sábado, diciembre 21, 2013

AGUINALDO

Este humilde deshollinador les recuerda que hoy ha entrado el invierno y aprovecha la ocasión para felicitarles las fiestas y abusar de su generosidad al pedirles el aguinaldo. 



martes, diciembre 10, 2013

La postilla.



Cada vez que nos caíamos, mamá reproducía siempre el mismo ritual. Sacaba de una lata de ColaCao un rollo azul  azulete, una especie de brazo de gitano de algodón hidrófilo. Arrancaba un pellizco de esa nube y lo empapaba en un líquido que podía ser o inocua agua oxigenada, si consideraba que habíamos sido inocentes de la trastada, o alcohol de 96 grados que escocía (nosotros decíamos "lallaba") en la herida, si sospechaba que habíamos tenido una presunta responsabilidad en la fechoría que había originado la brecha. El acto de esterilizar se convertía en una especie de juicio donde el reo derramaba lágrimas tratando de ablandar la severidad de aquel tribunal sumarísimo. Nada que hacer; si habías sido condenado a la pena de alcohol, ya te podías deshacer en lamentos que te sería aplicado sin que la mano del verdugo-cirujano temblara lo más mínimo. 
Cuando el llanto y la sangre remitían, sacaba una ampolla muy graciosa, apretaba la gomita para succionar unas gotas de mercromina con las que luego pintaba de rojo pasión nuestras rodillas despellejadas. Para rematar la faena,  aplicaba con mimo una tirita (que se despegaba siempre) o un parche de gasa sujeto con esparadrapo (que no había forma de despegar). Preferíamos este segundo vendaje, mucho más heroico, que nos permitía regresar al patio del recreo y presumir de la lesión con el orgullo de un  honorable soldado de la I Guerra Mundial caído en combate.
Al cabo de un par de días lográbamos arrancar con mucho ayayay aquel esparadrapo. Y allí estaba ella: la postilla. Una costra marronuzca con ribetes colorados había taponado la herida. Aquella postilla era un imán para nuestras uñas. Recorríamos con ellas su contorno como quien rodea un castillo buscando el punto débil para asaltar la muralla. Podíamos pasarnos horas palpando aquello para ver si estaba curado. Tirábamos un poco de una esquinita para despegarla de la carne, con mucho cuidado arañábamos despacio para arrancar unos trocitos de sangre reseca, levantábamos un poco aquel tapón coagulado  y, al borde del desprendimiento, lo volvíamos a su sitio. Rascábamos más y más, todo el día con el dedo en la llaga, como Santo Tomás. Y no parábamos hasta que al final, después de horas y horas de hurgar en la herida, la postilla se caía dejando ver una piel milagrosamente intacta; o era arrancada de un tirón prematuro, en cuyo caso, las más de las veces, la cosa terminaba de nuevo en el botiquín de mamá con una colleja bien ganada.

Hoy por hoy la cosa sigue igual. Salvo que la mercromina ya no se vende y todo se cura con Betadine que, con ese nombre tan cursi y ese color tan soso, no puede sanar lo mismo por más que digan en el prospecto. Y ni mamá ni nadie posarán besos ni gasas en las heridas. Ahora nos tenemos que curar solos. Sacar el botiquín de urgencias y empezar a zurcir lo que se haya roto. Poner puntos de sutura donde haga falta y esperar a que la herida cicatrice.

Y las postillas siguen teniendo el mismo atractivo. Pensamos que la cosa ya está curada, que ya ha pasado tiempo más que de sobra. Que la carne ya se habrá cerrado y no volverá a hacernos daño. Y no pararemos de hurgar con el dedo, de meter la uña y de darle vueltas a la cabeza hasta conseguir que aquello vuelva a abrirse y dejarlo todo perdido.
Y lo peor de todo es que no podremos aplicarnos un correctivo porque es muy difícil darse a uno mismo una colleja.


domingo, diciembre 08, 2013

El loco

Il Pazzo. Tarot de Minchiate - 1725


Cuando veíamos a aquel hombre, todos los niños echábamos a correr calle abajo gritando: ¡¡¡Que viene el loco!!!
Era un señor calvo, de mediana edad, feo sin llegar a monstruoso, con los ojos más tristes del mundo. Caminaba ensimismado hasta que nuestros insultos o nuestras pedradas lograban sacarlo de quicio. Iniciaba una carrerilla furiosa pero jamás lograba atraparnos porque, además de ser torpe de pies, tampoco le duraba mucho la ira.



Esta tarde noté como alguien clavaba sus ojos en mi espalda. Al girarme reconocí aquel rostro amargo y cansado en el que se habían estancado los años.

Me tocó en el hombro y me dijo: "Tú la llevas".
Ahora soy yo el loco que persigue y asusta a los niños.




jueves, diciembre 05, 2013

ATASCOS Y DESATASCOS.


Nada. Que no traga.

Esta frase sólo puede ser pronunciada en dos contextos muy diferentes.
Descartemos en esta ocasión las felaciones en sus diversas modalidades. Mi fregadero se ha atascado. 
No es la primera vez. Al muy agonías de tanto en tanto le dan estos arrebatos y se hace la estrecha. 

He probado de todo. Salfumant del Mercadona. Un desatascador líquido del Mercadona. Un desatascador en polvo de Mercadona. Una botella de sosa cáustica Hacendado que en la etiqueta prometía de todo: aquello lo mismo servía para limpiar las tuberías del bidé, que para elaborar jabones, que para aliñar aceitunas. Cuando me vio echarle la mano al bote, el repositor del Mercadona me sopló por lo bajinis con un guiño de complicidad que también era ideal para deshacerse del cadáver de la suegra. Ningún resultado. Lo único que conseguí después de verter aquel cocktail por el sumidero fue un humillo multicolor muy gracioso y un volcán de espuma que habría tenido mucho éxito como experimento en el Hormiguero de Pablo Motos. 
Probé con una salsa de jalapeños que encontré en la nevera, recordé el efecto que había tenido sobre mi intestino y concluí que el aparato excretor de un humano y las instalaciones sanitarias de una vivienda no dejan de ser en el fondo una misma cosa. Otro fracasito.

Un amigo me dijo que eso se arreglaba a base de mucha agua caliente. Puse el calentador a tope; si antes del agua caliente el fregadero tardaba horas en aliviarse, con la temperatura la mezcla de grasas, detergentes, pelos, migas y menudillos fraguó, la pileta se transformó definitivamente en estanque y la cocina en baño turco con tanto vapor. Me puse tan furioso que, desesperado, empecé a rugir y a golpearme con rabia el pecho con los puños. Parecía salido del rodaje de Gorilas en la niebla.

