lunes, diciembre 21, 2015

INTERINIDADES


Aunque muchos de ustedes lo pondrán en duda tengo una licenciatura por una universidad cuyo nombre mejor ocultaremos, que ya bastante desprestigio acumula la pobre para que venga yo ahora a echarles más mierda encima presumiendo de ex-alumno.
Recuerdo incluso que en una ocasión tuve la osadía de presentarme a oposiciones habiendo preparado un solo tema: "Goethe", autor filipino del que jamás he leído obra alguna. Siempre he tenido mucha fe en el error administrativo aunque, en aquella ocasión, me falló el pálpito.
En cambio, algunos de mis compañeros de promoción, con expedientes académicos impecables, con un talento que envidiaría el mismo Mister Ripley y una claridad de ideas deslumbrante, acudían a aquel proceso de selección sabiendo todos los temas al dedillo, realizaban exámenes brillantísimos, salían a hombros de las "encerronas" y sus tribunales los cargaban de sobresalientes "cum laude", los coronaban con ramitas de laurel y les hacían la ola en el Aula Magna.
El caso es que después de tanto esfuerzo, tanto triunfo y tanto ditirambo, los pobres no lograban obtener la tan ansiada plaza de funcionario profesor. ¿Por qué? (Preguntaréis los pocos que hayáis soportado tanto preámbulo). ¿Por queeeeé? (Preguntaban desesperados mis compañeros desgarrándose las vestiduras y hasta la toga que les prestó el fotógrafo para hacerse la orla). Pues porque un tapón de funcionarios interinos colapsaba todas aquellas plazas e impedía el acceso a los nuevos aspirantes. La experiencia se puntuaba con un baremo tan alto que nada podian los dieces de los nuevos incluso si los viejos no pasaban del cero. Esta injusticia se prolongó para mi generacion durante muchos años de desánimo, lágrimas y crujir de dientes. Y es por eso que parte de mi quinta juró odio eterno al interino.
Ayer, un resultado tan equilibrado como desequilibrante ha dejado sin opciones, de momento, a muchos de los aspirantes a comerse el roscón de Reyes en la Moncloa.  En un principio el presidente interino intentará hacer valer sus privilegios, después hará todo lo posible, los pactos naturales, los contra natura y los desnaturalizados, con tal de mantener la poltrona; luego llegará el tiempo de los bloqueos, de las dilaciones, de las artimañas rastreras, muy rastreras y mucho rastreras. Al final, agotadas todas las prórrogas se presentará a esa examen infinitamente pospuesto con la esperanza de pillar al personal tan desilusionado y perplejo que hasta puede que le aprueben la reválida.
Mucho me temo que nos esperan tantos meses de interinaje que se nos van a hacer largos como centurias.

domingo, diciembre 20, 2015

ALL YOU CAN EAT


No suelo dejarme seducir por esas tentadoras ofertas que prometen atiborrarte de toda la carne que puedas devorar en hora y media a cambio de un precio relativamente modesto y cerrado. 
Pero hace unas semanas, en el kyoteño barrio de Pontocho, sucumbí ante una barbacoa que atraía a todos los Ulises hambrientos del mundo con la musiquilla pertinaz e irresistible de una jovial polka bávara que continuará machacando mis tímpanos por el resto de mis días. El olorcillo que emanaba terminó por convencernos mejor que aquel canto de sirena.
Una vez sentados, pusieron en marcha el cronómetro, nos pasaron el menú junto con las instrucciones del juego. Nos tranquilizó ver que entre los diversos manjares podríamos disfrutar de las tiernas carnes de un buey del extrarradio de Kobe (el extraŕradio de Kobe es un territorio de dimensiones incógnitas que se puede extender hasta las inmediaciones de Aldebarán).
La única condición para degustar aquella gloria bendita era que, con carácter obligatorio, tendriamos que deglutir antes un surtido compuesto por las lorzas más infames de un puerco (no sé si de Kobe o de otro lado que nadie mostró el menor interés por enseñarnos el pasaporte del marrano). Dejar algo en el plato sería castigado con severidad.
Hastiados de pancetas y entresijos, cuando llegó el momento de degustar aquellas delicias poco o nada quedaba del  feroz apetito que nos empujó al restaurante. Reconocimos el mérito del matarife con los cuchillos por lonchear aquel buey como si fuera Jabugo y dejamos que se produjera el milagro de la transustanciación de aquellas ostias de ternera que pasaron del estado sólido al gaseoso sin apenas contacto con nuestro paladar. Agradecimos, pese a todo, tanta transparencia: un solo gramo de carne más hubiera puesto en peligro las costuras de nuestros trajes y de nuestros cuerpos.

