la abuela Incontinencia,  que llevaba encamada media vida y era abuela por parte de padre y por parte de madre. Lo último que escuchó el viejo Herpes antes de desmayarse fue el chasquido de los huesos de su cráneo.
*                  *                 *


Linda Macarena paseaba su culo gordo por el garaje del museo Ferrari. Las piezas de la exposición "De la rueda al Testarossa" se amontonaban aún sin desembalar. Linda odiaba sobre todas las cosas hacer guardia por la noche. Se le hacía eterna, tantas horas sin fumar y encima los zapatos de uniforme la estaban matando. Para pasar el rato quiso hacerse un selfie ante una limusina y enviarla a sus amigas del coro góspel de las Perpetuas Adoratrices pero ¡Oh, my Lord! No había cobertura.
Un ruido horrible la alertó. Trató de localizar el origen. Parecía salir de una polvorienta caravana de pioneros. Se subió al pescante y enfocó el interior con la linterna. Un sin techo roncaba en un charco de orines.
-Apaga esa luz, japuta- graznó el malvado Zóster frotándose siglos de legañas con las mangas de los calzoncillos.
Macarena recorrió con el foco la extraña figura de aquel vagabundo borracho.
-Señor. No puede estar aquí. Tendrá que acompañarme -le ordenó mientras acariciaba la culata de su pistola eléctrica.
-Pero si es una negra. Nunca había visto una negra usando pantalones.
Herpes sujetó una pipa de maíz entre sus despobladas encías.
-¡Señor, aquí no está permitido fumar!
-No creí que esto fuera una iglesia, putita.
-¡Señor, no utilice ese lenguaje conmigo!
-¿Quién eres tú para darme órdenes, Mariguarri?¿Qué son estos carromatos tan raros?
-¡No se lo digo más, aléjese del Bugatti! ¡Eh, eh, eh, no vomite ahí!
-¡Límpialo tú, negraza!¡Con la lengua! Y de paso me vas a limpiar a mí.
Con torpeza intentó desabrocharse y rebuscar algo en el interior de sus calzoncillos largos.
Las sesiones de control de la ira de las Perpetuas Adoratrices no habían servido para nada. Toda la furia que se puede llegar a acumular durante una infancia en un suburbio de Tennessee se le agolpó  en las venas de su sien.
Le vació el cargador entre los ojos. Lo arrastró por los pies hasta un coche fúnebre, lo introdujo en el ataúd de atrezzo y cerró el portón.
Se dirigió a la salida con un cigarrillo apagado en los labios. Mientras rebuscaba un encendedor en los bolsillos, masculló entre dientes:
-Queda sólo un cuarto de hora para acabar mi turno. Y no va a ser un puto blanco el que retrase el  momento glorioso de quitarme los zapatos.