jueves, abril 24, 2014

Desmemoria



Me gustaría tener la memoria selecta y exquisita de esa gente que, cuando se muere, lo hace recitando estrofas completas de "La tierra baldía" o tarareando las vibrantes notas de una sinfonía de Mahler.

En mi caso estoy seguro que malgastaré mis últimas sinapsis con algo mucho más trivial: un chiste de Arévalo de pésimo gusto o el "Ea, ea, ea, á" que cantaba mi madre mientras me acunaba.

martes, abril 22, 2014

San Jorge y el dragón.



De las fauces de la bestia sólo salían hermosas pompas de jabón. San Jorge se acercó al dragón escondiendo, avergonzado, la lanza tras la espalda.

domingo, abril 20, 2014

UN CUTRE EN LA ÓPERA



El cutre sabe que no tiene ropa para ir a la Ópera. Sus vaqueros huelen a trampero del Canadá y la mochila de tres dólares, prestada hace años y nunca devuelta, que le acompaña en todos sus viajes no es el mejor pasaporte para un sitio de estos.

El Metropolitan Opera emerge en una plaza descomunal de esas que los soviéticos y los chinos gustan de llenar con soldaditos desfilando pero los americanos se conforman con plantar una fuentecilla de chorros plateados en medio. Se accede a la plaza por unas escaleras de dimensiones épicas que, de noche, reciben al visitante con un banner luminoso que desplaza por la contrahuella de los escalones un ¡Bienvenido! en muchos idiomas.
El cutre es un tipo obediente que acepta la invitación y se acerca a la ostentosa fachada de cristal del edificio que deja ver, a través de sus cinco arcadas y a la luz de unas arañas de cristal hiperbólicas, un interior sofisticado: una elegante y ondulosa escalera de alabastro está flanqueada por dos murales de Chagall cuya superficie es tan grande como varios campos de fútbol. El cutre conoce a un pintor que desprecia a Chagall aunque al cutre los cuadros del judío le parecen las ilustraciones de un libro de cuentos ruso. Colgarlos aquí es un gran acierto porque el público de la ópera siempre le han parecido un puñado de rusos blancos huidos de los bolcheviques, que se han criado de niños leyendo libros de cuentos troquelados con preciosas encuadernaciones y cuya vida sigue sumergida en esos cuentos y esos mundos alicatados de nácar y ámbar.
Osa atravesar la puerta de cristal con la mezcla de inquietud y curiosidad con que Alicia cruzaba los espejos.

La función ya ha comenzado. El cutre sabe que lo único que le separa de ver la representación es un cordón de terciopelo que cuelga de dos palos de bronce. Sabe que con un simple saltito estaría dentro, que aquellos porteros que aúnan la estatura de un watusi con la dignidad de un sikh  son demasiado educados para interceptarlo, que seguro que encuentra alguna butaca vacía pagada por alguien que desprecia la música y le sobra el dinero. Pero el cutre no da el saltito, el cutre lleva cruzándose toda su vida con ese cordón de terciopelo que le corta el paso al otro mundo y jamás se ha atrevido a dar el saltito.

Dentro del vestíbulo, junto a la tienda de regalos, hay unos bancos de piedra frente a una televisión que emite la representación en directo. Hay tres locos allí, tres fantasmas de la ópera contemplando las imágenes de cortesía. Uno que jadea insultos de tanto en tanto en un idioma desconocido. Otro desfila con pasos muy medidos, con parsimonia se acerca a centímetros de la tele, se da la vuelta y camina hasta el banco, se gira y vuelve hasta la pantalla, así todo el rato. El tercero es un viejo travestido con una peluca como la del señor Barragán que no deja de tomar notas en una libreta escolar. Hay mucha caligrafía en esas hojas, se diría que lleva en aquel vestíbulo media vida.