Después de muchos años hoy he vuelto a votar. Y el sentimiento es similar al de aquel restaurante: me atontan con fanfarrias, me dan cuatro años para disfrutar de todas las maravillas que me ofrecen y no dejan de presumir de su absoluta transparencia pero, me temo que, para catar algo de solomillo tendré que tragar mucha chistorra de primero.

martes, diciembre 08, 2015

El Metro, la Gran Estafa.


El metro, como medio de transporte, es un fraude. Un grandísimo fraude. 
El trazado de toda la red metropolitana de la ciudad de Tokyo es más corto que el circuito de un tren de la bruja. En el  vagón siempre viajo medio agachado, temeroso de que emerja por una trampilla del techo un garrulo con una peluca y una máscara barata y se líe a escobazos con el pasaje. (A veces aquella bruja se parecía a Esperanza Aguirre recién levantada de la cama).
Alguno ya os habréis percatado del timo; cuando se entra en el túnel el convoy se paraliza y en las paredes se ponen en marcha unos paneles deslizantes que provocan la sensación de velocidad, un diaporama cíclico de oscuridades y tinieblas. Esta ficción se sincroniza y complementa con una banda sonora de crujidos, viento huracanado y fricción de hierros al borde del descarrilamiento. El culebreo de los carruajes y el falso bamboleo desacompasado de los amortiguadores nos sumerge en un panorama de aceleración y vértigo.
En realidad, el camino entre estaciones lo realiza el pasajero por su propio pie a través de un laberinto de pasadizos y peldaños interminables que, si no fuera por la publicidad, se diría un monasterio de Escher, aquel dibujante de escaleras gallegas, de ésas que suben y bajan al mismo tiempo y no conducen a ningún sitio. Uno llega a las vías agotado, atraviesa galerías comerciales, esquiva mendigos y músicos de mejor y peor estilo, remonta mareas humanas que van en sentido contrario, se empapa del olor de fritanga y detrito humano. Desplomado sobre el asiento luego el trayecto se le hará muy corto ¡Es que es muy rápido!   Alardean los gestores del invento.
Probad a recorrer por fuera la distancia entre dos estaciones, por ejemplo Callao y Gran Vía en Madrid: lo que son cuatro pasos contados se transforma en el subterráneo en un periplo transiberiano.
Y es que el metro, en su truculencia, carece de la nobleza de los grandes trenes, es el hermano bastardo del Orient Espress. Pertenece a la estirpe de los trenes de fería, primohermano de las montañas rusas, primosegundo de los chiquitrenes turísticos de la costa. Por eso, cuando compro en la máquina el abono de diez viajes, rebusco en el cajetín por si con el ticket me regalan un par de fichas para los coches de choque.

domingo, julio 19, 2015

POR LA REBAJA DE LA EDAD PENAL
FIRMA LA PETICIÓN 


Los dos niños no mostraron la menor muestra de arrepentimiento por la atrocidad del terrible crimen cometido.
Cuando los localizaron mostraban una excitación rayana con la euforia. Sus respuestas a policías y periodistas reflejaban una total insensibilidad a la hora de relatar los crueles tormentos  que hicieron padecer a la anciana.
Ni el menor gesto de piedad asomó a sus rostros infantiles. Declararon no haberse inmutado con los alaridos desesperados de la mujer y que no hicieron nada por socorrerla, es más, avivaron el fuego y no se quedaron tranquilos hasta comprobar que su cadáver había quedado totalmente  calcinado.
Hansel y Gretel pasarán esta misma tarde a disposición del Tribunal de Menores.

domingo, junio 14, 2015

EL BÁLSAMO DE TIGRE


Me curo los resfriados con un ungüento a base de semen de tigre. Me unto un poquito de ese bálsamo bajo la nariz y  mis vías respiratorias, los bronquios y hasta el último de mis alveólos se despliegan con la elegancia de las velas de una fragata con el viento en popa.

