lunes, febrero 12, 2007

EL 4 ROJO

Prudencio Morales creía en muy pocas cosas. Quizás, tan sólo, en la ley de la compensación.
Partía del absurdo principio aristotélico de que todo en esta vida estaba equilibrado y, por tanto a un placer intenso, seguía, inevitablemente, una pena de intensidad equivalente que restableciese, de inmediato, el roto orden de las cosas.
Estos postulados explicaban su natural tendencia a la moderación, no dejándose llevar nunca por la alegría extrema, ni por el profundo abatimiento.

Escogió, como es normal, la profesión de contable, entre todas la más neutra y desprovista de emociones fuertes.
Durante la celebración de una de esas aburridas fiestas de trabajo, fue arrastrado por sus compañeros hasta el Casino. Habían bebido en exceso, (todos menos él, que fiel a sus principios se limitó a tomar una copa de vino en la cena y un chupito con los cafés).

El local había sido inaugurado apenas unos días atrás. Flamante, todo olía a nuevo y a recién pintado. Habían remozado el viejo cine y donde antes estaba el patio de butacas ahora se desplegaban las mesas de juego. Los palcos, sin embargo, conservaban su antigua función de lugar para ver y ser vistos; se habían transformado en reservados donde nuevos ricos lucían mujeres caras.
Por no parecer un soso, Prudencio aceptó la invitación a beber un cubata y a probar fortuna en la ruleta. Cambió un billete de diez euros por una ficha y, fingiendo la seguridad y las maneras del hombre de mundo que no era, depositó con firmeza la ficha azul sobre el cuatro rojo.
El croupier gritó “No va más señores” con exquisitos modales y acento ecuatoriano, al tiempo que impulsaba la cruceta que hacía girar a la reina del Casino.
La bola rodó por aquel velódromo de maderas preciosas. Primero vertiginosa, zumbando entre el silencio encogido de los expectantes. Luego más excéntrica, como un asteroide desorbitado. Tropezó, al perder fuerza, varias veces en los alvéolos de la rueda, rebotando alegremente en aquellos pequeños cráteres. Coqueteó con dos o tres números hasta posarse, definitivamente, en el cuatro rojo.
A Prudencio se le escapó un gritito de alegría. Se arrepintió en seguida de haber perdido la compostura. Calculó mentalmente el beneficio de la jugada. No era difícil para un contable, pero él no se limitó a multiplicar por treintaytantos la inversión realizada. Recibió con frialdad las felicitaciones de sus colegas. Él estaba ensimismado tratando de adivinar que desastre podría compensar su temporal fortuna. Si había ganado unos 300 Euros no podría ser nada realmente grave. Quizás una multa de tráfico o ,todo lo más, se encontraría a la salida con el espejo retrovisor roto por algún vándalo.
Bastante molesto con estas perspectivas, razonó que si apostaba de nuevo y perdía, el equilibrio quedaría restablecido y al salir no sucedería nada malo.
Apuró un largo trago y colocó todo lo ganado de nuevo sobre el cuatro rojo…
Y la bola se detuvo, por segunda vez, en su número.

Sus compañeros, ahora ya sus amigos, aplaudieron, lo achucharon y se reían excitados. En contraste, él se mostraba más sombrío.
-Acabo de ganar más de 9000 Euros. –Pensaba- Cuando salga me voy a encontrar, como poco, el coche rayado de arriba abajo.

Ante el asombro de todos los curiosos que se habían ido agolpando en torno a la ruleta, volvió a apostar. Todo a la misma casilla.
Alguien rellenó de nuevo su vaso. Los cubos de hielo repicaron en el cristal imitando con su tintineo el ruido de la bolita, que se detuvo, indefectiblemente, en el cuatro rojo.