La chica que acompaña al cutre se sienta en aquel banco. La Bohème es su ópera favorita. El cutre observa como ella inclina su cuerpo hacia adelante en aquel asiento sin respaldo, proyecta sus oídos, sus ojos y todos sus sentidos. Ve como estira su columna de bailarina al máximo en ese estado de concentración absoluta que le ha visto cada vez que se asoma a un escenario, como un perro perdiguero que señala a una presa sin nada que le distraiga, como una flor que se despereza para absorber el rocío de la mañana. Disfruta con avidez cada nota musical, cada nota de color del vestuario, muy seria, como si no hubiera otra cosa en el Universo en ese momento.
El cutre se queda ensimismado admirando la curva de esa espalda. Se percata de su propia miseria y un puñetazo de consciencia le revuelve el estómago. Por un momento teme que su cuerpo y el del travestido se fundan en un solo ser, teme quedarse atrapado para siempre en ese ser alucinado, en ese rostro mal afeitado, en esos ojos de loca, en esa ropa de esperpento. Maldito, seguirá tomando notas enfebrecidas en un cuaderno hasta que otro más cutre que él se siente en ese banco.


Al atravesar la cristalera para salir de ese País de las Maravillas el cutre intenta asimilar si las cosas que ha visto eran realmente tan grandes o es que él se va sintiendo cada día un poco más pequeño.

domingo, abril 06, 2014

UN CUTRE EN NUEVA YORK III - Paseítos low cost


A los cutres les encanta todo lo que es gratis. 
Pasear es gratis y las larguísimas calles de Niu LLorq podrían parecer el lugar ideal para hacerlo, pero el cutre no viaja solo y esas inmensas avenidas están saturadas de comercios tentadores con precios astronómicos. 

El cutre arrastra a su acompañante hasta el único sitio sin tiendas de Manhattan: el puente de Brooklyn.
Esta ciudad tiene una mal ganada fama de frenética. Está plagada de rincones que desprenden una inusual serenidad. Aunque es casi mediodía apenas hay gente sobre el puente y puede hacerle fotos desde una playita de grijo casi desierta, tan sólo hay una madre que juega con su niña y disfruta de un tímido rayo de sol de lo más engañoso (mucho brillo y poco calor) .

Firme en su propósito de no gastar un duro vuelve a cruzar el puente y se dirige al Meatpacking District porque cree que es la zona de mataderos donde Rocky entrenaba usando un costillar de buey como saco de boxeo. Pero resulta que los viejos desolladeros los han transformado en tiendas muy cuquis y restaurantes exóticos donde te sirven el brunch unos camareros descalzos con túnica azafrán. Alarmado, el cutre engaña a su acompañante para visitar la zona a la vuelta (por mucho que prediquen los neoliberales ibéricos a favor de la libertad de horarios, el cutre ha aprendido que, en la Meca del capitalismo, la mayoría de los comercios cerrarán a las seis de la tarde).

Un paso elevado les conduce hasta otro de los atractivos (gratuitos) de la ciudad: la High Line. Todos los urbanistas del Universo se han conjurado para transformar las vías de tren y metro abandonadas en rutas pedestres de mejor o peor gusto. Les sale barato, se plantan cuatro rastrojos, arrancan la mitad de las traviesas y los raíles (de eso, con dejar descuidada la obra, ya se encargará alguien) y luego lo adornan con las esculturas del cuñado de un concejal. 

Una chica hacía yoga en un banco; meditaba con los ojos cerrados, concentrada, sin mover un músculo, ajena a los comentarios y los flashes de los turistas. Como una cosa es ser budista y otra muy distinta es ser gilipollas, hacía la postura del loto pero con el bolso sobre el regazo, sujetando la correa con el perineo que es un músculo que los budistas tienen muy desarrollado. La High Line está concebida como mitad mirador, mitad solarium. Como mirador deja un poquito que desear pues lo que se ve tampoco es el Gran Cañón del Colorado y como solarium... De tanto en tanto un osado turista se recuesta en uno de aquellos carricoches sobre raíles reconvertidos en tumbonas para hacerse una foto; antes de que pueda decir "Cheese" una ráfaga del relente que sopla desde el Rio Hudson lo deja criogenizado en el sitio. El Ayuntamiento no retira los cadáveres, los deja así, para decorar, como si fueran esos alpinistas congelados que se encuentra uno según se baja del Everest a mano derecha. 
Al regresar le di un toquecillo en el hombro a la imperturbable chica zen. A juzgar por el rigor mortis, llevaba allí tiesa desde Noviembre.




martes, abril 01, 2014

UN CUTRE EN NUEVA YORK II - El día de San Patricio


Lo primero  que hace el cutre al levantarse es consultar el parte meteorológico. 42 grados y sol. El cutre escoge la más discreta de sus camisas hawaianas. Cuando sale a la calle y la primera ráfaga de frío polar escarcha las orquídeas malvas de su camisa, el cutre se acuerda del Señor Fahrenheit y la putaqueloparió. 
Recorre las calles que lo separan de la Quinta Avenida, su aliento deja una estela de vapor a su paso como si fuera una locomotora del Transiberiano. Tose. Escupe y, antes de llegar al suelo, su saliva se cristaliza y el gargajo rueda por la acera como una hermosa canica color flema.