Cada primavera un monje budista se adentra en lo más hondo del bosque. Con paso decidido se abre paso entre la espesura y camina en espiral hasta ser localizado por el tigre. Sabe que cada gota de sudor atraerá como un imán a la bestia y por eso acelerará el paso con tal de sudar un poquito más. 
En cuanto siente unas sigilosas zarpas aplastar la hierba a sus espaldas se quedará quieto. Escuchará como las cuatro patas se detienen a la distancia de un salto. De un salto de tigre. 
Se girará despacito, con esa lentitud que se perfecciona en los conventos a base de mucho repetir, mucho capón de sacerdote y mucho quedarse castigado a fregar de rodillas los suelos del lamasterio. Esa lentitud engaña al certero ojo del tigre y no le permite distinguir el movimiento de la quietud. Cuando se cruzan las miradas, el pequeño aprendiz de lama tendrá que borrar todo temblor de sus pupilas y escudriñar en el fondo de dos espejos negros el tesoro de la mansedumbre. Cualquier duda, cualquier error en el aprendizaje y el monasterio no volverá a escuchar el suave rozar de sus sandalias contra el empedrado.

El niño se arrodilla con las manos juntas ante el pecho. Sus párpados acarician el cerebro del tigre. Lo adormecen y lo arrastran hasta el tiempo anterior a su primer crimen, cuando los dientes sólo servían para jugar con los otros cachorros de la camada. El novicio interrumpirá la oración y desplegará uno de sus brazos que se internará en la selva anaranjada y oscura que puebla los ijares de la bestia. Los dedos se abrirán paso entre las peligrosas franjas de la simetría del tigre. Se detendrán sus dedos  donde el pelaje clarea y el impetuoso pulso de la bestia bate con más fuerza. La mano acaricia la creciente dureza que se abre paso entre las tibias carnes. El ritmo requerido lo había aprendido por si mismo en los dormitorios, una destreza natural, adquirida sin necesidad de capones ni castigos.  Cuando toda la tensión de la fiera se concentren en un solo punto y la rigidez alcance la temperatura de un hierro candente arrimará una jícara para recibir el disparo de una lluvia intermitente.
Aprovechará la somnolencia de la fiera para erguirse, realizar una reverencia acelerada y desandar lo andado con mucho cuidado de no romper la cántara.

Ya en el convento los monjes condensarán aquella leche; le añadirán un fermento secreto a base de Vicksvaporub y luego los envasarán en unas latitas como las de NIVEA pero rojas, con un tigre y un dragón haciéndose cucamonas en la cara A. Son del tamaño de un euro. Cerrarán el botecillo con saña y una maldición (que Buda sólo hay uno pero demonios hay muchos) para que así, las torpes manos de un occidental, no puedan abrirlas nunca. Sólo los elegidos que consiguen destapar el tarro de las esencias tendrán remedio a todos sus males. 


martes, mayo 05, 2015

Un poquito de ingobernabilidad, por favor.

La incertidumbre ante el próximo resultado electoral trae sin dormir a más de uno. La aparente igualdad entre varias de las opciones podría dar lugar a un escenario inédito en nuestra historia democrática. Sin mayorías claras las distintas fuerzas parecen abocadas a un largo periodo de debates en busca de coaliciones naturales o contranatura que permitan la formación de un gobierno. Nuestros políticos no saben lo que es el diálogo y frente a esa perspectiva están más aterrados que Chewbaca ante la Epilady.

De un tiempo a esta parte oigo voces (en mi cabeza no, en mi cabeza las oigo siempre). Se oyen voces, decía, reclamando una reforma electoral a doble vuelta que favorezca, aún más, a los partidos mayoritarios. Una especie de cara y cruz electoral que facilite la tarea al memo del votante no se vaya a liar con tanta papeleta y tanto colorín. Y todo porque parten del dogma inamovible de que la ingobernabilidad es lo peor que le puede pasar a un país.