Me armé con un desatascador manual, de esos de goma negra y un mango de madera. Recordé haber leído de adolescente una novela de chicas en un reformatorio que llamaban Johnny a uno de estos desatascadores. Creo que el uso que aquellas mancebas daban al tal Johnny fue lo que convirtió a "Inocencia Perdida" en uno de los bestsellers de finales de los 70.
Empecé a bombear (con perdón) con aquel artilugio del diablo. Su funcionamiento es similar al de una zambomba y ya sabéis que tengo una predisposición natural para el manejo de ese instrumento. Empecé a menear aquel émbolo con energía. Me dejé llevar por el entusiasmo.  Como hace tiempo que no tengo lavavajillas y el desinstalador olvidó cegar su cañería, el agua estancada y corrosiva salió a chorro por aquel boquete empapando mis pantalones, mi lencería favorita de Victoria's Secret y esas partes de mi cuerpo que un caballero no osa mentar. Al instante sentí una comezón horrorosa, una picazón insufrible y me vino a la mente el terrible final de don Rodrigo el godo: "ya lo comen, ya lo comen, por do más pecado había". Corrí a la ducha a enjuagarme para evitar quedarme en carne viva. Pero, como el calentador estaba a la máxima potencia, me escaldé como un cerdo en San Martín.
Me cambié de ropa (me mudé en la doble acepción del término porque con cada jirón de ropa se iba un jirón de piel chamuscada) y proseguí con la tarea; para evitar nuevos accidentes decidí tapar el agujero del lavavajillas, primero con un corcho que no encajaba bien y luego tuve la brillante idea de usar un condón muy caducado que encontré por la mesilla de noche. Seguí dale que te pego al desatascador, pero ahora salió un chorro disparado por el rebosadero que me salpicó a los ojos. A palpo, con una mano cogí una Vileda para tapar el orificio, mientras que con la otra seguía meneando el palito que bien sabía yo que para esas lides de sobra podría arreglármelas con una sola mano. 
La cosa parecía dar resultado, el nivel del agua iba bajando con cada bombeo. Esperanzado, empecé a bombear con más frenesí (estos cambios de ritmo también me resultaban naturales) Cuando pensé que ya iba a salir hasta la última gota noté que algo me golpeaba en la entrepierna. Aquel condón se había hinchado alcanzando proporciones monstruosas. ¡¡¡Podéis creerme, por mucho que os guste el cine negro jamás habréis visto nada similar!!!
Debo confesar que, una vez superada la sorpresa inicial, aquel roce no me resultó del todo desagradable, aquel toquecito era como una invitación a conocer mundos inexplorados; ya sabéis la fascinación que de siempre me producen las cosas hinchables, los castillos, las piscinas de bolas y las chicas neumáticas. Curiosón, no pude resistir la tentación de inflar un poquito más aquella cosa...

Nunca os fiéis de un condón caducado. Al rozar con la cremallera de la bragueta aquel zeppelín impúdico  reventó y se transformó en un tsunami de aguas fecales, mondas de naranja y bolsitas de té. ¿Habéis visto la película "Lo imposible"? Pues aquello fue lo mismo, pero sin final feliz.

jueves, noviembre 28, 2013

lunes, noviembre 25, 2013

CONO SUR



El que inventó la expresión "El Cono Sur" de Geografía no sé qué tal andaba pero demostró que de Geometría no tenía ni puta idea.

domingo, noviembre 24, 2013

jueves, noviembre 21, 2013

El negro.



Cuando recibí la llamada de la editorial no me lo podía creer. Me decían que habían quedado impresionados con las cosas que había publicado en Internet y estaban muy interesados en conocerme.
Me presenté con mi mejor traje, dejando un rastro de colonia a mi paso. Monté en el ascensor silbando y aunque cuando bajé estaba meditabundo,
cabizbajo y muy desilusionado tuve que reconocer que su propuesta era un buen trato. La cifra que me ofrecieron era astrónomica. Irrechazable.
Escribí la novela en pocas semanas, el plazo que me habían marcado. Muchos litros de café, pocas horas de sueño, pero había merecido la pena. Está mal que yo lo diga pero era un relato apasionante, una historia redonda y conmovedora que enganchaba desde la primera línea y se devoraba hasta la última. Un éxito asegurado. 
Sé que la novela la publicarán con otro nombre, que será otro el que se llevará los halagos, el que dará las entrevistas, firmará los autógrafos, el que escogerá entre todas las entregadas admiradoras con cuál se iba a ir cada noche a la cama. Renunciar a todo eso había sido pactado de antemano. Todo eso lo entiendo perfectamente.

Lo que no acabo de entender es por qué me han citado en este almacén del puerto. Y por qué en lugar de un tipo con un cheque sólo hay un negro con una pistola.

martes, noviembre 19, 2013

EL PODER DE LA PALABRA III

VAMOS A FALTARNOS AL RESPETO USANDO EL ALFABETO COMPLETO


Los niños jugábamos en los columpios del merendero mientras las madres comadreaban en las mesas. Me acerqué por un momento a su tertulia justo en el instante en que una de ellas confesaba que su hijo había nacido con seis dedos en cada mano pero que lo habían operado para no acomplejarlo.
De vuelta a la zona de juegos yo no le quitaba el ojo a aquella mano. Contaba y recontaba los dedos, buscaba vestigios de cicatriz, rastros de muñón en la carne que asía la escalera del tobogán, que se cogía a la barra del balancín. La escudriñaba con morbosa curiosidad a la caza de algún resto del miembro fantasma.
No recuerdo cuál fue el motivo de la pelea, quizás se mosqueó con mis miradas, tal vez me regó con agua de la fuente (siempre me enfurezco cuando me salpican, es algo que no puedo soportar). El caso es que, aquel chaval y yo nos enfrentamos cara a cara, nos  desafiamos en esa posición de duelo que precede al ataque, nos desafiamos con la mirada y cuando la tensión llegó al límite, abrí la boca y disparé primero.

No había usado el insulto más obvio "seisdedos" sino una palabra ajena a mi vocabulario infantil que habría escuchado en una película de vaqueros pero cuyo significado apenas alcanzaba a comprender.  Lo llamé "Malnacido".

Aquella palabra fue el detonante de una reacción explosiva. Se lanzó sobre mí con toda su furia y allí tuvieron que separarnos entre madres y camareros.

El peor insulto no es el más soez sino aquel cuyos ecos, cuando retumban en el oído del otro, lo logran destruir por dentro.

Siempre tuve una especial habilidad para el insulto. Tengo siempre a mano el dardo más agudo, el más hiriente, el más preciso. No sé cómo me las apaño pero encuentro siempre el punto flaco, el talón de Aquiles y siempre acierto, por muy oculta y protegida que esté el área vulnerable, en el centro de la diana, allá donde el impacto causará más daño, dónde el daño será irreparable. Soy consciente cuando sale de mi mano (o de mi lengua) que no habrá reflejo humano que pueda esquivarlo y no hago nada por refrenarlo. Entre las 50.000 palabras posibles el cerebro siempre escoge, en milésimas de segundo, la más mordaz, la más dañina. Las neuronas la retransmiten a la velocidad de la luz y mi lengua bífida la escupe sin jamás trabarse. El veneno impacta en medio del alma, abre un boquete en mitad del pecho y, años después, la herida seguirá escociendo al menor roce del recuerdo.


En cambio, cuando se trata de pedir perdones, conciliar voluntades, desfazer los entuertos, expresar los afectos o confesar amores... por más que busque y rebusque en el diccionario, jamás encuentro la palabra justa.

viernes, noviembre 15, 2013

Escenas londinenses IV - El Shunga (Arte erótico japonés)


Los japoneses son gente muy rara. Rarita.
Lo mismo pueden parecerte el colmo de la sofisticación y la elegancia que te asombran por lo rebasto y lo rijoso. Aúnan el noble espíritu del samurai con la macarrada de la yakuza, esa gente mafiosilla que cuando se hace la manicura le gusta siempre llevar las uñas muy cortas.