Escoge un lugar cerca del Rockefeller Center para contemplar el desfile. En la acera de enfrente unos manifestantes protestan con banderas arcoiris porque no dejan desfilar a los gais, con lo que a ellos les gustan los uniformes. La lógica cutre no deja de admirarse de lo ordenados que son los americanos: los de la otra acera en la otra acera, como Dios manda. 

Empieza el desfile. Reparten banderitas de Irlanda, el cutre estira la mano para que le den una pero la sonriente repartidora esquiva al cutre dejándolo con la mano tendida en una situación ridícula y desairada. Para disimular, el cutre hace como que saluda con la mano. Desde la acera de enfrente le tiran besitos.

El día de San Patricio es, en esencia, una parada militar. Al cutre le sorprende sin embargo la poca marcialidad que despliega aquella tropa. Cada uno va a su aire, no marcan el paso, parece como si para seleccionar aquel batallón hubieran escogido al peor Soldado Patoso de cada regimiento. De tanto en tanto, alguno rompe la fila para ir a besar a su tía de Wisconsin que está en la acera agitando la banderita ayudada por un Parkingson galopante. Al cutre, acostumbrado a los desfiles de la Legión en los que ni la cabra se desmanda, aquel desmadre le parece poco serio. El paso es un poco sandunguero, los uniformes muy poco uniformes, algunos llevan un gorro de lana bajo una gorra de plato, otros cubren una camisa de camuflaje con una piel de leopardo de imitación para combatir la helada. Algunos hacen malabares con una escopeta, hacen molinetes y la tiran al aire. El cutre agradece que la escopeta sea de palo, si los fusiles fueran de verdad en manos de aquellos torpes el desfile podría terminar peor que la matanza de Texas.
Las bandas de música comparten la descoordinación. Desafinan. Es difícil distinguir si están tocando una marcha de Sousa o la Macarena. Los músicos adolescentes tienen todos carita de pringaos de instituto americano. Para ellos es su día de gloria, el día que compensa todas las vejaciones de los recreos de todo el curso.
Tampoco acaba de entender el cutre porqué, siendo una fiesta irlandesa, la mayoría de los que desfilan tocan la gaita y lucen faldas escocesas. Le dan mucha pena las majorettes con sus minifaldas. Muchas de estas bastoneras van sin medias. El cutre se acuerda del Spiderman y concluye que este país está infestado de arañas radioactivas y termoreguladoras.
La tía del Soldado Patoso y sus acompañantes, unas chicas de oro del Inserso de Wiskonsin, sospechosamente eufóricas, comienzan a cantar con entusiasmo el Glory, glory, aleluya. Buscan la complicidad del cutre y lo invitan a cantar con ellas. El cutre se une al coro y, cuando acaban la canción, se crece y sigue cantando "Jerusalem-está fundada-como ciudad-bien compactá". La magia del gospell se apodera del cutre que se desmanda y canta cada vez más alto acompañando sus berridos con una coreografía mesiánica de brazos en alto y mucho paroxismo. No se calla hasta que un policía le amenaza con una pistola muy graciosa, como de juguete. Es  de color amarillo y dispara unos dardos con cables muy monos.