¡FALSO! No recuerdo un mes en que funcione mejor este país que en Agosto, coincidiendo con el periodo en que el Gobierno está de vacaciones: El paro baja, las urgencias de los hospitales se descongestionan, mejora nuestra balanza de pagos, la siniestralidad y conflictividad laboral disminuyen y todo el personal anda más relajadito y hasta con mejor color. 

Recuerdo los momentos de transición entre el gobierno de un color y el que lo sucede como un remanso de paz y prosperidad inigualable. Añoro esos periodos en que los políticos no se dedican a legislar medidas tan trascendentes como el tamaño de la palabra Villaviciosa en una botella de sidra. Durante esos breves ratitos la maquinaria de la Administración funciona más engrasada que nunca porque los funcionarios, a poco que dejen de interferir en su trabajo, cumplen con su tarea a las mil maravillas. Estoy acordándome de una empleada de Educación, Inés, que sobrevivió en su puesto a todo tipo de gobiernos. Tú podías cambiar al Ministro del ramo, al Consejero de turno, al mismísimo Rey, que la cosa de los profesores seguía funcionando; pillaba Inés dos días de baja por un catarro y el informe Pisa nos mandaba a tomar por saco.

Incluso los políticos funcionan mejor sin los políticos, sin sus disciplinas de voto, sin sus comités sancionadores persiguiendo cualquier heterodoxia. Tú a un político lo dejas ir por libre y estoy convencido de que hasta es capaz de hacer algo. Y algunos, hasta algo bueno.

Bienvenidos sean estos tiempos de ingobernabilidad. Y a ser posible que duren.

miércoles, abril 22, 2015

MIEDO ESCÉNICO

Solo. En mitad de la escena.

Sintió el insoportable peso de todas aquellas pupilas al clavarse en su piel como dardos envenenados. Había demasiados focos encendidos, apuntándole, con esa luz cruda que te abrasa tanto que hace imposible el menor pensamiento.
Entornó los ojos. A través de aquella rendija enrejada de pestañas pudo vislumbrar a unos pocos parientes sentados en las primeras filas. Se diría que estaban arrepentidos de haber aceptado sus invitaciones. Se encogían en sus asientos de privilegio y parecían  avergonzarse de su actuación, silenciosos, taciturnos, con unas ganas terribles de que acabara todo, cumplir con el compromiso y largarse a casa. Sentado junto a sus padres, el reverendo lo miraba fijamente con rostro severo. Recordaba como de pequeño lo sermoneaba cuando ensayaban las funciones de la parroquia: "Tienes que aprender a transformar cada uno de tus fracasos en un éxito".

Había demasiada luz. Los medios de comunicación habían desplazado varias cámaras y, entre las butacas pudo reconocer a varios de los periodistas que le habían entrevistado durante la semana. Sabía que la simpatía que le habían demostrado era fingida y que se disponían a afilar sus plumas carroñeras para destriparle..
En un lugar de honor se sentaban algunas autoridades a las que no reconoció pues jamás habia tenido el menor interés por la política. Curiosos, apasionados de la tragedia, algún admirador alucinado, despistados, ociosos, gente del gremio, unos pocos artistas y famosillos que se habían hecho selfies con él para autopromocionarse, completaban el aforo.
Sintió todo el odio de aquel público hostil. Buscó en vano un rostro amigo entre la multitud. Se dio cuenta de que habían venido a verlo derrumbarse, a contemplar su último fracaso.  La responsabilidad lo abrumaba. Tembló. Sus piernas flojearon.
Había repetido aquel discurso una y mil veces. No sólo había memorizado cada una de aquellas palabras sino que había aprendido a modular cada sílaba, a arrancar de cada sonido todos los matices capaces de emocionar a aquella audiencia hasta grabar en sus espíritus una huella imborrable que inmortalizase el recuerdo de aquella noche única. Pero las palabras son traidoras y  la garganta se secó como si su boca en lugar de producir saliva sólo segregara arena seca. Los músculos se encogieron acalambrados. Incapaz de moverse cerró los ojos. El calor era sofocante. El sudor corría, tibio y pastoso por las sienes, helado por la espalda. Se desplomó.