Por un lado son tan mojigatos que se sonrojan cuando los saludas con un par de besos; se diría que son unos relamidos y unos carcas pero, mientras que nosotros en Semana Santa llevamos en andas a San José con la borriquilla, ellos sacan en procesión un pene erecto de cinco metros por medio del pueblo. Por otra parte, las geishas gozaban de un prestigio social, un refinamiento y un respeto que daría mucha envidia a nuestras putas locales porque aquí, de siempre, las corrimos a pedradas. A nosotros nos resulta chocante y ultrapuritano cuando pixelan las pollas y los coños de los vídeos, o los encuentras muy sensibles y delicados cuando te empaquetan una geisha haciendo nuditos de marinero afeminado, en tanto que, por otro lado, los muy guarros  se ven unas películas de lolitas con ojos de CandyCandy, amordazadas y ultrajadas que si las proyectasen en nuestro país nos pondrían los pelos de punta y los jueces de menores iban a  tomar buena nota de los títulos de crédito.

Todo esto viene a cuento porque en el Museo Británico estos días se celebra una exposición sobre el Shunga, un arte porno japonés que prosperó sobre todo durante el siglo XIX. A veces estas colecciones de estampas se presentaban en forma de desplegables, a los que se llamaban "libros de almohada". Con un alto contenido erótico, aquellos rollos de papel pintado servían para lo que servían.
Lo que más  sorprende de esta exposición no es lo delicado del diseño, ni la expresividad de los trazos o la fluidez de la pincelada. No es ninguna de esas mamarrachadas. ¿La crudeza de las imágenes? ¿Las escenas explícitas de las mil y un formas de penetrar y ser penetrado? ¿Las escenas de zoofilia con pulpos? Nos vamos aproximando... pero tampoco.
Lo que te deja alucinado de la exhibición es lo bien conservados que están esos dibujos después de ser usados por tantas generaciones de japonesitos pajilleros. Porque, en mi adolescencia, ese Lib que nos pasábamos en el colegio clandestinamente durante los recreos, al cabo de un par de horas estaba más tieso y apergaminado que esos misales mastodónticos que usaban los clérigos medievales para cantar el gregoriano, y de grosor por ahí se andaba que, con tanta simiente juvenil, el papel engordaba que daba gloria verlo. Al último al que le tocaba  la revista ya era incapaz de distinguir si la que salía en el póster central era Eva Lyberten o Manolo el del Bombo.  En cambio, tú miras aquellos dibujitos de los nipones y, después de un par de siglos, ahí no se ha corrido ni la tinta.

Lo que yo te diga. Raros, raros.

jueves, noviembre 14, 2013

Los creyentes.


¿Existe alguna majadería a la que no se apunten?

Les escuchas defender  cualquier creencia por  descabellada que resulte. Cuanto más esotérica, exótica y estrafalaria mejor; con más pasión defenderán sus postulados y argumentos. Creen a ciegas, creen a pies juntillas. Son crédulos por naturaleza.

Abrazan el budismo, el taoísmo, el misticismo sufí, los ritos chamánicos, la ética samurai, la religión de los Jedi o cualquier conjunto de disparates con tal de que nada tengan que ver con su propia cultura o la tradición heredada.

Rechazan la medicina convencional, se curan la pulmonía saltando siete olas en Noviembre, abrazando un árbol, clavándose agujas en el colodrillo. No vacunan a sus niños porque, ya se sabe, las multinacionales de la industria farmacéutica están gobernadas por Fumanchú. Son homeópatas, osteópatas y psicópatas.

 Saben distinguir las siglas de todos los conservantes, colorantes y jamás confunden el E-621 con el E-622, ni el glutamato monosódico con el glutamato potásico. Porque, según ellos, todo produce cáncer. Y el cáncer se cura, gracias a la reflexología, con un masaje en los pies. Son intolerantes a la lactosa. Son intolerantes a casi todo. Son intolerantes.

Y tienen gato. O gatos. Aman a los animales. Adoran a los animales. No comen carne. Se dividen en veganos, lactoveganos y ovolactoveganos. Los más ortodoxos y radicales se esfuerzan por vivir sin respirar para reducir al mínimo su impacto sobre la Madre Tierra. Se alimentan a base de zanahorias, de antioxidantes y cereales integrales. Adoran el tofu, la leche de soja, el polen de abeja, la levadura de cerveza y el kéfir probiótico. Llenan la despensa de todo alimento insípido que se ponga a la venta. Cultivan germinados en  tetrabricks de compost natural. Tienen cara de acelga.

Adivinan el futuro leyendo las runas, el horóscopo chino o el filipino. Saben de chakras, mantras, taichís y viajes astrales. En el dormitorio tienen un mandala sobre el cabecero. Hacen ejercicios para fortalecer el suelo pélvico, se pasan el día contrayendo el esfínter y concentrados en focalizar su próstata. Practican sexo tántrico sin correrse nunca. Es más, rara vez se corren. Muy rara vez.

Aunque las pasaron putas para aprobar la física en la EGB lo saben todo de fenómenos cuánticos, de la teoría de las cuerdas, del Big Bang y del bosón de Higgs...

Tertuliano, que era un teólogo cartaginés y no un locutor de la Cope, afirmaba: "Credo quia absurdum", o sea, "Creo porque es absurdo". Si quieres seguir los pasos de Tertuliano, nada que objetar, pero he de advertirte que el pobre, en un arrebato místico, se cortó los testículos. Y si uno es un buen discípulo lo tiene que ser a las duras y a las maduras.


miércoles, noviembre 13, 2013

NUNCA MÁIS


Era uno de los arenales más hermosos y blancos de Galicia. Un poco agreste, con ese grano fino y leve de unas minidunas que envidiarían hasta en el Caribe.
Era la hora en que las familias sacan a collejas a los niños del agua, hacen malabares a la pata coja para envolverse con un pareo y cambiar bañadores  por ropa interior en un prodigioso juego de magia de equilibrio pudoroso. Tiempo de desclavar sombrillas y enrollar toallas. La hora de refrotar y ensayar técnicas para desprender el rebozado de los pies  y recoger los bártulos. También era el momento para echar una última mirada a la orilla, quizás la última de aquel verano. Y, a pesar de ese último vistazo, tan intenso que pretendía atrapar todo aquel yodo, toda aquella espuma para envasarla hasta las próximas vacaciones, nadie pareció verlas. O mejor dicho, nadie quiso verlas.
Flotaban sobre las ondas como una invasión de hamburguesas tóxicas. No eran galletas como decían las televisiones, eran un BigMac de masa grasienta y apestosa. 
Paseábamos por la orilla como otras tardes. Hasta entonces nunca las habíamos visto, pensábamos que aquello era cosa de otras costas, de otras playas, que después de tantos meses del naufragio la mariña estaba a salvo porque ya no iban a llegar jamás. Pero estaban allí, arribaban como tortugas gigantes que acuden a desovar su ponzoña. Primero por decenas, luego fueron miles, al rato, nadie podría contarlas.

No dudó un momento. Corrimos a su casa. Cogimos todas las bolsas de plástico que había, también dos pares de guantes de goma. Volvimos a la orilla. Nos agachamos a recoger aquel estiércol repugnante. La playa estaba vacía, nadie se había quedado a contemplar el desastre, nadie quiso saber nada de aquel crimen. En el aparcamiento escuchamos arrancar al último coche.
Estábamos solos. 
Solos.
En un par de horas de doblar el espinazo cosechamos apenas una parcela mínima, un trozo insignificante de aquella inmensa playa, pero con aquella vendimia tinta llenamos todas las bolsas que teníamos.  El mar seguía vomitando aquella marea turbia, cubriendo de sucia bilis toda la línea de tierra. Tiramos aquella peste negra al contenedor, nos quitamos los guantes pegajosos y nos volvimos a casa con esas ganas de romper a llorar que te deja la impotencia.