El desfile es monótono y repetitivo. Unos tíos con pendón. Un grupo de soldados en traje de faena. Unos escoceses de piernas rotundas. Un puñado de majorettes. Una banda de viento destrozando los timpanos. Un grupo de civiles risueños. Otros tíos con otro pendón, los soldados, los escoceses, las bastoneras y vuelta a empezar. Así una y otra vez desde las 11 de la mañana a las 4 de la tarde. 
No es el día de San Patricio. Es el día de la Marmota.



domingo, marzo 30, 2014

UN CUTRE EN NUEVA YORK

El cutre aterriza en Nueva York como Paco Martínez Soria, con una maleta. Ya no es una maleta de cartón atada con una cuerda, es una Samsonite superpesada con las manchas de grasa que ha ido acumulando durante 25 años en las cintas trasportadoras de los aeropuertos de medio mundo.
Con esa maleta, que no se sabe bien si es verde o azul, el cutre atraviesa Times Square, porque un cutre que se precie se aloja siempre en el Midtown, en el mismo centro de Manhattan, en el medio de todo, en mitad de la nada.

Times Square lo aturde con sus anuncios luminosos. Se siente como un liliputiense paseando por la sección de electrónica de El Corte Inglés sitiado por plasmas que se agigantan según se acerca. Los anuncios publicitarios generan un ruido visual de lo más molesto, una inundación de lúmenes y píxeles que amenazan con atosigar su minúsculo cerebro. Hay incluso una grada donde los turistas se sientan a ver los anuncios en vez de aprovechar para ir al cuarto de baño que es lo que hace la gente en circunstancias normales cuando proyectan la publicidad.

Times Square es un gran cruce de caminos y de líneas de Metro. El kilómetro cero de esta ciudad monstruosa. El cutre se siente por momentos en la plaza del Sol, con su reloj, con todos esos vendedores de entradas para los espectáculos más chungos de Broadway, los anuncios de "Compro oro". Por un momento tiene la tentación de preguntarle a un policía donde está el oso y el madroño para inmortalizarlo con una foto. También está la gente disfrazada de dibujos animados, lo mismito que en Madrid. Minnie Mouse hace entrega a Mickey de los dólares recaudados en una escena capaz de arruinar para siempre la inocencia de cualquier tierno infante. Mickey siempre me tuvo pinta de proxeneta con esa voz atiplada, esos zapatones y esos andares de chuloputas.

En otra zona de la plaza, separados como para evitar el contagio con las ratas de la Disney, se agrupan los personajes de la Marvel. Spiderman destaca entre todos con sus mallas ajustadas y una riñonera en la entrepierna donde guarda la recaudación. Spiderman es, de entre todos los personajillos, el único que tiene algo de superhéroe porque, o se ha inventado la lycra con forro de borreguillo, o te tiene que haber picado una araña radioactiva para resistir vestido con ese pijama blaugrana el frío cortante de la noche neoyorkina.


viernes, enero 17, 2014

sábado, diciembre 21, 2013

AGUINALDO

Este humilde deshollinador les recuerda que hoy ha entrado el invierno y aprovecha la ocasión para felicitarles las fiestas y abusar de su generosidad al pedirles el aguinaldo. 



martes, diciembre 10, 2013

La postilla.



Cada vez que nos caíamos, mamá reproducía siempre el mismo ritual. Sacaba de una lata de ColaCao un rollo azul  azulete, una especie de brazo de gitano de algodón hidrófilo. Arrancaba un pellizco de esa nube y lo empapaba en un líquido que podía ser o inocua agua oxigenada, si consideraba que habíamos sido inocentes de la trastada, o alcohol de 96 grados que escocía (nosotros decíamos "lallaba") en la herida, si sospechaba que habíamos tenido una presunta responsabilidad en la fechoría que había originado la brecha. El acto de esterilizar se convertía en una especie de juicio donde el reo derramaba lágrimas tratando de ablandar la severidad de aquel tribunal sumarísimo. Nada que hacer; si habías sido condenado a la pena de alcohol, ya te podías deshacer en lamentos que te sería aplicado sin que la mano del verdugo-cirujano temblara lo más mínimo. 
Cuando el llanto y la sangre remitían, sacaba una ampolla muy graciosa, apretaba la gomita para succionar unas gotas de mercromina con las que luego pintaba de rojo pasión nuestras rodillas despellejadas. Para rematar la faena,  aplicaba con mimo una tirita (que se despegaba siempre) o un parche de gasa sujeto con esparadrapo (que no había forma de despegar). Preferíamos este segundo vendaje, mucho más heroico, que nos permitía regresar al patio del recreo y presumir de la lesión con el orgullo de un  honorable soldado de la I Guerra Mundial caído en combate.
Al cabo de un par de días lográbamos arrancar con mucho ayayay aquel esparadrapo. Y allí estaba ella: la postilla. Una costra marronuzca con ribetes colorados había taponado la herida. Aquella postilla era un imán para nuestras uñas. Recorríamos con ellas su contorno como quien rodea un castillo buscando el punto débil para asaltar la muralla. Podíamos pasarnos horas palpando aquello para ver si estaba curado. Tirábamos un poco de una esquinita para despegarla de la carne, con mucho cuidado arañábamos despacio para arrancar unos trocitos de sangre reseca, levantábamos un poco aquel tapón coagulado  y, al borde del desprendimiento, lo volvíamos a su sitio. Rascábamos más y más, todo el día con el dedo en la llaga, como Santo Tomás. Y no parábamos hasta que al final, después de horas y horas de hurgar en la herida, la postilla se caía dejando ver una piel milagrosamente intacta; o era arrancada de un tirón prematuro, en cuyo caso, las más de las veces, la cosa terminaba de nuevo en el botiquín de mamá con una colleja bien ganada.