Hubo que suspender la ejecución. El reo acababa de sufrir un ataque de miedo escénico.

domingo, abril 12, 2015

Mis cuatro sentidos


De pequeño me metí un garbanzo por el oído izquierdo.
El otorrino se empecinó hasta extraerlo desde el oído derecho.
Eso explica muchas cosas.

miércoles, abril 08, 2015

LOS ANDRÓFAGOS


--"... más allá están los Andrófagos, un pueblo aparte, y después viene el desierto total..." Heródoto, IV,18

--¿Has visto alguna vez a los andrófagos, Herodoto?

--Nadie ha vuelto vivo jamás de la tierra de los andrófagos. No conocen la piedad. Ese pueblo devora a todo aquel que osa poner un pie en su tierra. Cualquier hombre que se atreva a cruzar su país para intentar alcanzar el desierto será despedazado y comerán su cuerpo mientras su sangre aún está  fresca y sus miembros todavía se mueven. Son tan voraces que sus víctimas pueden oír como roen sus huesos, tronzan sus costillas y sorben sus médulas porque las mantienen vivas hasta el último estertor.

--¿Y cómo es ese desierto que se extiende más allá de su territorio?

--Un arenal yermo donde nada vive. Es tan enorme que cualquier hombre que se acercase a su borde enloquecería atraído por su  vacía inmensidad. Se adentraría en el laberinto de dunas sin poder retener sus pies, perdido para siempre. En medio de esa soledad infinita, el sol, el viento y la sal se conjurarían para torturar y calcinar su alma con tanta crueldad que se arrepentiría de no haber sido devorado.

--¿Son los andrófagos, pues, los guardianes del desierto?

--Sí, ellos nos protegen de la eternidad de su horror. Marcan la frontera que el hombre jamás debe atravesar. Su ferocidad nos salvaguarda y la fama de su violencia nos mantiene alejados del Mal Supremo.

--¿Están muy lejos esas tierras?

--No, cada día están más cerca.

--¿Por qué?

--Porque cuanto más crezca el miedo, más grande se hará el desierto.


domingo, marzo 01, 2015

LOS HERMANOS MALASOMBRA


La maldad de los yihadistas es una maldad falsa, impostada (lo que no quita para que sean unos auténticos hijos  de puta).
Su barbarie es teatral, siempre con un ojo puesto a la galería, al contador de visitas del youtube. Son los jackass del terrorismo, la estupidez, la gomadós, el sadismo de cimitarra y burka, la soberbia de la sinrazón  hecha espectáculo de masas.
La indiferencia de los medios de comunicación, la censura absoluta de cada uno de sus actos de propaganda, denunciar y bloquear a sus fuentes de financiación  es la única respuesta sensata que puede dar el mundo civilizado.
Eso, e irlos matando uno a uno y en silencio.

sábado, febrero 28, 2015

LA VECINA

LA VECINA


En cuanto escuchó el ruido del ascensor se abalanzó hacia la puerta. Los últimos pasos los dio de puntillas, eso sí. Contuvo el aliento. Giró la tapita con la delicadeza de quien pone en hora a un reloj imaginario. Aplastó su mejilla contra la madera, movió ligeramente la cabeza en su afán por alcanzar el mayor ángulo de visión posible a través de la mirilla.
Ellos salieron del ascensor abrazados, haciéndose cosquillas. La chica se retorcía y logró a duras penas meter la llave en la cerradura. Él la metió en casa con un simpático golpe de pelvis y cerraron la casa de un portazo que ahogó sus carcajadas.

Tras el golpe, el silencio. Aguzó el oído. Nada. Ni un murmullo. 
Se descalzó para sentir en el suelo la mínima vibración de los zapatos al caerse, de la ropa abandonada con prisa sobre el suelo. Tocó el marco de la puerta para notar las embestidas de los amantes cruzando torpes el pasillo, ebrios de pasión. Sólo percibió el propio pulso de sus dedos.
Se acercó al tabique que la separaba del tórrido dormitorio. Intuyó los golpes rítmicos del cabecero. Intuyó, sólo intuyó. Pegó la oreja y estuvo a poco de arañarse de tanto arrastrarla de un lado a otro del gotelé, a la caza de un jadeo descontrolado, de un gemido, de un estertor de placer, de un miserable eco de amor que llevarse a su vientre yermo. 
Buscó un vaso en la cocina, aquel ardid sólo le devolvió un decepcionante rumor de caracola. 