Por la mañana volvimos. La resaca había devuelto al agua gran parte de aquella mugre. Una cuadrilla de Tragsa con sus uniformes blancos como de apicultor recogía con parsimonia las pocas plastas de chapapote que había dejado el mar. Cuando nos vieron apañando aquellas mierdas se dirigieron a donde estábamos, pusieron mucho empeño en que nos pusiéramos uno de aquellos disfraces blancos. Según parecía no estaba muy bien visto el voluntariado espontáneo, anárquico; bienintencionado pero caótico y desorganizado.  De ir por libre ni hablar. Cuestión de imagen institucional. Creo que también nos ofrecieron una mascarilla pero no nos gustó que nada nos tapara la boca. Les preguntamos si sabían por qué nadie había acudido el día anterior, se encogieron de hombros: nadie avisó, era tarde, no era su turno... Nos pusimos a limpiar, ellos por su lado, nosotros por el nuestro. En toda la mañana, entre todos, no recogimos ni la mitad de porquería de la que habíamos retirado el día anterior en un momento. El océano había barrido casi todo para ir a ensuciar a otra parte.
Nos miramos. Volvimos a casa, tristes de nuevo. 

Hoy he tomado unas copas con ella, diez años después de aquel desastre. He comprobado que sigue siendo tan guapa y tan buena gente como aquella tarde.



martes, noviembre 12, 2013

Estampas londinenses III

LO QUE NUNCA SE LE DEBE HACER A UN MUSEO


La foto es para despistar que eso es Edimburgo y aquí hemos venido a hablar de Londres.

Para llegar a la Tate Gallery uno se baja en la estación de metro de St. Paul. San Pablo en Londres y San Pedro en Roma compiten a ver quien la tiene más larga... la nave central. Como andaba bien de tiempo entré en la catedral y como andaba mal de libras salí de la catedral. 16 libras es mucho pedirle a una persona a la que las iglesias le dan un poquito de picazón y el olor a incienso le irrita la pituitaria. Decidí gastarme las 16 libras en un desayuno pantagruélico a la mayor gloria de Dios.

Pasé junto a un colegio rigurosamente masculino de esos elitistas en los que los niños son separados de sus compañeras para que nada les distraiga, se concentren y así puedan  aprender a convertirse en unos pervertidos de lo más sofisticado cuando crezcan. Los niños jugaban al balón durante el recreo en un patio minúsculo y encharcado sin quitarse la chaqueta ni la corbata. O bien tenían la habilidad de un Ronaldinho con la pelota o las lavanderas inglesas utilizan uranio enriquecido para blanquear la colada porque, al fin del partidillo, las camisas permanecían impolutas. También deben de hacer virguerías con las tijeras los peluqueros de Londres, porque con un ligero retoque con los dedos aquellos flequillos alborotados volvían a su ser como recién peinados. Se ajustaban un poco la corbata y de vuelta a clase a retorcer sus mentes.

Crucé el puente del Millenium decepcionado por la falta de tembleque; al parecer han logrado estabilizarlo  y ya ni oscila, ni bambolea, ni retiembla ni ná de ná. Cuando uno cruza un puente de Londres siempre confía en que se va a caer, y si no se cae eso es publicidad turística engañosa. Parece mentira esta gente, con lo seria que es para otras cosas.

Si bien es verdad que en la Tate hay obras destacables como ésta:



también es cierto que prolifera lo que podríamos llamar Arte Mondongo.
Los mondongos no son una tribu del Camerún. El Arte Mondongo es una evolución del Arte Póvera. ¿Y qué es el Arte Póvera? Cualquier cosa envuelta en un saco de arpillera. Tú cubres un muro de sacos de arpillera hasta el techo y, si estás en una galería, es una obra de Arte Póvera y si estás en África es el granero de una ONG.

Si el Arte Póvera es áspero y reseco como el cañamazo, el Arte Mondongo es viscosón tirando a churretoso. Es una forma de arte salida directamente de las entrañas del artista, Manzoni con su "Merda d'artista" se quedó corto, porque sus latas eran muy pequeñitas y estaban herméticamente cerradas. El Arte Mondongo lo forman mierdas enormes, monumentales. Porque no confundamos, con una mierda del caniche de una marquesa no vamos a ningún lado. Para rellenar aquellas salas inmensas se precisan mierdas descomunales, jurásicas, para hacer unas mierdas así tienes primero que inyectarle clembuterol a un brontosaurio y luego atiborrarlo de laxantes.
Otra cosa que  atrae mucho al visitante de museos es que la obra de arte esté articulada. Lo podríamos bautizar como Arte Hidráulico. Coges herramienta ferruñosa, le pones un par de manivelas y si eres mañoso un par de pedales, que lo que el turista quiere es darle al botoncito y que se mueva el chisme. En la National Gallery, que se han contagiado del virus, exhiben una especie de ninot gigantesco que se arranca una muela con unas tenazas. Y otro santurrón de cartónpiedra que se da golpes en el pecho con un peñasco, o con una grúa de esas de máquina recreativa tienes que jugar a pescar en lugar de un osito de peluche la cabeza de un monje de plexiglás.
El próximo viaje pienso montar un happening en el Museo de Ciencias Naturales. Contrato a un puñado de gigantes y cabezudos y los pongo a escorrer british a zurriagazos y golpes de calabaza alrededor del esqueleto del diplodocus. Que con lo que a esta gente le gusta que la fustiguen el éxito lo tengo garantizado.

domingo, noviembre 10, 2013

Estampas londinenses II


Tomo un tren que viaja hacia el Norte. 

Delante de mí se acomoda una familia en uno de esos asientos tan codiciados que tienen una mesita en medio. Tienen dos niñas muy rubias y muy gemelas. Despliegan sobre la mesa la merienda de las chiquillas.

Pasa la revisora, una mujer grandota de gesto adusto; les pide los billetes. El cabeza de familia empieza a sacar de los bolsillos una retahíla de cartoncillos con el borde naranja. Unos serán los tickets de ida, otros las reservas de asiento y otros los de regreso. La ferroviaria los repasa con parsimonia y se los devuelve insatisfecha, al parecer falta alguno. Les da tiempo para buscarlos y sigue adelante controlando al resto del pasaje.
La mujer intercambia miradas de reproche con su marido. Éste, azorado, rebusca por todos sus bolsillos, escudriña en la cartera, recuenta una y otra vez los billetes; despliega sobre la mesa aquel  tarot en el que se adivinaba un destino incierto y azaroso con una dolorosa multa en el horizonte más cercano. Junta las idas con las idas, las vueltas con las vueltas, como si jugara con aquellas barajas infantiles en las que ganaba el que lograba emparejar a toda la familia de esquimales, la de tiroleses... Pero por más que coloque y recoloque los tickets, el naipe del abuelo bantú no aparece.