Hoy por hoy la cosa sigue igual. Salvo que la mercromina ya no se vende y todo se cura con Betadine que, con ese nombre tan cursi y ese color tan soso, no puede sanar lo mismo por más que digan en el prospecto. Y ni mamá ni nadie posarán besos ni gasas en las heridas. Ahora nos tenemos que curar solos. Sacar el botiquín de urgencias y empezar a zurcir lo que se haya roto. Poner puntos de sutura donde haga falta y esperar a que la herida cicatrice.

Y las postillas siguen teniendo el mismo atractivo. Pensamos que la cosa ya está curada, que ya ha pasado tiempo más que de sobra. Que la carne ya se habrá cerrado y no volverá a hacernos daño. Y no pararemos de hurgar con el dedo, de meter la uña y de darle vueltas a la cabeza hasta conseguir que aquello vuelva a abrirse y dejarlo todo perdido.
Y lo peor de todo es que no podremos aplicarnos un correctivo porque es muy difícil darse a uno mismo una colleja.


domingo, diciembre 08, 2013

El loco

Il Pazzo. Tarot de Minchiate - 1725


Cuando veíamos a aquel hombre, todos los niños echábamos a correr calle abajo gritando: ¡¡¡Que viene el loco!!!
Era un señor calvo, de mediana edad, feo sin llegar a monstruoso, con los ojos más tristes del mundo. Caminaba ensimismado hasta que nuestros insultos o nuestras pedradas lograban sacarlo de quicio. Iniciaba una carrerilla furiosa pero jamás lograba atraparnos porque, además de ser torpe de pies, tampoco le duraba mucho la ira.



Esta tarde noté como alguien clavaba sus ojos en mi espalda. Al girarme reconocí aquel rostro amargo y cansado en el que se habían estancado los años.

Me tocó en el hombro y me dijo: "Tú la llevas".
Ahora soy yo el loco que persigue y asusta a los niños.




jueves, diciembre 05, 2013

ATASCOS Y DESATASCOS.


Nada. Que no traga.

Esta frase sólo puede ser pronunciada en dos contextos muy diferentes.
Descartemos en esta ocasión las felaciones en sus diversas modalidades. Mi fregadero se ha atascado. 
No es la primera vez. Al muy agonías de tanto en tanto le dan estos arrebatos y se hace la estrecha. 

He probado de todo. Salfumant del Mercadona. Un desatascador líquido del Mercadona. Un desatascador en polvo de Mercadona. Una botella de sosa cáustica Hacendado que en la etiqueta prometía de todo: aquello lo mismo servía para limpiar las tuberías del bidé, que para elaborar jabones, que para aliñar aceitunas. Cuando me vio echarle la mano al bote, el repositor del Mercadona me sopló por lo bajinis con un guiño de complicidad que también era ideal para deshacerse del cadáver de la suegra. Ningún resultado. Lo único que conseguí después de verter aquel cocktail por el sumidero fue un humillo multicolor muy gracioso y un volcán de espuma que habría tenido mucho éxito como experimento en el Hormiguero de Pablo Motos. 
Probé con una salsa de jalapeños que encontré en la nevera, recordé el efecto que había tenido sobre mi intestino y concluí que el aparato excretor de un humano y las instalaciones sanitarias de una vivienda no dejan de ser en el fondo una misma cosa. Otro fracasito.