Las paredes oyen, sí, pero la suya estaba sorda como una tapia.

miércoles, febrero 18, 2015

EL CHISPAZO

Espero que sabréis dispensar el tono meláncolico y teñido de nostalgia de estas semanas del mismo modo que nos mostramos indulgentes con la euforia desbocada y un tanto chusca de la gente cuando celebra que les ha tocado el gordo de la Lotería.



El pluriempleo era algo tan habitual en los años 60 que, por aquel entonces, lo que ahora llamamos conciliación familiar consistía en tratar de convencer al jefe para poder salir un poquito antes y así poder llegar a tiempo a la segunda o tercera ocupación habitual con las que completar el exiguo jornal.
Como ya os conté en alguna ocasión, mi padre simultaneaba su oficio de militar con otras muchas tareas; durante muchos años se sacaba un sobresueldo con el arreglo de televisores.
Siempre estaba rodeado de trastes: resistencias como hormigas de lomos cebrados, condensadores y transformadores pesadísimos, lámparas preciosas de multiples patitas y rematadas con un final picudo y plateado, cubetas de líquidos corrosivos y malolientes que deshacían como por arte de magia los circuitos integrados. La luz mortecina de un flexo y el humo acre del soldador envolvían todo aquello con una penumbra mística mientras las gotitas de estaño que iban cayendo formaban a sus pies un firmamento de espejitos estrellados. Un caos de herramientas y cables enredados, de máquinas de precisión de funcionamiento hermético y divertido; el polímetro con su aguja ultrafina midiendo la tensión de aquellos Frankenstein de hojalata que se resistían a recobrar la vida, el osciloscopio con sus coordenadas de luz tan misteriosas y sus bip bip tan irritantes.

Por aquel tiempo los fabricantes no habían oído hablar todavía de la obsolescencia programada pero aquellos viejos televisores tenían un defecto; con el tiempo el fósforo de la pantalla sufría un desgaste progresivo que hacía que las imágenes iban poco a poco perdiendo nitidez. Cuando apagabas el aparato la imagen se desvanecía desde los márgenes hasta el centro formando un punto de luz que tardaba en desaparecer. La avería era grave, obligaba a cambiar el tubo de rayos catódicos que era el elemento más caro del aparato y, como en aquella época nadie tiraba nada, la reparación era costosa.

Mi padre y su socio descubrieron que, si aplicabas una descarga de miles de voltios en el tubo, se producía una especie de milagro que sus escasos conocimientos de física no alcanzaban a explicar; el fósforo de la pantalla parecía rejuvenecer con la descarga y las imágenes parecían recobrar la luminosidad del primer día. La solución, como muchas de las cosas de mi padre, era un poco chapucera y un tanto temporal; al cabo de unas meses el efecto se iba perdiendo y las imágenes volvían a ser tan difusas como antes, pero al menos sus clientes habían disfrutado de telediarios y estudios uno durante varios meses más.

El año pasado mi padre ingresó en urgencias y entró en parada. Cuando nos dejaron pasar a la UCI un amasijo de cables y tubos salían de su cuerpo. Tumbado en la camilla estaba conectado a un montón de máquinas que me recordaron aquellos osciloscopios. El tiempo se me hacía eterno mientras miraba para ellos y tampoco esta vez comprendía nada de lo que sus números me querían decir. Me alarmaba cuando las cifras de aquellos monitores parecían dispararse tratando de, con el poder de mi mente, forzarles a recuperar lo que mi ignorancia pretendía que era un rango normal. Me devanaba los sesos tratando de interpretar cual de aquellos marcadores se correspondía con su ritmo cardíaco y cual con la oxigenación de la sangre sin saber si era mejor que subieran o que bajaran. Cuando aquel bip bip se disparaba se me encogía el corazón, en aquellos momentos solo la aparente indiferencia de los enfermeros ante la estridente alarma lograba tranquilizarme un poco, no del todo. Temía que en cualquier momento todas aquellas pantallas se fundirían en un punto final fosforescente acompañadas por un pitido continuo y letal.