Las niñas parecen contagiarse del nerviosismo paterno. La madre abre una bolsa de gominolas tranquilizantes que se desparraman por el tablero de formica. Vuelve a dirigir una mirada asesina al calzonazos de su esposo y con ese gesto de "quita, inútil, que ya lo busco yo" le registra con mano experta la cartera, no se corta a la hora de darle la vuelta a los bolsillos del pantalón del atribulado pater familias; cuando descarta cachearlo y dejarlo en ropa interior empieza a  revolver en la papelera del pasillo por ver si entre las mondas de los plátanos y los papeles de las galletas se había colado de polizón el puto billete. De la papelera sólo saca unas manchas de Nocilla en la manga. Nada. Se desploma sobre el asiento y se da por vencida.

El tiempo se acaba. La revisora se acerca por el pasillo a reclamar lo que es suyo. Avanza entre los asientos como el pistolero malvado de un western, con las piernas arqueadas para mantener mejor el equilibrio. Aquella gigantona pica los tickets que le ofrece la mano temblorosa del empequeñecido padre. Los valida con el sadismo de quien maneja una guillotina en miniatura. Clava su mirada en el hombre e indica que sigue faltando uno y que eso conlleva una sanción. 
  Claro que, eso, podemos arreglarlo de algún modo   sugiere con tono mafioso.

Y coge una de las gominolas. Se la lleva a los labios y sonríe. Un gesto que resulta aún más dulce al encajar en un rostro tan recio.
Se aleja de nosotros con sus andares de John Wayne, haciendo girar sobre su dedo índice la pequeña máquina de taladrar. 

*Para Beti, que siempre que hay fiesta nunca se olvida de traernos drogas (de las más adictivas, azucaradas y masticables).

jueves, noviembre 07, 2013

Estampas londinenses.


Os pongo en situación: Hora punta. Parada de metro de Victoria Station. Gente apretujada en una proximidad rayana en la promiscuidad. Ruegas a todos tus dioses para que el sobaco que te va a tocar en suerte esta mañana no sea el de un gorilón desaseado, ni tengas que hundir tus narices entre los pechos de una matrona perfumareada sino que te toquen las inmaculadas axilas de una ninfa que sólo huela a talco.

Tu cerebro gregario se espanta ante la posibilidad de una estampida que acabe con el rebaño formando un montonín sobre las vías, y tienes un debate interior entre si sería más angustiosa la muerte por asfixia y aplastamiento, por electrocución con la catenaria o por  desmembramiento y atropello de la locomotora.

Entre la plantilla del metro londinense  no existe la figura laboral del "aplastador": ese hombre calzado con guantes blancos que en las ciudades asiáticas empuja a los viajeros hasta comprimir lo imprescindible para que puedan cerrar las puertas. En su lugar, los británicos cuentan con una especie de guardavías armado con un megáfono que arenga a la muchedumbre para que no se descalabren como lemmings por el borde del andén, dejen salir antes de entrar y dejen libres las puertas cuando suene el pito. 

La cola es tan larga que llega hasta la galería de acceso al tren. En los ojos de la gente brilla algo de la locura desesperada de las reses cuando las embarcan para una muerte cierta, estirando mucho el cuello en busca de aire para respirar. Sin embargo, cuando alcanzo el vomitorio de entrada al andén todo parece relajarse. No es como otros días. La gente se distiende, no se empuja, todo el mundo se ríe y el espacio parece haberse multiplicado por arte de magia.

¿Cuál es la causa de este metamorfosis colectiva? ¿Por qué la gente ha perdido de repente las prisas y se cede amablemente el paso al vagón con tal de quedarse un ratito más en el andén? ¿Por qué todo el mundo ríe y parece tan contento?
En lugar de la habitual voz educada pero impersonal que apela al civismo de los viajeros, esta mañana el hombre que ha cogido el micro nos invita a disfrutar del momento, que el mundo es un lugar maravilloso, que cada minuto cuenta aunque el tiempo carece de importancia y que todo lo que necesitas es amor. Aunque no le entiendo ni papa su alegría es tan contagiosa, su optimismo tan saludable que me uno al coro de risas que inunda la parada. El humor hecho amor, amor por el prójimo; nunca había escuchado nada parecido. Aunque entre tanto mogollón nadie podía verlo, todos nos imaginamos al hombre del megáfono como un jamaicano con un peta entre los labios. Aquella voz unía el carisma de un gurú, la calidez de un amigo, la gracia de un gaditano y la locuacidad de un charlatán de feria. Irradiaba simpatía por los cuatro costados.  Y todos, por un momento, nos sentimos más felices.
No hay sueldo mejor pagado que el de este hombre.
El poder de la palabra. Mejor dicho, el poder de la música de las palabras.

jueves, octubre 24, 2013

LA DUDA DE BUDA



El enorme Buda contemplaba
desde su majestad imperturbable
la anciana peregrina, de rodillas,
que sujeta entre las palmas de las manos
tan cerca de la boca que las besa
tres barritas de sándalo humeante
que enrojecen al son de sus plegarias.


Nadie como Él
se sabía
tan gordo
tan fofo
tan de piedra.



¿Habrá algún dios,
para Sí decía,
que, ante tanto rezo,
tanta súplica,
tanta avemaría
venida esperanzada
de tan lejos,
pueda hacer algo más,
ir más allá
de volverse más sombrío
cada día
tiznado por el humo del incienso?




lunes, octubre 21, 2013

jueves, octubre 17, 2013

martes, octubre 15, 2013

Popeye


Entre los sórdidos héroes que conformaban el santoral de los dibujos animados de nuestra infancia uno de los que más mal rollo me daban era Popeye. No sólo por la muy grimosa etimología de su nombre Pop-eye, sino porque aquel marinero patizambo, de hablar mascullante y mentón prominente, lucía unos hipertrofiados bíceps altamente sospechosos de haber abusado durante su estancia en los Marines de todo tipo de clembuterol y anabolizantes. Lo que más grima daba no era ese tatuaje de ancla tan tembloroso que se diría grabado en un infecto calabozo de la Legión con la aguja de una jeringuilla ponzoñosa, sino su forma de resolver los problemas y conflictos, fueran de la índole que fueran, a base de mamporros potenciados por el consumo desaforado de verduras de textura y consistencia más que dudosa. 

Como perversa era su relación con su prometida, esa anoréxica bipolar que unas veces se hacía llamar Olivia y otras veces se presentaba como Rosario. La relación de Popeye con los amigos de Olivia es patológica. De su antiguo novio Ham nunca más se supo, desapareció misteriosamente. Su otro pretendiente, Brutus, ese gigantón de barba y desaliñado aspecto bolchevique,  aunque fuera un tímido torpe a la hora de manifestar su amor y controlar sus pasiones, aunque el muy viciosillo tenía una desmedida afición por el bondage, el shibari y el nudo japonés,  nos parece mucho más sincero en sus sentimientos hacia la flacucha que esa actitud del marinerito tan chulesca, tan posesiva, tan de presumir de una relación tan sólo de cara a la galería, exhibiendo a su novia del brazo por muelles y puertos como si de un trofeo se tratase.
La extraña relación con Cocoliso nos hace más siniestro al personaje, este bebé de dudosa filiación no sabes si es el hijo secreto de Popeye y Rosario o el fruto de un desliz ultramarino de ese maltratador con pipa y mandíbula desencajada. Porque todos sospechamos que, cuando a Popeye se le iba la mano con las espinacas, le ponía a Olivia la cara como un mapa y le rajaba los pechos con las dentadas tapas de las latas de conserva. 
Es por ello que no nos cae bien, que no aplaudimos sus victorias, ni nos hacen gracia sus ganchos de derecha, y que nos alegramos profundamente de su progresivo deterioro físico.


sábado, octubre 12, 2013

Duetto



No todo en el mundo es asco y ruido.
A veces, pocas, se para el tiempo, coges a alguien de la mano, compartes la mirada y disfrutas de la música que te regala la vida.


lunes, octubre 07, 2013

sábado, octubre 05, 2013

Mnozil Brass

La Emperatriz del Infanzón, mi amiga Montse, me acaba de descubrir a esta banda de locos que tocan el bombardino.









viernes, octubre 04, 2013

TRATAS, TRATOS Y TRATADOS

La diferencia entre la trata de esclavos clásica y la actual es que ahora los esclavos se encargan por ellos mismos de fletar el barco negrero y hasta se pagan el pasaje.

domingo, septiembre 29, 2013

Klondike Fashion Week.