Apuró de un trago la copa. Sus nuevos amigotes le aconsejaban canjear sus fichas y retirarse. Tiraron incluso de su chaqueta tratando en vano de separarlo de la maldita rueda. Pero él se mantuvo inamovible, anclado a su puesto. Los más próximos creyeron entender que balbucía algo así como: “Siniestro total”

La dirección del Casino empezó a preocuparse. Ordenó cambiar al crupier temiendo que estuviera compinchado. Todo fue inútil; para su fortuna, para su desgracia, la suerte de Prudencio se repitió otras tres veces.
El gerente del Casino tuvo que parar aquella locura. Pronunció solemnemente:
- Lamentablemente, señor, no podemos, por hoy, continuar jugando porque acaba usted de quebrar la banca.

Prudencio no escuchó los vítores de sus amiguetes. Prudencio suplicó con lágrimas en los ojos que le permitieran una última jugada. Se reflejaban en aquellos ojos la tortura que le provocaban las imágenes alucinadas de su esposa retorciéndose ensangrentada y de sus hijos carbonizados entre los restos de su coche.
Prudencio Morales llegó incluso a zarandear al director. Éste, visiblemente incómodo ordenó a un guardia jurado que acompañara a aquel demente a trocar sus fichas por dinero antes de conducirlo hasta la puerta.

Horas después aquel guardia de seguridad confesaría ante el juez un poco azorado:
-Yo tenía las dos manos ocupadas sujetando las fichas y él lo aprovechó para quitarme el revólver. Lo que más me extrañó es que, antes de dispararse, sonreía aliviado.


8 comentarios:

  1. Yo a veces también lo pienso. Por eso me hago trampas.

    (Estás que te sales, compañero)

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  2. Es muy difícil tolerar tanto éxito.

    Bah, debe serlo.

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  3. tengo una tia de esas que piensa algo parecido a prudencio, parece que es mas comun de lo que creemos y siempre nos decia si nos oia riendo como locos, ¨quien rie mucho mañana lloraran más¨, la verdad es que yo no le hacía mucho caso y menos si la risa nos la provocaba ver a mi tio borracho tratándo de quitarse los pantalones despues de una noche de juerga.... asi son las cosas de la vida los momentos vivirlos al máximo mañana... no se sabe jejeje

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  4. Leo tus escritos y me digo: Éste es el mejor. Pero es que leo el siguiente que nos dejas y me digo: No, éste es el mejor. ¿Hasta cuándo?

    (Bien elegido el nombre de tu prota, Prudencio Morales, sí señor...)

    ¡Un beso!

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  5. Primero: que en paz dscanse.

    Segundo: no deja de ser una muerte triunfante, valiente y con las botas puestas.
    Genial Pazzos, genial!

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  6. Sí, creo haber compartido mesa con este caballero uno de estos últimos fines de semana. Yo perdí y él ganó. Sus amigos no paraban de montar el espectaculo. Quise que se muriera, ya ves... ocurrió.

    Por cierto, yo he vuelto, indefinidamente, de mi aventura viguesa, así que cuando te venga bien -yo soy el ocioso- tomamos un vino.

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  7. El juego...el mundo "kitsch" de los tableros, las ruletas, los dados...y las "pajaritas" de los "croupiers", tan "gordas" que no me gustan nada...
    Tu texto SIII, ¿eh?

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  8. sintagma, siempre juegas con las cartas marcadas y un as en la liga.

    arcángel, cuanto dices con un solo Bah

    laonza, tú has sido muy mala de pequeña, ¿verdad?

    mandarina, estoy seguro de que el que más te gustó fue el del padre Clemente. No en vano eres "clementina" de toda la vida.

    mia moore, la que descansó en paz fue su familia, su mujer ni demasiado guapa ni demasiado fea, sus hijos ni medio tontos, ni tampoco muy listos.

    jugador, no te imagino haciendole vudú a tus compañeros de timba. Ya le pondremos fecha a ese vino esta semana, no me parece que tú vayas a estar mucho tiempo ocioso.

    nancicomansi, pues tu estarías monísima con tu smoking corto, medias negras y poniendo morritos para decir: "rien ne va plus"

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