El doctor, con gesto serio y un inquietante y negativo vaivén de la cabeza nos explicaba de un modo rudo y más bien poco técnico: "¡Cómo quieres que esté, tuvimos que darle chispazo, joder!" Contra todo pronóstico, después de aquella descarga de cientos de voltios, mi padre se recuperó ante la incredulidad de médicos y enfermeros, y nos regaló unos cuantos meses de una existencia eso sí, cada vez más difusa y desvaída. Una prórroga que disfrutamos como se disfrutan las prórrogas: con mucha emoción y el corazón encogido.

¡Lástima que los arreglos de mi padre hayan sido siempre temporales y un tanto chapuceros!


lunes, febrero 02, 2015

EL TUERTO ES EL REY



¿Por qué es tan sensual la mirada de un tuerto? ¿Por qué la venda que cruza su rostro se convierte en la lencería más erótica que existe? ¿Por qué nos perturban tanto la asimetría de esos rostros cuyo ojo único nos clava el dardo de su pupila en lo más hondo y sensible de nuestra alma.

Vamos a obviar la respuesta chusca (¿un agujero más?), por una vez no vamos a caer en la broma gruesa y facilona.

La energía de los mutilados es poderosa. Una Victoria de Samotracia con cabeza perdería ese empuje hacia adelante, ese despliegue de potencia arrolladora. Una Venus de Milo con brazos malograría parte de su manca belleza inmaculada. Nos fascina el dolor fantasma, el aura que desprenden los miembros perdidos, la morbosa carne tajada, la vida sesgada se precipita por el abismo de los muñones.

Atraía como un imán la singular belleza de la princesa de Éboli en el pasado, tanto, como el bello rostro de la infortunada María de Villota en nuestro más reciente presente. La vida les ha trazado la rúbrica del drama en mitad de la cara pero con tan admirable caligrafía que nos deslumbra su misterio y su fortaleza interior. El parche  es una medalla negra que cuelga de las frentes aventureras de los piratas y condecora la bravura de los toreros.  Nos seduce el drama cuando roza la leyenda.

La belleza quizás radica en encontrar la asimetría en lo que debería ser parejo. Nos fascinan los bicolores ojos de la diosa Nefertiti o del dios Bowie, los bizcos dan mejor en pantalla porque son más fotogénicos. 
La asimetría puede ser más letal que la peligrosa simetría del tigre de la que tanto hablaron Borges y el divino Willian Blake.


sábado, enero 24, 2015

Pacto con la Muerte


Cuando era pequeño la Muerte era una cosa lejana, ajena.

Los muertos eran gentes de otras casas, las personas se morían a distancia; la mayor parte de las veces la noticia me llegaba a través del filtro de la televisión o de la prensa. O era un pariente remoto y desconocido cuyo rostro se desdibujaba en nuestra memoria. No había dolor, todo lo más una tristeza pasajera.

La Muerte me respetó durante tantos años que desarrollé un extraño pensamiento supersticioso: todo aquel que conocía no se moriría nunca y si pasaba era porque me había olvidado de ellos.
Por eso, sobre todo antes de dormir, repasaba interminables listas de seres queridos para librarles de un olvido que podría llevar aparejada una sentencia capital. Con este conjuro infantil mantenía a raya a la huesuda y no le permitía acercarse a mi casa.

El sortilegio funcionó durante muchos años. Para mi sorpresa, de tanto en tanto, la Muerte rompía con las reglas del juego que yo (pequeño e ingenuo aprendiz de brujo y de tirano) le había dictado, y me arrebataba alguien cada vez más cercano. Al dolor creciente se unía la estupefacción y la ira ante  el pacto roto. Y me atormentaba un sentimiento de culpa porque no había pensado lo suficiente en ese ser (ese ser que ya no era); no me había concentrado en él lo bastante para salvarlo de las insaciables garras de la Parca.


Los buitres vuelan cada vez en círculos más cerrados. Y tengo mucho miedo.

Ahora os dejo, que tengo bastante que pelear con esta traidora hijadeputa que se empeña en robarme lo que aún no es suyo.