Suelo vestir camisas de leñador a cuadros. Maridan muy bien con mi olor corporal, ese aroma natural a trampero del Canadá.

Mientras me abrocho la camisa, silbo:

jueves, septiembre 26, 2013

El público y la crítica II

Fábula del cocinero y los perros 
de León Tolstoi.


Un cocinero prepara un almuerzo. Arroja las sobras al patio.
Cuando tira los huesos y las entrañas, los perros, que esperaban a la puerta, se mostraron contentos y dijeron: "Ha preparado bien la comida, es un gran cocinero".
Pero cuando el cocinero lanzó al patio cáscaras de huevos y mondaduras, los perros, asqueados, se dieron la vuelta diciendo: "Antes preparaba buenas comidas pero, ahora, este hombre se ha echado a perder, es un mal cocinero".
El cocinero no hace caso de los ladridos y sigue a lo suyo.
El almuerzo preparado por el cocinero fue servido a los amos, no a los perros. Y aquellos para quienes estaba destinado el guiso supieron apreciar y alabar todos sus ingredientes: carnes, huevos y legumbres.

martes, septiembre 24, 2013

El público y la crítica

I- EL PÚBLICO

Porfirio era un gladiador dálmata famoso por sus proezas sexuales. El empresario del Coliseo, que notaba un bajón en la taquilla pues los romanos estaban aburridos de ver a los leones merendarse a los cristianos, decidió contratar a Porfirio y anunciar que a las cinco en punto de la tarde, cien vestales, ¡cien!, serían desvirgadas por el morlaco.
Las vírgenes se reclinaron desnudas sobre los cien triclinios puestos en fila alrededor de la arena. Porfirio se despojó de su capa y embistió a la primera doncella. La vestal gimió al sentir que le clavaban el estoque. El público, curioso, aplaudíó con timidez.
¡Porfirio!, ¡Porfirio!   animó un solitario entusiasta.
Repitió la faena con la segunda, con la tercera, al llegar a la décima (el público, sobre todo el madrileño, empezó a dudar de que nunca llegara la décima), se revolvió en sus asientos, pidió una almohadilla para el trasero y empezó a gritar:
¡Porfirio!, ¡Porfirio!
Las vírgenes dejaban de serlo por decenas, cayeron las treinta primeras, las cuarenta. Al llegar a la cincuenta, Porfirio se bebió un Red Bull mientras la afición coreaba:
¡Porfirio! ¡Porfirio!
Al cumplir con la número 69 incluyó una variante muy aplaudida por el respetable. Brindó la número 80 al público mirando al tendido, éste agradeció el gesto:
¡¡¡Porfirio!!!¡¡¡Porfirio!!!
Con la número 90 el circo se venía abajo:
¡PORFIRIO!¡PORFIRIO!
El público empezó a contar:
¡Noventaicuatro!¡Noventaicinco! o, para ser más rigurosos con la Historia.
¡XCVI!¡XCVII!¡XCVIII! ¡¡¡PORFIRIO!!! ¡¡¡PORFIRIO!!!
El 99 fue todo un número. La gente entusiasmada, en pie en las gradas, lanzaba al aire sus coronas de laurel, se abrazaba y vitoreaba:
¡¡¡PORFIRIO!!!¡¡¡PORFIRIO!!!¡¡¡PORFIRIO!!!

Frente a la última vestal, la que completaba la centena, al gladiador le da un jamacuco, revienta y se desploma muerto sobre la arena. Todo el público, muy enfadado, empezó a gritar a coro:

¡¡¡PORFIRIO MARICÓN!!!¡¡¡PORFIRIO MARICÓN!!!


jueves, septiembre 12, 2013

AUTODETERMINACIÓN

La Junta de Distrito del Barrio de Salamanca acaba de enviar una nota de prensa reclamando su derecho a la autodeterminación: 

Estamos hartos del centralismo del Ayuntamiento que nos esquilma a impuestos para pagar los tratamientos de los toxicómanos de las Barranquillas mientras nosotros tenemos que pagarnos el bótox de nuestro bolsillo.
Exigimos una Hacienda propia y una amnistía fiscal que transforme nuestro territorio en el nuevo Mónaco, un paraíso en el que no habrá impuestos, sólo propinas y limosnas.
Más Tax Free y menos taxis con el chófer sin gorra de plato.
Reclamamos nuestro derecho a expresarnos como nos enseñaron mamuchi y papuchi, exigimos el reconocimiento de nuestra lengua vernácula y demandamos cursos de inmersión lingüística para que las chachas sudamericanas y filipinas aprendan a hablar como si tuvieran una polla en la boca. 
Es imprescindible que la calle Serrano sea declarada zona Franca, que se habilite el estanque del Retiro para amarrar nuestros yates y exigimos la construcción de un canal de comunicación con Marbella que nos facilite una salida al mar.
La superioridad de nuestra raza la hemos demostrado a lo largo de la Historia, por algo nos llaman la gente guapa. Si somos más ricos es porque somos más listos. 
Deberíamos ser compensados económicamente por tantos siglos de marginación por parte del imperialismo opresor pero como nosotros, los carapijos abajo firmantes, queremos demostraros a la chusma nuestra generosidad y magnificencia, nos conformaremos con que nos limpiéis los zapatos y deis brillo a nuestras botas.

lunes, septiembre 09, 2013

sábado, septiembre 07, 2013

Porno - Hard core ano

Advertencia: Si eres norcoreano menor de 18 años tienes prohibida la visión de este vídeo.


 
Si hacemos caso al diario The Chosun Ilbo, 12 cupletistas coreanas han sido fusiladas por el régimen norcoreano por la grabación de vídeos pornográficos de contenido tan explícito como el que ilustra este post con toda su crudeza. 

Aunque la objetividad de ese periódico cuando habla de su vecino debe de ser similar a la de los diarios de Miami cuando hablan de Cuba, la impermeabilidad del país asiático impide contrastar la noticia que, pese a ello, ha dado la vuelta al mundo.

Prefiero pensar que es sólo un bulo, que estas mamachichos siguen bailando el Aloha de Elvis Presley por los cabarets y los platós de la Telecinco Koreana. Pero mucho me temo que en regímenes tan absurdos, megalomaníacos y excéntricos, donde el culto a la personalidad es el primer mandamiento, todo es posible. 

