martes, diciembre 10, 2013

La postilla.



Cada vez que nos caíamos, mamá reproducía siempre el mismo ritual. Sacaba de una lata de ColaCao un rollo azul  azulete, una especie de brazo de gitano de algodón hidrófilo. Arrancaba un pellizco de esa nube y lo empapaba en un líquido que podía ser o inocua agua oxigenada, si consideraba que habíamos sido inocentes de la trastada, o alcohol de 96 grados que escocía (nosotros decíamos "lallaba") en la herida, si sospechaba que habíamos tenido una presunta responsabilidad en la fechoría que había originado la brecha. El acto de esterilizar se convertía en una especie de juicio donde el reo derramaba lágrimas tratando de ablandar la severidad de aquel tribunal sumarísimo. Nada que hacer; si habías sido condenado a la pena de alcohol, ya te podías deshacer en lamentos que te sería aplicado sin que la mano del verdugo-cirujano temblara lo más mínimo. 
Cuando el llanto y la sangre remitían, sacaba una ampolla muy graciosa, apretaba la gomita para succionar unas gotas de mercromina con las que luego pintaba de rojo pasión nuestras rodillas despellejadas. Para rematar la faena,  aplicaba con mimo una tirita (que se despegaba siempre) o un parche de gasa sujeto con esparadrapo (que no había forma de despegar). Preferíamos este segundo vendaje, mucho más heroico, que nos permitía regresar al patio del recreo y presumir de la lesión con el orgullo de un  honorable soldado de la I Guerra Mundial caído en combate.
Al cabo de un par de días lográbamos arrancar con mucho ayayay aquel esparadrapo. Y allí estaba ella: la postilla. Una costra marronuzca con ribetes colorados había taponado la herida. Aquella postilla era un imán para nuestras uñas. Recorríamos con ellas su contorno como quien rodea un castillo buscando el punto débil para asaltar la muralla. Podíamos pasarnos horas palpando aquello para ver si estaba curado. Tirábamos un poco de una esquinita para despegarla de la carne, con mucho cuidado arañábamos despacio para arrancar unos trocitos de sangre reseca, levantábamos un poco aquel tapón coagulado  y, al borde del desprendimiento, lo volvíamos a su sitio. Rascábamos más y más, todo el día con el dedo en la llaga, como Santo Tomás. Y no parábamos hasta que al final, después de horas y horas de hurgar en la herida, la postilla se caía dejando ver una piel milagrosamente intacta; o era arrancada de un tirón prematuro, en cuyo caso, las más de las veces, la cosa terminaba de nuevo en el botiquín de mamá con una colleja bien ganada.

Hoy por hoy la cosa sigue igual. Salvo que la mercromina ya no se vende y todo se cura con Betadine que, con ese nombre tan cursi y ese color tan soso, no puede sanar lo mismo por más que digan en el prospecto. Y ni mamá ni nadie posarán besos ni gasas en las heridas. Ahora nos tenemos que curar solos. Sacar el botiquín de urgencias y empezar a zurcir lo que se haya roto. Poner puntos de sutura donde haga falta y esperar a que la herida cicatrice.

Y las postillas siguen teniendo el mismo atractivo. Pensamos que la cosa ya está curada, que ya ha pasado tiempo más que de sobra. Que la carne ya se habrá cerrado y no volverá a hacernos daño. Y no pararemos de hurgar con el dedo, de meter la uña y de darle vueltas a la cabeza hasta conseguir que aquello vuelva a abrirse y dejarlo todo perdido.
Y lo peor de todo es que no podremos aplicarnos un correctivo porque es muy difícil darse a uno mismo una colleja.


14 comentarios:

  1. A falta de mercromina en su botiquín, le recomiendo un kit de auto-lobotomía, escuece un poquito más que el alcohol, (El de 96º, no apto para uso de boca) pero le deja a uno la cabeza despejadisima.
    El mío está ya muy viejo de tanto usarlo, pero me han dicho que los chinos esperan un cargamento a precios muy interesantes estas navidades, (Made in Taiwán, eso sí) mañana sin falta voy al de la esquina de mi casa a reservarlo.

    Ríase usted de las apostillas, por el boquete que deja esta trepanación casera pueden salir carros y carretas.

    Le mando un beso y una tirita

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    1. Según tengo entendido (lo leí en un folleto de propaganda muy bonito de una clínica) la lobotomía es un proceso indoloro porque el cerebro en sí es incapaz de sentir nada. Lo único que duele un poquito es la trepanación imprescindible para alcanzar los sesos.
      Gracias por la tirita y los besos.

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  2. flower11/12/13

    yo me comía las postillas... qué guarra!!

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    1. ¡¡¡¡POSTILLA, QUE MERENDILLA!!!!

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  3. Anónimo11/12/13

    ... lo único malo ahora, es no tener a nadie que le cure y le cuide, lo demás es salvable, habrá que ir con cuidado de no caerse, ... ya no compensa. Xhrst.

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    1. Para protegerme de las caídas estoy inventando el airbag humano. De momento la parte del abdomen ya la tengo muy desarrollada.

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  4. Yo creo que ahora los niños no llevan tantas costras como nosotros cuando éramos pequeños.... Me voy a fijar a ver, pero juraría que no.
    A mí me gustaba muchísimo más la mercromina que el betadine ¡¡¡dónde va a parar¡¡¡
    Igual que aquel jarabe blanco espeso de calcio, te acuerdas??? Estaba riquísimo :D

    Un beso, pazzos.

    Un beso, pazzos.

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    1. Novicia, ¿cómo se van a hacer costras si donde juegan siempre hay tartán, moqueta de siete capas, acolchamiento de plumas, césped inglésde germen de alfalfa o patios de recreo con gravitación inversa? Me gustaría ver a estos granujillas de hoy en día en una cancha de rasposo cemento cubierto de criminal grijo a ver entonces quien es el valiente que celebra un gol tirándose de rodillas.

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  5. postilla.... y el curocromo. Jamás me habituaré a llamarle mercromina.
    Mis postillas eran eternas, cicatrizo fatal. Debe ser que soy por fuera como por dentro.

    Ay, los impacientes... yo también lo hacía, sí.

    un besi.

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    1. Dalicia, todas las princesas cicatrizáis mal. Es la hemofilia.

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  6. Paso a dejarte un fuerte abrazo y desearte una Felices Fiestas querido Pazzos.

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    1. Montse, un abrazo cálido y múltiple para ti y los tuyos.

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  7. Anónimo24/12/13

    ohhh la "micromina". Como la echo a faltar. Aquellas heridas se lucian. Caidas con la California sin casco. Saltando a potro. De morros por una trabanqueta. Rodillas y codos gloriosos. Y no lo había pensado, asi que lo del agua oxigenada o el alcohol dependía del rado de cuilpabilidad?????? Cuanto escozor ha causado la cultura judeocristiana con el rollo de las culpas y los perdones. Besos de esadelblog (con los labios pintados con "micromina")

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    1. Lo de la mercromina molaba. Para mí que alguno se caía aposta para luego lucir tatuaje rojo.

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