Un amigo me dijo que eso se arreglaba a base de mucha agua caliente. Puse el calentador a tope; si antes del agua caliente el fregadero tardaba horas en aliviarse, con la temperatura la mezcla de grasas, detergentes, pelos, migas y menudillos fraguó, la pileta se transformó definitivamente en estanque y la cocina en baño turco con tanto vapor. Me puse tan furioso que, desesperado, empecé a rugir y a golpearme con rabia el pecho con los puños. Parecía salido del rodaje de Gorilas en la niebla.

Me armé con un desatascador manual, de esos de goma negra y un mango de madera. Recordé haber leído de adolescente una novela de chicas en un reformatorio que llamaban Johnny a uno de estos desatascadores. Creo que el uso que aquellas mancebas daban al tal Johnny fue lo que convirtió a "Inocencia Perdida" en uno de los bestsellers de finales de los 70.
Empecé a bombear (con perdón) con aquel artilugio del diablo. Su funcionamiento es similar al de una zambomba y ya sabéis que tengo una predisposición natural para el manejo de ese instrumento. Empecé a menear aquel émbolo con energía. Me dejé llevar por el entusiasmo.  Como hace tiempo que no tengo lavavajillas y el desinstalador olvidó cegar su cañería, el agua estancada y corrosiva salió a chorro por aquel boquete empapando mis pantalones, mi lencería favorita de Victoria's Secret y esas partes de mi cuerpo que un caballero no osa mentar. Al instante sentí una comezón horrorosa, una picazón insufrible y me vino a la mente el terrible final de don Rodrigo el godo: "ya lo comen, ya lo comen, por do más pecado había". Corrí a la ducha a enjuagarme para evitar quedarme en carne viva. Pero, como el calentador estaba a la máxima potencia, me escaldé como un cerdo en San Martín.
Me cambié de ropa (me mudé en la doble acepción del término porque con cada jirón de ropa se iba un jirón de piel chamuscada) y proseguí con la tarea; para evitar nuevos accidentes decidí tapar el agujero del lavavajillas, primero con un corcho que no encajaba bien y luego tuve la brillante idea de usar un condón muy caducado que encontré por la mesilla de noche. Seguí dale que te pego al desatascador, pero ahora salió un chorro disparado por el rebosadero que me salpicó a los ojos. A palpo, con una mano cogí una Vileda para tapar el orificio, mientras que con la otra seguía meneando el palito que bien sabía yo que para esas lides de sobra podría arreglármelas con una sola mano. 
La cosa parecía dar resultado, el nivel del agua iba bajando con cada bombeo. Esperanzado, empecé a bombear con más frenesí (estos cambios de ritmo también me resultaban naturales) Cuando pensé que ya iba a salir hasta la última gota noté que algo me golpeaba en la entrepierna. Aquel condón se había hinchado alcanzando proporciones monstruosas. ¡¡¡Podéis creerme, por mucho que os guste el cine negro jamás habréis visto nada similar!!!
Debo confesar que, una vez superada la sorpresa inicial, aquel roce no me resultó del todo desagradable, aquel toquecito era como una invitación a conocer mundos inexplorados; ya sabéis la fascinación que de siempre me producen las cosas hinchables, los castillos, las piscinas de bolas y las chicas neumáticas. Curiosón, no pude resistir la tentación de inflar un poquito más aquella cosa...

Nunca os fiéis de un condón caducado. Al rozar con la cremallera de la bragueta aquel zeppelín impúdico  reventó y se transformó en un tsunami de aguas fecales, mondas de naranja y bolsitas de té. ¿Habéis visto la película "Lo imposible"? Pues aquello fue lo mismo, pero sin final feliz.

jueves, noviembre 28, 2013

El poder de la palabra V




Olvidé que aún quedaba una palabra en la recámara,
la última, la que provocó el sangriento malentendido.



lunes, noviembre 25, 2013

CONO SUR



El que inventó la expresión "El Cono Sur" de Geografía no sé qué tal andaba pero demostró que de Geometría no tenía ni puta idea.

domingo, noviembre 24, 2013

Vudú inverso.



Cada vez que me pincho con un alfiler, a una muñeca de Famosa le da un ataque de epilepsia.



