jueves, diciembre 05, 2013

ATASCOS Y DESATASCOS.


Nada. Que no traga.

Esta frase sólo puede ser pronunciada en dos contextos muy diferentes.
Descartemos en esta ocasión las felaciones en sus diversas modalidades. Mi fregadero se ha atascado. 
No es la primera vez. Al muy agonías de tanto en tanto le dan estos arrebatos y se hace la estrecha. 

He probado de todo. Salfumant del Mercadona. Un desatascador líquido del Mercadona. Un desatascador en polvo de Mercadona. Una botella de sosa cáustica Hacendado que en la etiqueta prometía de todo: aquello lo mismo servía para limpiar las tuberías del bidé, que para elaborar jabones, que para aliñar aceitunas. Cuando me vio echarle la mano al bote, el repositor del Mercadona me sopló por lo bajinis con un guiño de complicidad que también era ideal para deshacerse del cadáver de la suegra. Ningún resultado. Lo único que conseguí después de verter aquel cocktail por el sumidero fue un humillo multicolor muy gracioso y un volcán de espuma que habría tenido mucho éxito como experimento en el Hormiguero de Pablo Motos. 
Probé con una salsa de jalapeños que encontré en la nevera, recordé el efecto que había tenido sobre mi intestino y concluí que el aparato excretor de un humano y las instalaciones sanitarias de una vivienda no dejan de ser en el fondo una misma cosa. Otro fracasito.

Un amigo me dijo que eso se arreglaba a base de mucha agua caliente. Puse el calentador a tope; si antes del agua caliente el fregadero tardaba horas en aliviarse, con la temperatura la mezcla de grasas, detergentes, pelos, migas y menudillos fraguó, la pileta se transformó definitivamente en estanque y la cocina en baño turco con tanto vapor. Me puse tan furioso que, desesperado, empecé a rugir y a golpearme con rabia el pecho con los puños. Parecía salido del rodaje de Gorilas en la niebla.

Me armé con un desatascador manual, de esos de goma negra y un mango de madera. Recordé haber leído de adolescente una novela de chicas en un reformatorio que llamaban Johnny a uno de estos desatascadores. Creo que el uso que aquellas mancebas daban al tal Johnny fue lo que convirtió a "Inocencia Perdida" en uno de los bestsellers de finales de los 70.
Empecé a bombear (con perdón) con aquel artilugio del diablo. Su funcionamiento es similar al de una zambomba y ya sabéis que tengo una predisposición natural para el manejo de ese instrumento. Empecé a menear aquel émbolo con energía. Me dejé llevar por el entusiasmo.  Como hace tiempo que no tengo lavavajillas y el desinstalador olvidó cegar su cañería, el agua estancada y corrosiva salió a chorro por aquel boquete empapando mis pantalones, mi lencería favorita de Victoria's Secret y esas partes de mi cuerpo que un caballero no osa mentar. Al instante sentí una comezón horrorosa, una picazón insufrible y me vino a la mente el terrible final de don Rodrigo el godo: "ya lo comen, ya lo comen, por do más pecado había". Corrí a la ducha a enjuagarme para evitar quedarme en carne viva. Pero, como el calentador estaba a la máxima potencia, me escaldé como un cerdo en San Martín.
Me cambié de ropa (me mudé en la doble acepción del término porque con cada jirón de ropa se iba un jirón de piel chamuscada) y proseguí con la tarea; para evitar nuevos accidentes decidí tapar el agujero del lavavajillas, primero con un corcho que no encajaba bien y luego tuve la brillante idea de usar un condón muy caducado que encontré por la mesilla de noche. Seguí dale que te pego al desatascador, pero ahora salió un chorro disparado por el rebosadero que me salpicó a los ojos. A palpo, con una mano cogí una Vileda para tapar el orificio, mientras que con la otra seguía meneando el palito que bien sabía yo que para esas lides de sobra podría arreglármelas con una sola mano. 
La cosa parecía dar resultado, el nivel del agua iba bajando con cada bombeo. Esperanzado, empecé a bombear con más frenesí (estos cambios de ritmo también me resultaban naturales) Cuando pensé que ya iba a salir hasta la última gota noté que algo me golpeaba en la entrepierna. Aquel condón se había hinchado alcanzando proporciones monstruosas. ¡¡¡Podéis creerme, por mucho que os guste el cine negro jamás habréis visto nada similar!!!
Debo confesar que, una vez superada la sorpresa inicial, aquel roce no me resultó del todo desagradable, aquel toquecito era como una invitación a conocer mundos inexplorados; ya sabéis la fascinación que de siempre me producen las cosas hinchables, los castillos, las piscinas de bolas y las chicas neumáticas. Curiosón, no pude resistir la tentación de inflar un poquito más aquella cosa...

Nunca os fiéis de un condón caducado. Al rozar con la cremallera de la bragueta aquel zeppelín impúdico  reventó y se transformó en un tsunami de aguas fecales, mondas de naranja y bolsitas de té. ¿Habéis visto la película "Lo imposible"? Pues aquello fue lo mismo, pero sin final feliz.

6 comentarios:

  1. ¿Y no le hubiese resultado más fácil y sobre todo más barato llamar a un fontanero?


    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Al final claudiqué. Fueron 30 Euros y 5 de propina. El IVA lo pagaremos cuando Montoro acabe de organizarse.

      Eliminar
  2. Zapatero a tus zapatos... Dicen que para evitar los atascos del fregadero, es bueno verter el grano del café ya usado que normalmente tiramos a la basura porque limpia las cañerías. Yo lo hago siempre y nunca se me han atascado. Claro que yo no tiro peladuras de naranja ni nada que se le parezca.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. O sea, que para evitar que se me atasque el fregadero tengo que empezar a tomar café. Creo que será más práctico instalar uno de esos trituradores de basuras que usan los americanos, ¡a ver si pueden con el hueso del jamón!

      Eliminar
  3. Anónimo9/12/13

    Qué desastre, primero la lavadora, ahora el fregadero, ... yo de tí andaria con cuidado, que estamos en invierno y hace mucho frío para andar mojandose de estas maneras. A cuidarse, que vaya bien!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Miro con recelo todo lo susceptible de estropearse ¿Qué será lo siguiente?

      Eliminar