Al parecer la cantante del grupo, Hyon Song-wol, era la antigua amante del líder Kim Jong-un. Su esposa y actual primera dama, Ri-Sol-ju, también había sido miembro, (en ese pasado turbio que suelen tener todas las esposas de los mandamases) del grupo musical Unhasu Orchestra antes de casarse con el dirigente. Unos dicen que la ejecución de la banda es una represalia política pero otros apuntan a los celos de Ri-Sol-ju por la cantante, que tuvo un lío de con el dirigente mundial mejor peinado. Ríete tú de las rivalidades, rencillas y zancadillas que intercambiaban las strippers de "Showgirls" o las bailarinas de "Cisne Negro"; a las ex-cantantes coreanas no las gana nadie a rencorosas ni a la hora de tramar venganzas.

Sé que algunos compartiréis la decisión del dictador coreano porque viéndolas bailar es que están pá matarlas, pero por "fusilar" este tema de Elvis toda la banda acabó fusilada. 

Korea del Norte, un país demasiado delirante como para tomárselo a broma.

viernes, agosto 30, 2013

The Singing Nun


            Ilustración de Milo Manara

Sor Sonrisa, la Monja Cantante aprendió a tocar la guitarra con las Girl Scouts y eso marca mucho. 
Jeanine Deckers, hija de un pastelero belga, ingresó en la orden de las Dominicas en Waterloo bajo el nombre de la Hermana Luc Gabrielle, este nuevo nombre también le duró poco porque en seguida fue conocida como Sor Sonrisa.
Como sus cancioncillas tenían mucho éxito entre la parroquia, en 1961 grabó un disco con la Phillips que al año siguiente ya había vendido dos millones de copias. Y su rostro, su toca y su guitarrita contagiaban su entusiasmo en las televisiones de todo el mundo. 
Con el éxito llegaron las presiones, por parte de la discográfica que quería preservar su imagen de chica scout megasincera e hiperanimosa, siempre sonriente y de buen humor; pero también por parte de la madre superiora del convento que censuraba aquellos poemas y canciones menos alegres. Le habían prohibido mostrarse depresiva. Cuando una es conocida en el mundo entero como Sor Sonrisa no puede permitirse el lujo de la tristeza ni el desahogo de la lágrima.

Ingresó en la Universidad de Louvain donde retomó una amistad con Annie Pécher. De la naturaleza y estrechez de esta relación no podemos conjeturar nada pero no olvidemos que el padre de Sor Sonrisa era repostero y que "pécher" en francés significa lo que significa.

En 1966 abandonó el convento por diferencias con sus superiores e inició una carrera musical en solitario. La discográfica Phillips le prohibió el uso de sus nombres artísticos "Sor Sonrisa" o "The Singing Nun" por lo que tuvo que llamarse simplemente "Luc Dominique". De sus anteriores discos nuestra monjita no vio ni un penique pero su orden religiosa se embolsó más de 100.000 dólares de vellón, esto es el 5% de los royalties, la casa de discos se llevó el otro 95% de la tajada. Nuestra querida hermana se quedó, eso sí, con la exclusiva de los aplausos del público. Lo que se dice un trato justo.

A la ruina económica se sumó el fracaso musical. El fracaso la arrastró a la depresión y al colapso nervioso. Recibió psicoterapia durante más de dos años. 
Radicalizó sus posturas y su enfrentamiento con la Iglesia Católica. Siempre de la mano de su fiel amiga Annie Pécher secundó una campaña a favor de los anticonceptivos. Su canción "Gracias a Dios por la píldora dorada" (buscadla en Internet si no me creéis, gentes de poca fe) resultó un nuevo fracaso. 
Pese a todo, nuestra sonriente ya no tan sonriente hermana nunca abandonó sus creencias. En los años 70 el gobierno belga le reclamó 63.000 dólares en impuestos por los derechos de autor de "Dominique nique nique". Ella arguyó que sus beneficios se los habían quedado las hermanas de su orden, como es costumbre en esas comunidades administradas según el derecho canónico, pero en su convento se hicieron los locos. A buena parte, aun no ha nacido el inspector de Hacienda que le trinque un duro a una madre abadesa. 
Acuciada por las deudas, la monja cantante trató de sacar una versión con sintetizadores de la cancioncilla de marras pero no sacó ni para pipas. Tuvo que cerrar un centro para niños autistas que había creado por falta de fondos. Incapaces de soportar más Jeanine Decker y su amiga Annie Pécher se suicidaron juntas mezclando barbitúricos con alcohol. La wikipedia no aclara si el alcohol utilizado fue Benedictine, cerveza de abadía o Quina Santa Catalina.

Jamás renunciaron a su fe. Fueron enterradas juntas. Yacen bajo el epitafio: "He visto volar sus almas a través de las nubes" en una coqueta tumba de un cementerio belga.



jueves, agosto 29, 2013

Elogio de la cordura


La locura goza de inmerecida buena prensa en la literatura. La locura tiene poco de brillante inteligencia, de talento enrevesado, de risa contagiosa y tiene un mucho de la más amarga de las tristezas. 

A finales del Siglo XX los médicos se tornaron cómodos, más preocupados por el tamaño de su yate y de las tetas de sus novias que de la salud de su parroquia. Así, muchos ginecólogos optaron por practicar cesáreas prescindibles con tal de no agacharse ante las parturientas. Así, los cirujanos supieron transformar la vanidad y los complejos de sus pacientes en una rentable carnicería sin escrúpulos.
Y los médicos del espíritu en aras de lo que llamaron "nueva psiquiatría" decidieron vaciar los manicomios. Hay que tener mucho aguante para soportar a un loco todo el santo día y, cuando les prohibieron jugar al doctor Frankenstein practicando aquella panacea que se llamaba lobotomía, se encararon con la sociedad y le dijeron: ¡Os vais a enterar! Y mandaron a los locos a eso que se llama tratamiento ambulatorio. Nada de internarlos que es muy caro alimentarlos y además se baban y lo dejan todo perdido. A partir de ahora cada uno a su casita y que los aguante su padre. Que sea una anciana octogenaria y medio gagá la que decida cual es la dosis exacta de psicotrópicos que ha de suministrar a su hijo esquizofrénico para evitar que la asfixie con la almohada en cuanto se quede dormida. Que sean los vecinos los que soporten los aullidos del licántropo vocacional. Que sean los bebés desde la cuna los que impidan que su padre viole sistemáticamente a sus hermanitos.

Y los manicomios se quedaron desiertos, vacíos. Como los locales malditos, como ese lugar del crimen que nunca nadie volverá a atreverse a habitar; esos solares moribundos no volvieron a ser ocupados.
El dolor lo impregna todo. En la cal de las paredes podemos ver las huellas clavadas de uñas grabando su mensaje desesperado. Todo es carcoma, todo es ruina y moho. Grifería atascada, tuberías angustiosas que reverberan miedos, bañeras a medio llenar de bilis. Todo cruje, la tarima al pisarla se queja amargamente, el eco repite el sinsentido de unos pasos erráticos una y mil veces. Sobrecoge el graznido de las sillas de ruedas que gimen herrumbrosas. Las voces inconexas que ulula el viento en los vidrios rotos; el alarido, aún puedes escuchar cada alarido rebotando eterno en galerías sin fin y el retumbar de los cabezazos contra los muros ensangrentados.

Es el paisaje sin figuras de la derrota y la desolación humanas.




Si queréis profundizar en estos Universos del Horror podéis visitar esta dirección pero, no os lo recomiendo.

viernes, agosto 23, 2013

Posteridades



"Pues llevas muy buen camino para escritor póstumo..."

