lunes, junio 20, 2016

Contra la extinción del gato callejero. FIRMA LA PETICIÓN


Existe una relación aritmética entre la actividad sexual de una mujer y el número de gatos que posee.  Simplificando: son inversamente proporcionales. 
A medida que la desidia, el despecho y el abandono se apoderan del espíritu femenino se despierta en su matriz un afán enfermizo e insaciable por la adopción felina. Bandadas de mujeres recorren al caer la tarde los callejones de la ciudad armadas con un saco negro y una lata de Whiskas. Este Ejército de Salvación Gatuna se abalanza sobre sus víctimas, apresa sus terrores con un movimiento envolvente, sofoca su agitación epiléptica aplastándolos contra sus pechos ubérrimos.
Ya en casa los acicalan, los desparasitan (asombra que quien se autoproclama amiga de todos los animales asista impasible a la ejecución de las miles de pulgas de su mascota) los humillan adornándolos con todo tipo de lacitos ultravioletas y disfraces ultrajantes; les arrancan las uñas en vivo en un vano intento por salvaguardar la integridad de cortinones y tapicerías. Por último también los castran, que estas damas rubicundas son gentes de mucho capar.
Del mismo modo que las mujeres que conviven en grupo sincronizan sus ciclos menstruales, las solitarias y sus secuestrados compañeros de presidio acompasan los ritmos circadianos de sus líbidos hasta alcanzar el letargo absoluto. La taimada sonrisa del gato en el cojín esconde la más cruel y  sibilina de las venganzas.

Ayer fuimos a visitar un piso que estaba en venta. A la hora convenida llamamos al timbre. Más tarde, al abandonar la vivienda, no nos pondríamos de acuerdo si aquella bruja estaba embarazada o no, lo que nos quedó claro desde que vimos  recortarse su silueta en el umbral de su hogar es que comía por dos.

Nada más cruzar las puertas de aquel infierno fuimos agredidos por un olor intenso, penetrante como el almizcle, agresivo como el amoníaco; el perfume a orín de la miseria y la derrota. 
Nos pregonó en un tono cansino e inconexo las excelencias de aquel palacio. Su princesa heredera, orgullosa propietaria de la inverosímil colección de más de cien diademas que se desplegaban en un anaquel, se despatarraba en un sofá cochambroso. El desorden del cuarto de la niña, a mí, que me creía el dios del Caos, el Diógenes de todos los Diógenes, me hizo daño en los ojos. 
Ponderó mucho las amplitudes  de un pasillo que eran tales que decidieron instalar allí las estanterías de la vivienda. Mientras yo tenía que meter tripa para no quedar encajado en los encuadernados catálogos del Ikea y las guías de teléfonos de la provincia de Lérida (sic), aquella mujer deslizaba sus carnes por aquellas estrechuras con la habilidad de los pulpos cuando entran en las botellas. 
No podría describir el dormitorio matrimonial, no sabría decir si fue que no nos atrevimos a abrir los ojos o que la premura que nos entró por salir de allí no la habría igualado el superhéroe Flash con una sobredosis de speed.
Abrió la puerta del cuarto de baño con la cautela de la mujer de Barbarroja cuando accedía a su habitación prohibida.
La bestia oscura que desbordaba aquel lavabo no estaba demasiado gordo para ser un oso negro pero aquella señora se empeñaba en que su mascota era un gato. Otros dos mininos (que poca justicia les hacía el nombre) colmaban el resto del espacio de aquel baño. Un cuarto gato, escuálido, se escondía en una rendija tras el asiento del inodoro (que tampoco hace mucho honor a su nombre, la verdad sea dicha). La señora nos explicó que se escondía por timidez con las visitas pero tengo para mí que era más por miedo de ser devorado por los otros huéspedes de aquella fonda.
Junto al bidet, un jardín zen japonés hecho con sepiolita invitaba a la meditación. Los gatos habían trazado surcos con sus garras en torno a tres enormes menhires humeantes. El suelo de aquella estancia estaba cubierto con una sustancia plumiforme a mitad de camino entre una batalla de almohadas en un Colegio Mayor y la Fiesta de la Espuma de una discoteca ibicenca.
Abandonamos la vivienda procurando no tocar nada para no quedar atrapados en el Loctyte de aquella incuria.
En el Idealista anunciaban la vivienda en 220.000 Euros. Nos pareció poca la compensación por habitar aquel horror pero aquella desdichada, en su locura, pretendía que aquello era el precio.
Huímos de aquella peste apocalíptica y nos fuimos a olvidar penurias en un gallego donde ponían un rodaballo muy bueno, abundante y bien barato.

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