 

jueves, noviembre 21, 2013

El negro.



Cuando recibí la llamada de la editorial no me lo podía creer. Me decían que habían quedado impresionados con las cosas que había publicado en Internet y estaban muy interesados en conocerme.
Me presenté con mi mejor traje, dejando un rastro de colonia a mi paso. Monté en el ascensor silbando y aunque cuando bajé estaba meditabundo,
cabizbajo y muy desilusionado tuve que reconocer que su propuesta era un buen trato. La cifra que me ofrecieron era astrónomica. Irrechazable.
Escribí la novela en pocas semanas, el plazo que me habían marcado. Muchos litros de café, pocas horas de sueño, pero había merecido la pena. Está mal que yo lo diga pero era un relato apasionante, una historia redonda y conmovedora que enganchaba desde la primera línea y se devoraba hasta la última. Un éxito asegurado. 
Sé que la novela la publicarán con otro nombre, que será otro el que se llevará los halagos, el que dará las entrevistas, firmará los autógrafos, el que escogerá entre todas las entregadas admiradoras con cuál se iba a ir cada noche a la cama. Renunciar a todo eso había sido pactado de antemano. Todo eso lo entiendo perfectamente.

Lo que no acabo de entender es por qué me han citado en este almacén del puerto. Y por qué en lugar de un tipo con un cheque sólo hay un negro con una pistola.

martes, noviembre 19, 2013

EL PODER DE LA PALABRA III

VAMOS A FALTARNOS AL RESPETO USANDO EL ALFABETO COMPLETO


Los niños jugábamos en los columpios del merendero mientras las madres comadreaban en las mesas. Me acerqué por un momento a su tertulia justo en el instante en que una de ellas confesaba que su hijo había nacido con seis dedos en cada mano pero que lo habían operado para no acomplejarlo.
De vuelta a la zona de juegos yo no le quitaba el ojo a aquella mano. Contaba y recontaba los dedos, buscaba vestigios de cicatriz, rastros de muñón en la carne que asía la escalera del tobogán, que se cogía a la barra del balancín. La escudriñaba con morbosa curiosidad a la caza de algún resto del miembro fantasma.
No recuerdo cuál fue el motivo de la pelea, quizás se mosqueó con mis miradas, tal vez me regó con agua de la fuente (siempre me enfurezco cuando me salpican, es algo que no puedo soportar). El caso es que, aquel chaval y yo nos enfrentamos cara a cara, nos  desafiamos en esa posición de duelo que precede al ataque, nos desafiamos con la mirada y cuando la tensión llegó al límite, abrí la boca y disparé primero.

No había usado el insulto más obvio "seisdedos" sino una palabra ajena a mi vocabulario infantil que habría escuchado en una película de vaqueros pero cuyo significado apenas alcanzaba a comprender.  Lo llamé "Malnacido".

Aquella palabra fue el detonante de una reacción explosiva. Se lanzó sobre mí con toda su furia y allí tuvieron que separarnos entre madres y camareros.

El peor insulto no es el más soez sino aquel cuyos ecos, cuando retumban en el oído del otro, lo logran destruir por dentro.

Siempre tuve una especial habilidad para el insulto. Tengo siempre a mano el dardo más agudo, el más hiriente, el más preciso. No sé cómo me las apaño pero encuentro siempre el punto flaco, el talón de Aquiles y siempre acierto, por muy oculta y protegida que esté el área vulnerable, en el centro de la diana, allá donde el impacto causará más daño, dónde el daño será irreparable. Soy consciente cuando sale de mi mano (o de mi lengua) que no habrá reflejo humano que pueda esquivarlo y no hago nada por refrenarlo. Entre las 50.000 palabras posibles el cerebro siempre escoge, en milésimas de segundo, la más mordaz, la más dañina. Las neuronas la retransmiten a la velocidad de la luz y mi lengua bífida la escupe sin jamás trabarse. El veneno impacta en medio del alma, abre un boquete en mitad del pecho y, años después, la herida seguirá escociendo al menor roce del recuerdo.


En cambio, cuando se trata de pedir perdones, conciliar voluntades, desfazer los entuertos, expresar los afectos o confesar amores... por más que busque y rebusque en el diccionario, jamás encuentro la palabra justa.