 Esto no me lo dijo ningún editor, esto me lo dijo mi médico.

domingo, agosto 18, 2013

DORIS DAY



Como decía Groucho " soy tan viejo que recuerdo a Doris Day cuando era virgen"

Doris Day odiaba todo lo que, luego, la haría famosa y rica. Odiaba su nombre artístico que creía más adecuado para una stripper de medio pelo que para la perfecta ama de casa que se empeñó en consagrar. Odió, con todas sus fuerzas su canción "Que será, será". Cuando la grabó para la película "El hombre que sabía demasiado" afirmó que nunca más nadie volvería a escucharla con lo que demostró que, además de poca imaginación a la hora de escoger el tinte para el pelo, tampoco estaba muy dotada como pitonisa. Odiaba, no podía ser de otra manera, a sus maridos, a los que vampirizaba hasta llevarlos a la tumba, de eso estoy casi seguro.

Doris Day tenía la candidez de un oso de peluche de esos que. si sucumbes a la tentación de abrazarlos, te destrozan con su relleno de hojas de afeitar.
Empezó con su meteórica carrera de arpía a muy temprana edad. Estrenó su famosa sonrisa beatífica el día que le contó a su madre los juegos que practicaba cada tarde su padre con la vecina.
Su carrera de bailarina se truncó cuando, a los 15 años un coche descontrolado le destrozó las piernas. Aunque ella siempre juró que había sido un accidente, hubo cientos de testigos que no dejaron de aplaudir durante el suceso y que no dudaron al identificar a su profesor de ballet como autor del atropello. Un juzgado desestimó sus testimonios porque todos, incluido el juez, habían agotado las existencias de un bar para celebrarlo. 
Perdió la virginidad, por primera vez, a los 16 años; no está claro si le robó el novio a su madre o a la mamá de unos quintillizos, en cualquier caso, estuvo feo. Tuvo cuatro maridos, uno que tocaba el trombón se suicidó;  a otro que tocaba el saxofón lo convirtió a la Iglesia de la Ciencia Cristiana; el tercero,un judío ortodoxo al que también trató de convertir a esa fe, la arruinó en venganza. Del último sabemos que fue un restaurador tan malo que le rechazaban tanta comida que sedujo a Doris regalándole las sobras del  menú para sus perritos.

Tuvo amantes por centenas, entre otros Ronald Reagan. El resentimiento de este último lo ha pagado muy caro la humanidad entera. 
Fumaba 3 cajetillas de cigarrillos cada día, pero esta mujer nos enterrará a todos.

miércoles, agosto 14, 2013

Palabras de paja


En la calle San Bernardo, allá por los años setenta, abrió sus puertas una cestería. El dueño, hombre mañosísimo, elaboraba con sus propias manos los canastos, bolsas, coberturas de damajuanas, espuertas, bandejas y sombreros que luego vendía.
Era tan hábil trenzando mimbres que en pocas horas terminaba aquellos trastos; nunca repetía un diseño, cada objeto era distinto aunque fuera por un mínimo detalle, una greca de un color distinto, un remate más tosco o más fino, unos nudos más ceñidos para un cesto tupido o más laxos que dejaban más aire en la trama cuando buscaba ligereza.

El negocio tuvo un temprano éxito. Sus clientes, la mayoría mujeres, compraban esteras para casa y esterillas para la playa, cestones para las merendolas de los domingos, fruteros, sillas de enea de bellísima factura, maceteros, felpudos de cañamazo y hasta serones para bebés. El artesano no cobraba mucho y tampoco hablaba demasiado, se entretenía lo justo para cobrar y retomaba la faena sentado en su sillita baja.

Cada vez que terminaba una pieza la colocaba al fondo de la tienda. Las ventas no iban mal, sobre todo al principio, ya se sabe... la novedad. Pero por bien que vendiera era más rápido anudando por lo que, por cada pieza que salía de la tienda a  él le daba tiempo a construir tres. Al cabo de unos años el local, que no era demasiado grande, se fue abarrotando de chismes sin vender, apilados unos encima de otros, montañas de bambú y caña intrincadas como una selva en equilibrio inestable. El hombre ensimismado en su trabajo te dejaba revolver a tu aire y no levantaba los ojos salvo cuando un crujido delataba a algún torpe que había pisado sin querer algo que tendría que pagar a tocateja al furibundo cestero.

En los ochenta la tienda estaba tan llena de cachivaches que el hombre tenía que tejer desde la misma calle, a las puertas de su negocio y cuando terminaba lanzaba la pieza a lo alto de aquel montón compacto. Era del todo punto imposible entrar en la cestería, ni encontrar nada. Sólo podía vender lo que se alcanzaba a ver desde el escaparate, con una caña larga este Diógenes comercial se hacía con el objeto que tú señalabas con el dedo en el cristal y lo pescaba con pericia. Todo aquello que no se veía era imposible de rescatar y se perdía para siempre, enterrado e irrecuperable, como esa carta que te pisan con otro naipe y que necesitabas para hacer chinchón, o esa historia sobre un excéntrico canastero que un día leíste en el Facebook y que quedó sepultada bajo otras muchas nimiedades.

domingo, agosto 11, 2013

sábado, agosto 10, 2013

LOS BÉCQUER NO ERAN TAN BLANDITOS



El Pitufo, un profesor de Literatura del Instituto, nos contaba que los hermanos Bécquer además de hacer "rimas" con liras y golondrinas, de vez en cuando se dedicaban a ensalzar las virtudes de los Borbones. No aportó pruebas documentales de sus afirmaciones y no le creímos. He tardado años en descubrir que no era una "leyenda" y que mi maestro no se había inventado nada.
Compruébalo tú mismo aquí y no te olvides de hacer el pertinente comentario de texto.

miércoles, agosto 07, 2013

Un sueño. Casi una pesadilla.


Anoche soñé con el minotauro. 

Yo formaba parte de una subespecie del género humano cuya debilidad mental, cuya vulnerabilidad, mitigaba la cólera del monstruo; nos toleraba al no sentirse amenazado, no como al resto de los hombres cuya violencia, cuya soberbia, sacaban a la bestia de sus casillas. Nuestra fragilidad era nuestro escudo. La mansedumbre nuestra salvación.

Los otros hombres nos arrojaban a las galerías oscuras. Puede que el minotauro estuviera a gusto con nosotros, los infrahumanos, pero nosotros sentíamos temor no ya de su presencia, sino que tan sólo la mera posibilidad de su existencia nos aterrorizaba. 
Era sentir unos pasos lejanos, o lo que interpretábamos como el sonido acre de unos cuernos rozando contra las paredes, y se apoderaba de nosotros un frenesí desesperado; excavábamos con nuestras manos, con nuestras uñas, aquella tierra oscura que tenía una consistencia blanda y quebradiza como de carbón de Reyes, tratábamos de huir como los topos huyen del agua que inunda su madriguera. 
Las galerías de aquella mina formaban un gruyére negro y caótico donde los agujeros se entrelazaban unos con otros, se retorcían en un laberinto intrincado y sin salida diseñado por el pánico.
Los humanos, desde una empalizada que cercaba el laberinto, succionaban aquel mineral desmenuzado con una tubería tan flexible y glotona como una voraz anaconda negra.
Amasando ese polvo con nuestro miedo el rey Midas era capaz de transformar en oro todo cuanto tocaba.